Carlos Smith

Los pasos encontrados

 

Consuelo Ariel.jpg Consuelo nació en el Van Buren y le dio por aparecer cuando nadie la esperaba, igual que si hubiera forzado la puerta y entrara sin que la invitaran. Se le instaló en el vientre a Eloisa madre, se acurrucó, y dedicó su tiempo a esperar, a crecer despacito, a hacerla sentir que estaba ahí, aguardando que le salieran alas, no para convertirse en ángel, sino para volar. Mientras estuvo en el nido de su madre, siempre anunció alegrías y una necesidad de existir que ellos no conocían. Así que la tuvimos que querer, cómo no iba a ser así, si ella fue la que nos eligió, si ella fue la que miró las paredes de esta casa e inventó una ventana, la abrió hasta atrás y se entrometió incluso en lo que no existía.

A los cinco años descubrió que el teatro era parte de lo cotidiano, que actuar no sólo lo llevaba en la sangre, sino en los ojos, en las mandíbulas, en las piernas y en el dorso. Armaba un bote con las sillas del comedor y jugaba con un amigo imaginario a despedir embarcaciones, a naufragios diurnos, a la llegada de botes pesqueros. A ese amigo, con el que conversaba de noche, en el auto, en el cine y al desayuno, al ingresar al colegio, le enseñó a leer, a ver la hora, a amarrarse los zapatos, a vivir con nosotros. Pero este muchachito la acompañaba sólo en Valparaíso; cuando íbamos a otros lugares él no aparecía por su memoria, se le olvidaba existir.

Arielito nació en la casa de su abuela materna, en el cerro San Juan de Dios, y desde el primer minuto de existencia en aquel mundo de escaleras y ascensores, mostró una inquietud de luna llena y una energía de vientos. No detenía su ir y venir y subir y bajarse, y su padre, estibador de puerto, lo levantaba orgulloso, lo lanzaba al aire y le gritaba su enamoramiento, su orgullo, la felicidad que le producía tener un chiquillo tan movedizo, despierto que entusiasmaba, vivo que daban ganas de vivir.

Antes de aprender a leer ya escalaba los estantes y se lanzaba de las alturas, metía palillos de tejer en los enchufes y mataba hormigas con lupa, subía al techo de los vecinos a joder a los gatos, deambulaba por las calles del centro observando lo que no se veía en las calles del cerro, y vagabundeaba por la Feria de la Avenida Argentina mirando las pajareras, soñando con soltar los pájaros, mirando antigüedades y aborreciendo a los anticuarios que lo puteaban. Robaba naranjas y dulces de higo, y se hizo amigo del charlatán de la boa, el que todos lo sábados le traía manzanas confitadas de Curacaví. Luego regresaba lloriqueando, hambreado, sucio, y al día siguiente, cuando sus padres miraban hacia otras costas, Arielito tomaba vientos una vez más y se perdía por las calles del puerto.

Tenía ocho años la noche que dibujó un lago y montañas verdes -aunque jamás estuvo en el sur- y sobre un puente de madera que daba a una aldea cordillerana, ubicó a una niña morena, de ojos de castaña y pelo marrón. Por esos días el crío era un desenfrenado de travieso, creativo que daba envidia, revoltoso, con una personalidad que asustaba, y melómano, escuchaba música todo el día en la Valentín Letelier.

A Consuelo le gustaba el mar. Ubicaba en la terraza dos sillas dirigidas hacia el norte y se sentaba a mirar la inmensidad del océano, colmada de una fascinación ilimitada por los temporales y los barcos que se hundían en el horizonte. Observaba la bahía, el movimiento del puerto, y sabía los nombres de los peces, de los crustáceos, de todo lo que estuviese vivo o muerto en el mar. Conversaba con Amador suavemente, evitando importunar a aquel amigo transparente que la acompañaba en el mirar la vida de la bahía.

Un atardecer, cuando ya tenía doce años, le preguntó a su madre por qué la gente hablaba de desventuras si ella conocía sólo la dicha.

-El estado natural de los seres humanos es la felicidad –dijo Consuelo.

Yo quedé sorprendida de mi hija. Le pregunté dónde encontró semejante pensamiento y me contestó que no lo había leído en ninguna parte.

