EL DEMIURGO ES EL SER DIVINO QUE, SEGÚN LA TEOLOGÍA PLATÓNICA, PRODUCE EL UNIVERSO
El Demiurgo produce las cosas
naturales: contemplando las Ideas y utilizándolas como modelos intenta
plasmarlas o realizarlas en la materia, del mismo modo que un artesano intenta
fabricar una mesa viendo el dibujo de una mesa. La materia informe y las Ideas
son, por tanto, anteriores a la acción del Demiurgo, lo que muestra la
distancia de esta concepción respecto del punto de vista cristiano para el cual
Dios crea el mundo de la nada. A pesar de todo, el Demiurgo, igual que el Dios
cristiano, tiene una dimensión providencial pues produce las cosas naturales
introduciendo en éstas una finalidad, aspiración o apetito que les lleva a
buscar siempre su propia perfección o bien.
La
palabra Demiurgo significa “Constructor, Artífice” y es habitualmente referida,
en términos cosmogónicos, en relación con el surgimiento y formación de los
Universos: Fue usada por los antiguos y más notables filósofos griegos, como
por ejemplo Platón y, a partir de ahí, por diferentes escuelas y autores, con
mayor o menor propiedad. Como sea que Platón expone, en la medida de lo posible
y bajo los necesarios velos, partes relevantes de la Ciencia Espiritual, es
normal que, en la exposición de la Cosmogonía Oculta, se recurra a veces a esa
palabra.
Se
podrá pensar inmediatamente que “Demiurgo” designa, entonces, a Dios Padre
Creador de todo cuanto existe, y sin embargo esa es una formulación simplista e
incorrecta, que no puede, sin más, ser suscrita por la Sabiduría Esotérica. Hay
inmensas cuestiones y vertientes a ponderar. Ciertamente, no podríamos (aunque
lo supiésemos) exponerlas todas. No en vano, no vamos a eludir algunas de las
principales.
Toda
la Humanidad es digna de compasión; aunque individualmente considerados,
seamos, en muchas ocasiones, mezquinos. Gran parte de los seres humanos se
asemejan a muñecos de cuerda. La imagen puede parecer algo dura, pero intenta
ilustrar una actitud muy vulgarizada: las personas surgen en este mundo, se
mueven mucho, hacen y dicen muchas cosas (un número considerable de las cuales,
tal vez, inútiles); sin embargo nunca se preguntarán por qué y para qué están
aquí; qué es eso que en ellas palpita, que les permite moverse, pensar, tener
sentimientos; qué sentido real y profundo deben de tener sus existencias.
Cuando lo hacen, en gran parte de los casos rápidamente se entregan en los
brazos de alguna creencia más o menos simplista o, cuanto más pertinaces son,
se convierten en fanáticos de ésta o aquella Iglesia (o de cualquier otro
sucedáneo). Desgraciadamente es raro el investigador genuíno, que busca
incesantemente la verdad, que no tiene miedo de enfrentarse a las preguntas y a
ver el mundo tal cual es, que exige respuestas profundas, firmes y consistentes.
