Por lo que nos es posible apreciar en los noticieros de cualquier lugar, parecería que la delincuencia se apodera de los países y de las ciudades. Ya no hay nada o casi nada que escape de los criminales y malandrines que, como mariposas multicolores, revolotean por doquier para posarse calmamente sobre cualquier posible botín.
Igualmente el sicariato, definitivamente, ha sentado sus huestes dentro de los límites de estos países, y con tarifas que van desde 50 dólares hasta unos tantos cientos, se cobran venganzas y se eliminan vidas sin el menor escarmiento. Ahora ya se secuestran personas, se amenaza y amedrenta con bandas muy bien organizadas que conocen el santo y seña de las familias. De igual forma vemos delincuentes y terroristas que portan de dos a tres y más cédulas de identidad para pasearse ante nuestros ojos como Pedro en su casa.
Los asaltos, crímenes y robos son tan variados así como lo son las modalidades que inventan los delincuentes. Van desde la burundanga que quita la voluntad a la víctima para robarle con su propio consentimiento, hasta la rotura de puertas que vuelan por los aires los más sofisticados sistemas de seguridad.
No faltan los más cínicos que meten camionetas en los garajes como si fueran sus propias casas y cargan con todo lo que pueden como si se estuviesen cambiando de domicilio, ante la mirada indolente o sorprendida de vecinos y allegados.
El robo de carros y accesorios se realiza en segundos violando cerraduras o silenciando alarmas. Los más avezados no dudan en amenazar a las víctimas con armas de fuego o dagas para llevarse sus automotores.
Domicilios y locales comerciales ya se han convertido en prisiones bien amuralladas. Los locales comerciales más parecen celdas protegidas con barrotes de hierro por cuyas hendijas se compra y se vende.
Y aunque nos parezca increíble, los malandrines se roban en segundos los cerebros de los carros convirtiéndolos en latas inutilizables y se llevan en serie hasta los medidores de agua y luz, pese a que son especies numeradas, cuyos únicos clientes se supone serían las empresas que prestan esos servicios.
Las historias de las víctimas son de las más variadas. Se roban o eliminan hasta las alarmas comunitarias que parecían prestar algún tipo de protección en los barrios.
Los delincuentes arrasan con todo, y todo indica que ahora estamos en un pleno: ¡Sálvese quien pueda! Por consiguiente, debemos luchar unidos contra los que violan nuestra seguridad personal, pues no es deseable tener que vivir en un país con excluidos de cualquier índole, mucho menos con excluidos sociales que han sido, por varios motivos, empujados al crimen y la marginalidad por causa los actos perpetrados durante décadas por malas políticas y sus operadores, acostumbrados a cambiar y adecuar su discurso a la conveniencia coyuntural.
También podemos agregar a todo esto la inconsistencia conceptual de muchos sectores de la sociedad, el ansia de poder y la rigidez de otros, más los oportunistas de siempre que llevan agua para su molino o retiran brasa ajena para su propio asado, valiéndose de los recursos mas bajos y sensacionalistas, y que configuran un programa de desorden tal, que no pueden resolver de otra manera que no sea la del fracaso.
Debemos luchar contra los que violan nuestra mejor cualidad de vida, pero no podemos olvidarnos de las causas que provocan tal caos, que son las mismas de toda la Historia: falta de educación, de previsión, de trabajo, de ejemplos, de afecto y de justicia.
No digo que sea fácil lograrlo, pero, por Dios, tampoco busquemos el camino equivocado de la intolerancia… Para eso ya está el poder.







Tiene usted toda la razón en su penúltimo párrafo. Lo que hace falta es justicia para que todos podamos tener una vida digna. Ojalá el movimiento que iniciaron los estudiantes nos pudiera traer un poco de ello, ya que los satisfechos nunca darán nada por las buenas, aunque se les caiga el mundo encima; se olvidan muy facilmente de las revoluciones que han ocurrido a lo largo del tiempo por situaciones de agobio de las mayorias.