–Lo conversamos con Amador -dijo –pero no sabemos de dónde nos nació, aunque a ambos nos parece que es un recuerdo antiguo.

Consuelo siguió armando escenarios en el salón, en el dormitorio, en la terraza, y sus padres empezaron a creer que la cabeza se le perturbó, a raíz de que hablaba de Stanivlasky y de luces, lo mismo que hubiera sido una entendida. Cuando me afirmó que recordaba con claridad la noche en que el hombre había llegado a la luna, me asusté. Le dije que era imposible, que ella aún no nacía.     -Da lo mismo –me contestó –pero yo me acuerdo igual –y agregó: -la luna es para mirarla no para ponerle la pata encima.

    -Y de dónde recuerdas todo esto –pregunté.

–Paso por el ojo de una cerradura y miro. –dijo –Ahí están las cosas y los hechos.

Con el paso de los meses entendí que la Consuelito no estaba loca, que ella era así, que hablaba con la nada y que actuaba para nadie, y a raíz de que una curiosidad de siglos me rondaba la atención, le pregunte si quería a Amador para novio, y me contestó que no.

-Somos del mismo cielo –me dijo –del mismo mar y de la misma sangre. Lo quiero de muchas maneras, pero en especial lo quiero igual que a un hijo, no sé por qué, incluso él es mayor que yo un par de meses.

    En junio del año pasado dejó de hablar con Amador y no miró más el mar. Abandonó el teatro. Desistió de armar embarcaciones con las sillas del comedor y a inventar despedidas de barcos mercantes. Una tarde, sentada sobre el borde de su cama, mirando el vacío de las paredes de su habitación, me dijo que estaba enferma, que la llevara al hospital.

-Me siento débil -afirmó –siento que el cuerpo no me funciona. Algo anda mal.

La fascinación de Ariel a los trece años era cerrar la puerta de su dormitorio con pestillo, afinar en mi, la, mi, y tocar charango hasta que sus dedos se rindieran. Construía arpegios, se sostenía sobre armonías desconocidas, rasgueba doblado y triple, y cantaba huaynos; después se tendía sobre la cama y dormitaba más de lo que su cuerpo requería. Al atardecer continuaba soplando zampoñas aunque sentía un vacío de cielos en el cerebro, un mareo de malos tiempos; abría la ventana, miraba la bahía unos minutos, el ajetreo de las grúas, y una vez que se recuperaba, retornaba a la madera del charango, a las cuerdas negras, a la caparazón, y ensayaba hasta que el sueño derrotaba sus manos y su voluntad.

Era pequeño y delgado, llevaba el pelo largo y se vestía con pantalones rojos y chalecos que recordaban las arpilleras de Isla Negra. Recorría los cerros intentando que Valparaíso se le metiera en los recuerdos, que se le instalara en las venas lo mismo que en su propia casa, sin jamás preguntarse por qué lo hacía, sin buscarle razón a sus decisiones.

Una tarde de julio, después de un aguacero que sacudió las techumbres y las mareas, Ariel salió a recorrer las subidas de los cerros, los miradores, las callejuelas del plan, para buscar los olores de la muchacha sureña en las paredes y en los ascensores. En el portal de la Escuela de Teatro no vio ni ojos ni siluetas que le recordaran a nadie, mas percibió aires cercanos y reconoció los aromas de la chiquilla, y los atenazó en su memoria, los guardó en su alma, los impregnó en su piel, de la misma manera que lo hizo con los paisajes del puerto.

Al día siguiente, después que regresó del liceo, se encerró en su dormitorio a tratar con la guitarra, a intentar rasguear un huayno, y aunque su encantamiento por la cuerdas era imperecedero, sintió las manos lentas, sintió que los dedos se le enturbiaban, sintió que las fuerzas se le iban del cuerpo, que se arrastraban por el suelo y se escurrían hacia la pared y se subían al alfeizar y abrían la ventana y huían por los techos y bajaban a la calle y se perdían raudas hacia el plan de la ciudad. Ariel a pesar de sus reveses, a pesar de su salud oscurecida, conservó los aromas de la muchachita, conservó sus sombras y el color de sus cabellos.