No
obstante, al presumir que los lectores de “Biosofía”, por el tipo de temáticas
sobre las que muestran interés, han de ser dados a la reflexión, pensamos que
no constituye ninguna exageración afirmar que seguramente ninguno de nosotros,
al menos una vez en la vida, haya experimentado una sensación de dolor, de
sufrimiento, de vulnerabilidad o de verdadera tristeza. Esto sucede
particularmente en los momentos más críticos, cuando somos asaltados por una
enfermedad, por un problema personal, por la muerte de algún ser querido;
también cuando observamos los horrores del mundo que nos rodea, especialmente
en el siglo pasado (y que también comienzan en el recién iniciado), en que la
humanidad viene realizando grandes conquistas científicas y tecnológicas, pero
que con ello construye medios de destrucción auténticamente asombrosos, y en
que, aquí y allí, se cometerán iniquidades que nos hacen casi desfallecer de
horror al tener conocimiento de ellas; cuando constatamos el océano de dolor y
de locura en que la humanidad en general está inmersa; cuando en fin “apenas”
sentimos aquella angustia, aquella insatisfacción, aquel vacío fundamental que
tantas veces nos acompaña en el día a día…
En
esas ocasiones, en alguna fase de nuestra vida, seguramente nos habremos
interrogado si no existe un Dios en el “Cielo”, o, si existe, por qué permite
que estas cosas puedan suceder en el mundo…
Más
aún: cuando vemos que no solo a nosotros, humanos, nos afecta el dolor y la
miseria, sino que el sufrimiento puede ser tan cruel y brutal también entre los
animales, en su lucha por la supervivencia; cuando vemos que hasta en el reino
vegetal hay destrucción, cuando observamos que, en la Naturaleza , hay
tentativas fallidas, fracasos o incluso (¿aparentes?) aberraciones; cuando constatamos
que todo ser que conozcamos es limitado y, por tanto, imperfecto; cuando, en
fin, nos enfrentamos al problema del mal de la existencia del mal en el
Universo-, confirmamos cómo tienen plena vigencia las poéticas palabras del
Buddha Gautama: “No te engañes, Ananda, toda la existencia está llena de dolor.
Así, llora el niño desde que nace…”. Y añadía, en cuanto a todo lo que
intentamos eludir: “Si Dios permite tales cosas, no puede ser bueno; o si no,
si no tiene el poder de evitarlas, es que no puede ser Dios”.
De
hecho, si existe –si existiese- un Dios simultáneamente Absoluto, Creador,
Todopoderoso e infinitamente Bueno, ¿cómo es que no quiso o no puede hacer un
mundo mucho más perfecto (es decir, infinitamente perfecto) y feliz (es decir,
infinitamente feliz, bienaventurado) que éste?
La
teología de las Iglesias Cristianas se ufana –literalmente de tener una respuesta para ese problema.
Sintetizando, su posición es ésta: Dios es una Persona –que es también tres
personas distinta del mundo, que
creó de la nada (concepción teísta), de la misma forma que crea a las almas
humanas (pues los animales, por ejemplo, no tendrían alma) cada vez que es
concebido un cuerpo al que se va asociar. Dios creó al hombre para ser feliz en
este mundo, aunque siempre en una condición limitada. Al haber sido tentados
por el “demonio” a ser idénticos a Dios, para lo cual comieron del Arbol del
Conocimiento del bien y del mal, remotos antepasados nuestros habrían cometido
el pecado original, motivo por el cual tenemos que sufrir -¡y mucho!- en este
mundo (así lo interpreta el primer libro de la Biblia ). Algunos millones de
años después, Dios envió a su Hijo (que es El mismo…) para redimirle (a los que
creen en El) del pecado que había entrado en el mundo y para “conducirnos a la
vida eterna”.
¿Difícilmente
alguna vez se concibió una idea tan incoherente, disparatada y ofensiva para el
más mínimo sentido de la justicia y de la lógica?. Y si no veamos:
1)
Existiendo un Dios personal, infinitamente justo, creador y gobernante moral
del Universo, donde interviene siempre que le parece conveniente 6 –que es lo que sostienen todas las
teologías- ¿de qué modo podemos entender y aceptar que millares y millares de
generaciones de seres humanos, muchos miles y miles de millones de hombres y
mujeres continúen sufriendo las consecuencias de un hecho al que no
contribuyeron, dado que no existían en el momento en que ese hecho fue –por
otros- llevado a efecto (recordemos que las Iglesias cristianas no aceptan la
idea de la preexistencia de las Almas, de la Reencarnación y del Karma)?.
¿Alguien hallaría justo que un juez nos aplicase una pena de prisión y de
multa, (con intereses y gastos, faltaría más…) por un delito cometido por un
antepasado nuestro que vivió –a modo de ejemplo- 100.000 años atrás? Si tal
cosa ocurriese, cualquier ciudadano en su sano juicio sentiría la más profunda
indignación y el sentimiento de ser objeto de una injusticia colosal.
