Se me incrustaban, sí, en la médula, justamente, como una piedra lacerante, los ojos remotos de los saurios y tu respiración, y el espejo de mi naturaleza se fragmentaba y se esparcía turbulento por un cielo recurrente. Mis manos, tus yemas, violando iconografías, tiempos, vastedades, desterraban soles fríos, paisajes arrasados, y se pertrechaban con huesos petrificados y unciones. El tiempo, suspendido entre el debate de los pájaros y los recuerdos de la borrasca, preanunciaba un interrogante que demorábamos. ¿Será encallecida la sonrisa de las mandíbulas descarnadas?, inquirimos finalmente cuando la máscara se despedazó y una brisa posterior dispersó un polvo arcilloso, soledades paralelas, vestigios de tintes minerales, vocaciones suicidas y versos desolados por una extendida configuración de jarillas y piel. Recuerdo. El viento no dejaba de aullar.


















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