Lo llevaron al hospital, apagado, silencioso y deshojado. Ariel ya no era Ariel, no era el crío travieso que exhalaba inquietudes de sismo y energías de mar abierto, no era el de anteayer ni era el de mañana, era una ser ajeno a si mismo. Ya no era el muchacho despierto que entusiasmaba, el adolescente vivo que legaba ganas de vivir.

Al amanecer, Consuelo percibió que una ventisca lenta le dirigía la respiración. Sintió que un manojo de algas espumosas le consumía la memoria y que las venas se le colmaban de flores tristes, aunque a ella, a pesar de los pesares, la habitaba una alegría de tiempos nuevos. Vio el horizonte dentro de su habitación, vio el océano inmenso, temporales sobre la pared y naufragios jóvenes. Vio la vida de los mares junto a su camilla, el movimiento del puerto y peces y crustáceos, todo lo que estuviese vivo o muerto en aquella inmensidad azul. Vio cortinajes rojos cubriendo el ventanal y butacas de teatro, y sintió que moría en su hogar, sobre le escenario extenso donde transcurrió su corta vida.

La bajaron a la morgue, al subterráneo del hospital, cubierta por una sábana blanca y un aire alegre que sobrecogía. El hombre que guiaba la camilla nunca antes percibió semejante algarabía en los aromas de una muchacha muerta. Está raro esto –pensó- la niña se fue contenta, ni que la hubieran adoptado en el paraíso.

Ariel murió media hora más tarde y murió en los brazos de su padre, un estibador de puerto, un hombre sensible y llano, que le acarició el cabello y las mejillas, y le dijo al oído la pena de malos tiempos que se le venía encima. Le habló de su amor entusiasta, de la felicidad que le producía haber tenido un chiquillo tan movedizo, de la tremenda soledad que le esperaba cuando abriera la puerta de la casa.

Al atardecer, en el instante que el sol enrojecía las sombras del puerto, el camillero subió los escalones desde el subterráneo al primer piso con la pesadez de un lagarto. Subió agitado, lento y conmovido, con lágrimas de alegría en los ojos y lágrimas de emoción en la comisura de los labios.

    -Los jóvenes que murieron en la mañana están purificados –gritó -Yo puse la camilla del chiquillo al lado de la niña, los dos estaban muertos, muertos como todos los muertos, pero ahora, cuando regresé, me encontré con ellos tomados de la mano, descubiertos, sin las sábanas y con los rostros alegres, como si hubieran encontrado la felicidad antes de partir de aquí.

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Trébol
dijo :

Por qué tenían que morir.

Me encantó tu historia, la deboré completa, eres genial. 

 

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Ligas Mayores para los que saben.



04/06/2007 a las 16:58
Annita
dijo : .. por qué insólitos parajes habrían caminado???, felicitaciones por ésta historia que no puede dejar de leer de principio a fin ... saludos @nnita
04/06/2007 a las 18:25
Carla
dijo : Carlos, Extraer la memoria para ajustarse a las circunstancias.. se lo dejo al virtuoso que lleva la consigna objetiva de que cualquier postilla debe generalizar por sobre el subjetivo de las palabras.. (no será el único desacuerdo..¿?)

La pluma ágil que aligera cualquier jácara debe estar calzada en la tuya. No obstante.. pocas expresiones nos sorprenden tanto.. como las que nos apuntan directo al corazón… nace un nuevo concepto y se nos incrusta  en el recado memorial que seguramente más de alguna vez evocaremos.. por lo sensacional que nos ha parecido..

“…ni que la hubieran adoptado en el paraíso..”

La holganza ha sido mía.. un abrazo para ti

Carla

 

04/06/2007 a las 19:36
Manuel
dijo :

..Hermoso relato amigo, sin duda el espíritu de Dios penetra en el consiente de los hombres de buena voluntad; las personas venimos al mundo a hacer una parte de lo que decidimos hacer estando en el otro “estado”, sin duda quienes han decidido seguir la senda debemos pasar primero por éste y otros antes devolver a la casa del padre; muchos no están mas que horas o minutos, ellos llegaron hasta su juventud para haber cumplido con su cometido y vaya que si lo cumplieron; sé que lo entiendes.

un abrazo

 

 

Manuel Díaz Tapia

04/06/2007 a las 22:56
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