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BULLALBOS Y FUNDACIÓN JUNTO AL BARRIO LEVANTAN EL EQUIPO DE FÚTBOL DE LA PINTANA QUE UNE A DOS ENEMI

BULLALBOS Y FUNDACIÓN JUNTO AL BARRIO LEVANTAN EL EQUIPO DE FÚTBOL DE LA PINTANA QUE UNE A DOS ENEMIGOS DE SANGRE

get.jpegEn el  sector El Castillo de La Pintana, es común que vivan doce personas en 35 metros cuadrados. Que los niños jueguen con armas y no vayan al colegio. Hasta hace seis años, en la misma población, jóvenes se mataban por ser de equipos rivales. Ya no. Un club de fútbol autogestionado está haciendo lo impensable: juntar a las barras de la U y Colo-Colo detrás de una misma camiseta.

 Todo comenzó el día en que el Rubéola y el Cotato, niños en ese entonces, iban caminando abrazados por la calle. Era raro verlos así, porque siendo uno hincha del Colo-Colo y el otro de la Universidad de Chile, lo normal era que apenas se cruzaran por las calles de La Pintana empezaran a tirarse piedras. 

Pero esa tarde andaban de buenas, y ni el Rubéola ni el Cotato imaginaron que ese abrazo amistoso iba a dejar una huella imborrable en la historia de la población Villa Patagonia, del sector El Castillo. Justo en el momento en el que caminaban, Heber Ruiz (42) inscribía en las canchas aledañas a su equipo de fútbol en un campeonato. Y los vio. Uno iba con una camiseta de la “U”, a cuya barra se le dice El Bulla, y el otro, con la del “Colo”, los Albos. “¿Por qué no le ponemos al equipo Bullalbo?”, dijo. 

Aunque dentro del grupo había fanáticos de cada equipo, ninguno protestó. Ni siquiera porque fuera el Bulla primero. Esa tarde de noviembre de 2005, todos estuvieron de acuerdo porque habían visto lo que pasaba cuando se jugaba un clásico: “se bajaba una barra de la micro, cogoteaban a los que estaban abajo, después al revés, y así era siempre. Había escopetazos, muchas veces estaba en el antejardín de la casa y llegaban peñascazos arriba de mi sobrino y nos teníamos que meter los más viejos a parar las peleas”, cuenta Heber Ruiz. 

Dos años después, en 2007, el Club Deportivo Bullalbo tenía personalidad jurídica y más de 600 personas que llenaban las canchas en cada partido. Lo que partió como un solo equipo, llegó a tener tres series de adultos, una de niños y otra de “viejos crack”, o de adultos de más edad. Todo lo consiguieron a punta de completadas y fiestas que organizaban las familias. 

Y de a poco, las barras comenzaron a dejar de pelear. Donde antes se cruzaban balas, ahora sólo hay gritos y palabras. “Igual entienden el mensaje sin necesidad de explicárselo. No porque otro tenga otra camiseta, tení tú que ofender la de él”, afirma Heber. 

Para Manuel Gómez, integrante de la división de viejos crack, la diferencia se ha notado: “se acabaron las riñas del Colo y la U pa’ los clásicos. Antes, cada barra tenía su sector y si uno entraba donde no debía, las balas se escuchaban. Ahora no”. El cambio para la gente fue importante, más aún considerando que, según sus propios vecinos, la violencia –entre otras causas – hace del Castillo un lugar del que todos quieren salir. 

Considerado como uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, en el último año El Castillo ha salido seis veces en la prensa: tres por asesinatos a bala, tres por detenciones por tráfico de drogas o de armas. Dentro, la situación tampoco es percibida como buena. “Es difícil la vida en El Castillo, porque quedamos aislados de todo (…) no hay trabajo ni farmacias”, cuenta Heber. 

Organizar para distraer

En los seis años que lleva funcionando el Club, las cosas no han sido fáciles. “Cuesta organizar a la gente”, confiesa Heber Ruiz, el único que se ha mantenido ligado siempre al equipo. Hace dos años, era presidido por Mario Martínez, vecino que por razones personales decidió no participar más. Desde ese día, sacar adelante el club se hizo aún más complejo. “Dejamos de participar en campeonatos, ahora jugamos puros amistosos, por eso va menos gente a vernos”, cuenta Ruiz.. 

Pero aunque no estén participando en campeonatos, se mantiene un público constante: los niños. “Acá hay demasiados niños que pasan solos, en la calle y que quieren jugar. Por cada partido hay como doscientos niños que quieren participar”, cuenta Víctor Orellana, trabajador social de la Fundación Junto al Barrio, que tiene una sede en El Castillo y apoya a Bullalbos. 

Para Heber Ruiz, las barras de fútbol son una forma de expresión de los jóvenes que viven en situación de pobreza: “cuando los cabros van al estadio, con sus cánticos se liberan, liberan el estrés, la rabia de la población, la rabia de no pagar las cuentas y vivir en una población miserable donde están todas las calles sucias”. 

Para él, la función del Club es que esa rabia se canalice. “Nosotros hacemos esto por ellos, para que los niños tengan algo con qué distraerse. Queremos demostrar que dentro de una población se pueden hacer cosas grandes”, dice. 

José Luis Echeverry (18), que juega en el equipo, siente que la imagen que se tiene del barrio es errada. “La realidad aquí es diferente a como se ve de afuera. El Castillo siempre se ha catalogado como malo y eso no es verdad. Tienes que vivir aquí para conocerlo. A la gente le gusta cooperar, le gusta estar con el vecino”, cuenta. 

En la casa de Heber está guardada una gran bandera que dice: “Bullabo y ke pasa?”. Para el equipo y su dirigente representa el espíritu del club, la idea de una bulla alba, un ruido blanco, sano, que una lo aparentemente irreconciliable. Por ahora, seguirá guardada hasta que logren reunir el dinero y las personas para volver a jugar en un campeonato el próximo año. Heber dice que no se rendirá, porque para él, los Bullalbos podrían llegar a cambiar la vida de todos los habitantes de El Castillo.

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