Seguramente consideraría al juez (o en su caso al legislador) inicuo, estúpido,
monstruoso. Habría muchas probabilidades de que hubieran manifestaciones de
protesta, desacatos, violencia, etc. ¿Cómo entonces admitir que el legislador o
el Juez divino, infinitamente justo y sabio, pudiera tener tal iniquidad,
insensatez y monstruosidad?. Y como se podría, aún así, dirigírsele alabanzas
(como las que supuestamente se hacen o deberían de hacerse a un Dios)?.
Muchas
veces nos preguntamos cómo es que tales “explicaciones” pueden ser concebidas o
aceptadas, y solo encontramos dos razones: el fanatismo retorcido y mal
informado de algunos (los inventores de tal historia) y la indiferencia del
ciudadano común ante cualquier espiritualidad profunda, que de hecho no toma en
serio y que por eso no cuestiona, como lo haría si estuviesen en causa, por ejemplo,
valores monetarios que le afectasen. En ese caso, y porque la cuestión sí le
importaría, vislumbraría inmediatamente la inmensidad de tal injusticia…
2)
Si Dios es omnipotente e infinitamente bueno y hace a todas las criaturas como
el quiere, ¿por qué ha concebido a un ser limitado como el ser humano, incluso
en su estado original de gracia?. Y por qué crea seres, como los animales,
condenados también al sufrimiento –y, según tal teología, a la extinción-, y no
obstante tienen sensibilidad al dolor, emociones, sentimientos y hasta
inteligencia?.
3)
A esto pueden unirse multitud de cuestiones, de las que solo suscitaremos
algunas, y, aún así, nos limitaremos a dejar las preguntas sin más comentarios:
¿debería el ser humano permanecer infantilmente, sin discernimiento propio, sin
ciencia (del bien y del mal)?. El original del libro del Génesis ¿habla de un Dios y de los Elohim (una
pluralidad, una Jerarquía)?. ¿Y por qué, en el mismo libro, se habla ya sea de
los Elohim, o ya de Jehová (e incluso, en medio, del Elohim-Jehová)?. Y la
primera palabra bíblica, aún en el Génesis, palabra que es Berasit o Berasheth
¿significa en el principio (en el sentido de, en el inicio, en el comienzo), o
significa Sabiduría (en la cual fueron creados el cielo y la tierra, etc.)?. y
¿cómo podría ser Dios infinito y absoluto, si hizo surgir a mundos y a
criaturas de la nada, (lo cual querría decir), de algo que no Le es propio?. Y,
¿por qué explicable y aceptable razón –en vista de que la Humanidad ya tiene
una Edad tan antigua- Dios no habría desencadenado inmediatamente Su plan de
salvación, y solo apenas hace dos milenios (después de haber transcurrido
incontables otros), vino a la tierra Su Hijo (recordemos que los menos de 4000
años de Judaísmo y los 2000 años de Cristianismo son una mínima fracción de la
Historia de la Humanidad )?. Finalmente ¿por qué existen textos comogónicos y
antropogenéticos mucho más antiguos que el Génesis y de los que éste es
un simple resumen más o menos confuso?.
