Barrio Patronato: La cuna del comercio santiaguino
ZONA DE INTERCAMBIOS
Ropa, accesorios, comida e incluso idiomas son posibles de entremezclar en un lugar marcado por su pasado. El Barrio Patronato se ha convertido en el punto de ventas más reconocido por los transeúntes. Desde picadas a tiendas exclusivas, este sector se mantiene ajeno a los malls y escapa de los conglomerados económicos. Coreanos, chilenos y árabes conviven entremedio de billetes, escolares, compras compulsivas y uno que otro lanzaso.
Los humanos somos animales de costumbres. Tenemos rutinas y rituales grabados en nuestro interior, que solo en pequeñas ocasiones nos atrevemos a modificar. Aquello puede explicar el porqué de nuestra fascinación por establecer calles y rincones en lugares específicos, en los cuales podemos acceder a determinados productos y servicios. La calle 10 de Julio es reconocida por ser el lugar en donde se encuentran repuestos de automóviles; Bellavista, Suecia, Manuel Montt, Plaza Ñuñoa y Plaza San Enrique son algunos de los lugares repletos de locales para ir a comer o bailar; Bandera es dominio de la ropa usada; en Rosas se puede encontrar desde un botón hasta el relleno de cojines; En San Diego están los libros; En San Camilo estaban las prostitutas. Podríamos continuar la lista por mucho tiempo.
Santiago nos sorprende con un sinnúmero de áreas etiquetadas que difícilmente cambiarán de rubro, pues ya son parte de nuestra historia. Es así como nos topamos con el Barrio Patronato, el autodenominado “barrio comercial y cosmopolita de Chile”, un lugar muy particular en el que convergen policías y ladrones; vendedores y compradores; chilenos y extranjeros y mucha, mucha producción en masa.
Linda Recoleta. Comuna de contrastes y múltiples paseos. Exóticos encuentros ante un territorio que busca embellecerse y posicionarse como un atrayente punto para la masa peatonal. En ella cohabitan el Cementerio General, diversos hospitales, el Mercado Central,
De “
Nadie reconoce en él su historia. Su pasado parece oculto en el acelerado y compungido presente que hoy en día vivimos como manifiestos seres hiperventilados. Su esencia ha quedado resumida en el consumo. Sus pasajes son vitrinas, no invitaciones a perderse por rincones inexplorados. Aunque no tenga el prestigio o la fama de sus pares, como el Barrio Lastarria o la arquitectónica belleza de París esquina Londres. Hace una silenciosa lucha por permanecer quieto, solemne, histórico. Lo ha hecho por siglos, por eso es fácil aventurarse y creer que lo seguirá haciendo en el futuro. Será con inmigrantes, será con su descendencia ya chilenizada, será con el Mapocho navegable o lleno de desechos. Patronato, viejo amigo, mientras existan las ganas de consumir, bienvenida y celebrada será tu presencia.
Su pasado nos remonta a la época de
Su historia se diluye con el presente. Aquél lugar que es reconocido por los historiadores y descrito en la página web: www.nuestro.cl como “Un espacio con una forma de vida distinta, caracterizada por el relajo de las costumbres populares y campesinas y ajena a los apuros de la emergente ciudad”, se enfrenta al caos de una sociedad apurada por crecer y consumir. Estamos en la era en que definir la identidad a través de lo que se tiene y no de lo que se es, prima por sobretodas las cosas. Era tal la protección que existía por aquel lugar, que sólo a fines de la colonia se comenzaron a construir caminos y pasajes, que aunque no son los mismos, hoy en día se hacen vitales para el flujo de peatones que día a día circulan por ahí.
De
Che Mozart
Ubicado entre las calles Recoleta, Loreto, Bellavista y Dominica. Barrio Patronato no tiene una presentación romántica, graciosa o medianamente bella. No hay un preludio que nos lleve a su encuentro. Ni siquiera al cruzar el puente de igual nombre, o bajarse en la estación de metro nos transportamos a un estado mental distinto, como puede suceder al caminar por el Parque Forestal, ya que paso a paso, entre árboles y organilleros, eres llevado a la calma hasta dejarte en el interior del Museo de Bellas Artes. Con Patronato es distinto, incluso un poco aburrido si no se es amante de las ofertas en ropa o se busca algún producto en especial. Los hechos son claros, el individuo es el mismo.
