¿Y las primarias (ya eran)?
Patricio Araya G.
Periodista y Lic. en Comunicación Social
La bajada esta mañana de José Miguel Insulza de la carrera presidencial, luego que la encuesta CEP del 30 de diciembre lo convenciera de sus escasas posibilidades de llegar a La Moneda, lejos de resolver un tema pendiente (las primarias), abre su discusión, hasta ahora postergada a la espera de señales como ésta, a la que debe sumarse el tibio apoyo de sus socios del PPD, partido cuya estrategia de bajarlo se había dejado sentir a través de dos acciones concretas: una parte de sus parlamentarios ya había hecho público su gusto por la candidatura de Frei, mientras otros pepedeistas no descartan levantar una candidatura propia.
Que el personero socialista haya ido hoy a la casa del senador DC Eduardo Frei para brindarle su “apoyo irrestricto”, aunque es una clara y definitiva señal de pánico escénico frente a la derrota inminente, tampoco zanja en modo alguno la posibilidad de realizar las primarias oficialistas; peor aún, las transforma en un necesario ejercicio democrático y en una irrepetible posibilidad de revertir la apatía electoral y la falta de participación ciudadana. Sacar con el codo al senador radical José Antonio Gómez de la foto de la democracia sonriente, de aquella democracia que tanto nos ha prometido, sería un imperdonable error cometido en nombre del no siempre bien ponderado consenso político, que tanto hastío causa a la sociedad civil. Sería, en rigor, una burla a la fe pública, y de paso convertiría a la Concertación una vez más en el hazmerreir de la oposición. Claro, porque después de tantas escaramuzas, de tanta parafernalia electorera, resulta que el nombre de un candidato único no pasa por el esfuerzo de discutir las reales posibilidades de cada cual al interior de ese conglomerado, sino por una cuestión de “bajadas”, o sea, de descartes. ¿Con qué nos estamos quedando, con lo menos malo?
Acaso no estamos consolidando un sistema de elección presidencial sólo a dos bandos, al estilo norteamericano. De ser así, qué podemos esperar de la bullada pluralidad con que tantos hacen gárgaras, y toda esa gabela del fin de la exclusión. Las elecciones primarias tampoco deberían ser patrimonio exclusivo de la coalición gobernante; ellas deberían incluir a un amplio espectro de candidatos, desde el oficialismo hasta la izquierda sin representación parlamentaria; desde aquellos sectores ciudadanos desencantados, pasando por los díscolos y el mundo ex, hasta la inmensa mayoría de los no inscritos; incluso, la propia oposición debería darse la oportunidad de preguntarse si Piñera es capaz de aglutinar a toda la derecha. No llevar a cabo un proceso previo a la elección presidencial de diciembre, sólo puede contribuir al desencanto y a la no participación. ¿Qué tan terrible puede resultar una papeleta variopinta? ¿Tanto temor genera en algunos el escrutinio popular?
La democracia tiene sus riesgos, asumirlos es parte de las reglas; no hacerlo es darle gusto a la creencia cada vez más asentada de que la política es excluyente y que está condenada a su fracaso social, y cuando ello entra en la mente de quienes la ven como la oportunidad de hacerse del poder a través de su inestabilidad, la cuestión se torna mucho más peligrosa que la mera apatía o el rechazo malhumorado de los electores que terminan vomitando su odio en el anonimato de la urna. Las primarias son necesarias, y realizarlas puede representar mucho más que la alegría de unos cuantos, puede, qué duda cabe, ser la boleta de garantía con la que respaldar futuras acusaciones de nepotismo político y de ausencia de voluntad de inclusión. ¿Por qué no hacerlas entonces? Además, si Eduardo Frei se siente capaz de derrotar a Sebastián Piñera, no debería atemorizarse por enfrentar a sus compañeros de coalición, ¿o sí? ¡Primarias, aquí y ahora!, como diría Lagos.