El
hecho es que existen dolor, limitación y fallos en el Universo. Por alguna
buena razón, los gnósticos cristianos de hace cerca de dos milenios
–desgraciadamente considerados como herejes por el Cristianismo distorsionado
que luego triunfó- consideraban a Jehová como Demiurgo de un mundo
inferior, imperfecto, rechazando su identificación con el Padre celestial
referido por Jesús y, menos todavía, como el Absoluto. Pretendían esos
gnósticos –como Simón, Marción, Valentino, Basílides y de alguna forma también
el propio San Pablo- cortar la relación con el Jehová celoso y vengativo que
aparece en tantas páginas del Antiguo Testamento. (Algunos gnósticos se
referían a Ilda-Baoth como creador de nuestro globo físico, i.e., la Tierra ,
tal y como se puede ver en el Codex Nazarenus –el Evangelio de los Nazarenos y
los Ebionitas- y lo identificaban con Jehová. Ilda Baoth es el “hijo de
las tinieblas”, en un sentido pésimo. Para más referencias, cfr. “Isis sin
velo” y “ Glosario Teosófico”, de Helena Blavatsky). Por herético que este concepto
hoy pueda parecer, es difícil negar que encuentra acogida en el Evangelio según
San Juán. Recordemos partes de su 1º Capítulo. “Al principio era el
Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios… El estaba al principio junto a
Dios… Nadie vió jamás a Dios”. Por tanto, este Dios Supremo, que “nadie vió
nunca”, no puede ser el Jehová visto y descrito en el Antiguo Testamento.
“¿Pronunció
Jesús alguna vez el nombre de Jehová?. ¿Alguna vez se puso ante su Padre como
ante ese juez severo y cruel; a su Dios de misericordia, amor y justicia, como
al genio judío de la represalia? ¿Jamás!. Desde el día memorable en que predicó
su Sermón de la Montaña , un inconmensurable vacío se abrió entre su Dios y
aquella otra divinidad que fulminaba sus mandamientos desde otra montaña, el
Sinaí”
En
cualquier caso, los filósofos más ilustrados siempre rechazaron identificar al
Demiurgo con la Divinidad Suprema , y se ha hecho célebre al denominación que
le fue dada por Filón: el segundo Dios.
El
problemas del mal antes mencionado ha perturbado a algunos de los más notables
pensadores, como por ejemplo fue la preocupación de Leibnitz de intentar demostrar que Dios lo hizo todo
de la manera más deseable, no pudiendo hacerse mejor.
Todavía
el referido problema acabó por conducir a algunos buscadores, incluso
honestos, de la Verdad a una posición de ateísmo (o al menos del
agnosticismo).
La
Ciencia Oculta reconoce la incompatibilidad entre el hecho de que exista un
Universo sublime y extraordinariamente ordenado, aunque imperfecto, y la idea
de que haya sido creado por Dios Absoluto. Sostiene, de hecho, que el Absoluto
no podría concebir ni crear (por lo menos directamente) lo relativo y
condicionado y, menos aún, algo externo a Si mismo; la Creación a partir de la
nada, supondría añadir algo al Absoluto, lo cual es insostenible. No obstante,
el Ocultismo no es agnóstico (y por eso es una Ciencia) y tampoco es ateo,
excepto en el sentido de rechazar las concepciones antropomórficas de lo
Divino.
El
Esoterismo asocia la idea de la Divinidad a tres niveles fundamentales, que
indicamos a continuación de forma sucinta:
Un
Principio Universal, Impersonal, Ilimitado, Innominado e Inefable, absoluto Ser
y no-Ser (bien como Consciencia absoluta, y absoluta Inconsciencia de cualquier
cosa ilimitada), porque su único atributo es El mismo. Es causa incausada,
infinita y eterna; la Realidad Una y Absoluta, anterior y transcendente a todo
lo que es manifestado y condicionado.
Estamos
ante el Parabrahman (o, todavía, del Brahman Supremo, o Brahman Indiviso o
Brahman Nirguna, esto es, sin atributos) de los vedantinos, o Ain Soph de los
cabalistas, o Dios Supremo Ignoto de los antiguos griegos, o Dios Inmanifestado
o Transcendente de la teosofía cristiana. En última instancia, sin embargo, el
uso de la palabra “Dios” (y más atendiendo al sentido que se le da vulgarmente)
es inequívoca. Aquello a lo que se alude aquí no es a El ‘Dios’ o a un
Dios sino al Espacio Infinito e Ilimitado, de donde todo surge, el Gran
“Contenedor”, el Arik-Anpin (el nombre dado, en este sentido, al Universo por
los cabalistas), aquello que es, fue y será, aunque todos los mundos existentes
desaparezcan) La 2ª proposición
de la Doctrina Secreta se refiere a los
“Universos innumerables manifestándose y desapareciendo… como el flujo y
reflujo periódico de los mares”.
