Me dijo un contertulio, nuestro Tom
Collins, y se podría decir, de la misma manera, que la infelicidad también se
aprende.
Claro que hay una felicidad natural, aprendida naturalmente, y una infelicidad aprendida de la misma manera, ejercitando el orgullo, por ejemplo, y su natural contraparte, la humillación, o las mil maneras de aislarnos y mantenernos en soledad, incluso en una muchedumbre, incluso en medio de nuestra querida familia.
La felicidad propiciada por nuestro
contertulio no
es aquella tan espontánea, pienso, sino una aprendida con esfuerzo, al menos
con inteligencia, que ha podido modificar las conductas inamistosas con
nosotros mismos y transformarlas para nuestro beneficio y bienestar.
Si es acaso esto posible, y si así
fuera, cómo lograrlo, es un buen interrogante.
Saludos



















Quizás Ramón....
Aprendemos antes que nada... a ser infelices...
Día a día, desde nuestra más temprana infancia, y a pesar de los amoroso cuidados de nuestros padres, (cuando tenemos la fortuna de que sea así), estamos recibiendo aquellos estímulos con que nos regala la vida para demostrarnos que nuestro tránsito por este mundo, más que un paseo por él.... es una dura prueba.
Sin embargo, debemos aprender que no todo nos viene de fuera.
A medida que crecemos nuestra dependencia de quienes nos proveen de cuanto necesitemos básica o suntuariamente... es cada vez menor...
Quizás nos cuesta desprendernos totalmente de la idea de que todo nos llega por la voluntad que otros tengan de cuidarnos, satisfacernos... y hacernos felices...
Y nos demoramos en comprender que llega un momento en que todo debe depender de nosotros mismos.
Tom