Tenemos,
de este modo, a los Logoi Creadores que, emanando e irradiando de la Realidad
Una y Manifiesta, se vuelven la Divinidad
Manifestada e Inmanente de un Universo, desde el Ser Supremo del Cosmos total a
los Logoi Solares o, más aún, a los Logoi Planetarios. Cada uno de estos seres
puede ser considerado el Dios, o
Brahman Inferior o el Brahman Saguna (esto es, con cualidades) o Ishvara de Su
propio Universo, del cual es el Espíritu más elevado. Cada uno de estos Seres es
el Demiurgo en la esfera de Su propio Cosmos
Mientras
tanto, la referencia al Logos o Demiurgo, es también, una simplificación. El
Logos es el más levado Jerarca de un sistema o Cosmos, es decir, el vértice
superior de una Jerarquía, de una Legión, de un vasto conjunto de Creadores; el
Demiurgo expresa una colectividad abstracta de Constructores.
La
“Doctrina Secreta”, dice Helena Blavatsky, “admite un Logos, o un ‘Creador’
colectivo del Universo; un Demiurgo, en el mismo sentido en que se habla de un
Arquitecto como ‘Creador’ de un edificio; aunque el Arquitecto no hubiera
tocado ni una piedra siquiera, sino simplemente hubiera elaborado el plano,
dejando todo el trabajo manual al cuidado de los operarios. En nuestro
caso fue el plano trazado por la Ideación del Universo, y la obra de
construcción fue entregada a las Legiones de Fuerzas y Potestades inteligentes.
Pero aquel Demiurgo no es una divinidad personal, esto es , un Dios
extracósmico imperfecto, sino una colectividad de Dhyan Chohans y de las demás
fuerzas”.
Esta
era igualmente la concepción de Platón. Al referirse al Demiurgo no pensaba en uno o el Dios (aunque a veces, ciertas traducciones e interpretaciones,
incapaces de apartarse de los preconceptos culturales y religiosos de hoy,
parezcan hacer suponer que sí). En efecto, “Hay que sublimar el carácter
politeísta del concepto de divinidad que Platón nos presenta en Timeu: la
divinidad es participada por varios dioses, cada uno de los cuales tiene una
función y campo propios, siendo el demiurgo tan solo su jefe jerárquico”; “No
hay aquí señal alguna de monoteísmo: en la creencia en la divinidad está la
creencia en los dioses: la divinidad es participada igualmente por un número
indefinido de entes divinos. De los cuales los más elevados tienen en los
astros sus cuerpos visibles (Leyes, 899-a-b)”
La
distinción entre lo Divino Inmanifestado y el surgimiento del Demiurgo en el plano de transición de lo
Inmanifestado/Inmanifestado, justifican su ya referida designación como
“Segundo Dios”, que “es la Sabiduría del Dios Supremo”.
El
Demiurgo forma el Cosmos del Caos. Es el vértice que actúa en la Sustancia
Pre-Cósmica (en la Raíz de la Sustancia , o Mulaprakriti, como la denominan los
vedantinos) y que la activa, despertándola para la existencia Cósmica. El
Eterno Pensamiento Divino Absoluto, no Inmanifestado, se convierte en Ideación
Cósmica, como el plano concreto para un Universo. La Mente Cósmica viene
entonces a la existencia –pasa de la potencia al acto-, porque despiertan los
Ah-Hi, los Dhyan Chohans, los dioses, las Potencias Creadoras, los Hijos
Radiantes de la Aurora Manvantárica , las Estrellas que surgen de la Tinieblas
Primordiales y que pasan a ser la sustancia y el continente de esa Mente
Cósmica o Alma Universal o Sofía o Ennoia-Ofis o Binah.
Damos
de nuevo la palabra a Helena Blavatsky, en dos extractos de su obra principal:
“El Caos, según Platón y los pitagóricos, se volvió el ‘Alma del Mundo’. El
‘Primogénito’ de la Divinidad Suprema nació del Caos y de la
Luz Primordial , el Sol Central. Ese ‘Primogénito’ no era, con todo, sino el
agregado de la Legión de los Constructores, que las teogonías antiguas llamaban
Antepasados, nacidos del Abismo o Caos y del primer Punto”; “Las
diferentes cosmogonías muestran que el Alma Universal era considerada por todas
las naciones arcáicas como la Mente del Demiurgo creador; y que era llamada la
Madre , Sofía o la Sabiduría femenina por los gnósticos; Sephira por los
judíos, y Sarasvati o Vach por los hindúes, siendo el Espíritu Santo un principio
femenino.”
El
Universo está construído de acuerdo con los modelos de los Eide o Ideas a que
se refería Platón, y de las cuales el Demiurgo –la colectividad de
Inteligencias Espirituales que lo integran- se sirve para ordenar la Sustancia
y transformar el Caos en Cosmos. Así el Demiurgo es el agente de las Leyes
Divinas que rigen el Universo.
Cada
uno de los Dhyani Chohans, Inteligencias Divinas, Potencias creadoras –o
dioses, en otras palabras- que, como decimos, integran colectivamente el
Demiurgo, el Logos, el Verbo Creador del Pensamiento Divino, colaborando en la
construcción, sostenimiento y dirección de todo el universo objetivo, de cada
una de sus formas, de cada uno de sus átomos. Así, todas las entidades, en su
propio Plano de raíz divina –como dioses- integran una de las grandes
Jerarquías Creadoras, en que las Mónadas Humanas, los Hombres Divinos, se
incluyen. El Universo existe (o es) trans-temporalmente en el Pensamiento
Divino, pero se va ejecutando en un largo devenir, a través del concurso de
todas las unidades de vida divinas (las realidades íntimas de todas las
existencias) que van avanzando, en grados cada vez más elevados, por medio de
la activación de su inteligencia creadora latente. Y todos somos corresponsables en volver más perfecto al Universo.
Los
Dhyani-Chohans o Jerarquías Creadoras son mencionados en las tradiciones
más occidentales (y, sin mucho rigor, llamadas monoteístas) como Hijos de Dios,
Hombres Primordiales, Elohim, Angeles (diferentes de los lamentables y abusivos
tratamientos que se les ha dado en toda esa literatura tan vulgarizada
últimamente) Arcángeles, Tronos, Virtudes Potestades, Dominaciones,
Principados, Querubines, Serafines, Potencias, Degrados, Anuphain, Siete
Espíritus delante del Trono, Ancianos, etc.
El
Ocultismo afirma la eternidad de la materia, o más bien de la Sustancia , o
mejor todavía, del Espacio que es su matriz y esencia supersensible. “La
materia es tan indestructible y eterna como el propio espíritu inmortal, aunque
(…) no como formas organizadas” Reproducimos aquí preguntas dirigidas a dos
grandes Sabios y las respuestas que éstos dieron: “¿Cuál es la única cosa
eterna en el Universo, independiente de otras cosas? El Espacio. ¿Qué cosas son
coexistentes con el espacio? La duración. La materia. El movimiento, porque
éste es la vida imperecedera (consciente o inconsciente, según el caso) de la
materia, incluso durante el Pralaya Debe de destacarse, pues, que para el
Ocultismo, no existe tal cosa como la Materia Muerta. La Vida Una y
Omnipresente “… no sólo penetra sino que es la esencia de cada átomo de
la Materia ; y, por tanto, apenas tiene correspondencia con la Materia aunque
posea también todas sus propiedades…”. Como también ya hemos referido
innumerables veces, en la concepción Esotérica, la Materia no es apenas la
Sustancia física que nuestros sentidos aprehenden y que las ciencias
experimentales estudian, puesto que existen niveles de sustancialidad
inménsamente más sutiles, en una jerarquía septenaria de Planos. Existe, por
ejemplo, sustancia o materia del Plano Mental… y en otros aún más elevados,
habitualmente llamados Espirituales (en todos los planos existen los dos polos,
Espíritu y Materia interrelacionados, aunque en diferentes condiciones y peso
relativo). Lo que al final la Ciencia Oculta afirma es que nada está
desprovisto de sustancia, que todo tiene, necesariamente, un substratum
ontológico, y que el Ser, en el nivel primero del Cosmos, es la Esencia Una
tanto del polo Espíritu, como del polo Materia.
Así
el Demiurgo forma el Universo a partir de una materia prima ya existente, por
eterna, pues la llamada creación ex nihil (a partir de la nada) no tiene
sentido, porque nada puede ser nada, porque la nada no puede existir, excepto
si diéramos a la palabra nada el sentido “sin atributos”. En los niveles
inferiores de la existencia universal la materia es más densa, y las Ideas, de
acuerdo con las cuales los mundos son formados y evolucionan, se manifiestan
menos cristalinamente y también son menos elevadas y perfectas las Potencias Creadoras
operantes. Como ya refiriera Platón en el “Timeu” (su principal obra
cosmogónica), el Demiurgo no es omnipotente: produce el Cosmos tan bien “como
es posiblee la necesidad condicionada y de la necesidad kármica.
Aunque
haya quien pueda entender árido e inútil el abordar las cuestiones más sutiles
y profundas de la Cosmogénesis , su comprensión tiene implicaciones
incontrovertibles en los paradigmas culturales, científicos, religiosos
vigentes y que condicionan el mundo.
Por
ejemplo: la clara noción de una Ser-idad (Be-ness en expresión de H.
Blavatsky), como Principio Absoluto Increado e Increador (de cualquier
cosa relativa) y, de manera diferente, del Logos o Demiurgo, como
“agregado colectivo de todas las inteligencias espirituales creadoras”, aunque
no absolutas ni perfectas, (por lo que se manifiestan en el espacio y en el
tiempo relativos, evolucionando hacia niveles cada vez más amplios y elevados),
permite encarar el ya referido –y dramático- “problema del mal”; vuelve
evidente la realidad de la justicia en el Universo, ya que depende del querer
colectivo de todos los Hijos del Divino; responde satisfactoria y plenamente a
la pregunta de los científicos: “Si el Universo es obra de un Dios Perfecto y
Omnipotente, ¿cómo es que la Naturaleza parece revelar intentos y errores, o
sea, tentativas fallidas?” (Ver, a modo de ejemplo, “Cosmos” de C. Sagan); pone
término a las preguntas “¿Dios existe?”, “¿Creo en Dios o no?” y “Si Dios creó
todo, quién o qué creó a Dios?”, porque la respuesta sería evidente y las
preguntas inoportunas y sin sentido: El Ser (el Espacio en el sentido más
radical y profundo) es eterno y necesario.
Hay unos cuantos problemas que constantemente han preocupado a los hombres, pero el que se ha presentado generalmente como más difícil de resolver es el del origen del Mal, con el que han topado, como si fuera un obstáculo infranqueable, la mayoría de los filósofos y sobre todo los teólogos: "Si Deus est, unde Malum? Si non est, unde Bonum?". Este dilema es, en efecto, insoluble para aquellos que consideran la Creación como la obra directa de Dios, y que, en consecuencia, están obligados a responsabilizarle del Bien y del Mal. Se dirá sin duda que esta responsabilidad es atenuada, en cierta medida, por la libertad de las criaturas; pero, si las criaturas pueden escoger entre el Bien y el Mal, es que uno y otro existían ya, al menos en principio; y si las criaturas son susceptibles de decidirse a veces en favor del Mal en lugar de hacerlo siempre hacia el Bien, es que son imperfectas. ¿Cómo entonces Dios, si es perfecto, ha podido crear seres imperfectos?