Curioso me resulta caminar por sus veredas. Lo primero que logro observar son carteles de ofertas y precios tentadores para mi precario presupuesto. Pero mi objetivo no es ir a comprar. Debo encontrarme con este lugar, tengo que descubrir en él aquella esencia que me permita defenderlo ante tanta belleza y aura de intelectualidad que se le imprime a la renovada faceta del centro de Santiago. Pero me parece que será una tarea difícil.
El escenario no deja de ser tan distinto según el día de la semana. La gente, el consumidor, siempre está, siempre. El frío llega hasta los huesos, No es un lugar para ir de paseo. Hay que tener un objetivo claro para adentrarse en sus calles: consumir. Por lo estrecho y concurrido de sus veredas no es muy conveniente salir muy equipado. Entre más liviano de carga, más sencillo es recorrer sus galerías, paseos y pasajes. Aunque no lo parezca, toma bastante tiempo caminar por el barrio completo.
Hago una vista panorámica y descubro que todo es muy similar. A pesar de que cada tienda vende artículos distintos, la primera impresión que deja este lugar es una homogeneidad en cuanto a colores y presentación. “Un poco fome” - pienso. Y hay que tener cuidado, porque dicen que la primera impresión es la que cuenta. Gonzalo Cornejo, Alcalde de Recoleta, al parecer concuerda con dicha frase, pues en el marco del proyecto urbano “Recoleta ponte bella” pretende peatonizar todas las calles que se encuentran al interior del barrio y techarlas, además de construir un edificio para trescientos estacionamientos, lo que facilitará y aumentará el número de clientes.
Camino con tiendas a mi izquierda y maniquís de grandes bustos y pequeñas cinturas a mi derecha. Si fuera adolescente y vulnerable me sentiría tremendamente deprimida por tan esculturales estatuas. Mientras avanzo comienzo a escuchar música clásica. Tengo pésimo oído por lo que me es difícil seguir la música. Finalmente llego al origen de ella. Un parlante ubicado en la vereda hace la banda sonora de mi estadía. Levanto la vista y lo primero que veo es un polerón del Che Guevara y poleras de Bob Marley. Curioso.
Si no solo bastara con las tiendas, por todo el sector derecho de la vereda, se ubican pequeños puestos y kioscos que venden exactamente lo mismo que su competencia y que los negocios establecidos. El impacto visual es muy potente. Existen muy reducidos espacios libres. Al borde de una tortícolis, es posible marearse de tanto girar la cabeza para abarcar con la vista todo lo que tienen para mostrar. Aunque después de un par de cuadras se hace repetitivo pues los productos son extremadamente similares. La moda de turno se impone hasta en el tipo de ropa interior que venden.
Los vendedores te invitan a pasar a sus tiendas como si se tratara de una discoteque. Te tratan de “engatusar” con repetidos discursos y una gentileza amasada que no suena espontánea ni gratuita. Un tipo alto, moreno, de apariencia y acento caribeño me dice: “Pase a la tienda que aquí tenemos todo tipo de ropa para la jovencita linda”. Sonrío y le doy las gracias, pero sigo caminando.
Un señor discute acaloradamente por teléfono. Por su acento, delatado por el sonido que produce al pronunciar las jotas, noto que es árabe. Reclama molesto porque las luces de su negocio no están funcionando. Al parecer fueron mal instaladas: “Le dije yo que necesitaba esto listo para ahora. No. No se justifica la espera. Es un insulto. Yo le dije. Yo le dije. ¡No puedo trabajar a oscuras!”
Como la exótica mezcla de Mozart con Che Guevara, me encuentro inmersa en un submundo que mezcla e intercambia todo. Una señora lleva a su hijo sentado en el carrito de la feria. Él se afirma con toda la fuerza del mundo, mientras es arrastrado como si fuera un kilo de papas. Entre tanta copia, préstamo y convivencia obligada, existe una pelea entre el comercio nacional y los negocios de coreanos y árabes. Pero más allá de la manufactura chilena, que algunos comerciantes insisten en destacar, la presencia nacional en los productos es mínima. El choque y la mezcla cultural, es evidente. Un joven coreano silencioso y serio que limpia con esmero los mesones de su negocio “Dong – Chang” es quien te vende ropa y accesorios que asemejan estilos tipo “Bronx”, es decir vestimentas de “barrio” influenciado por el hip – hop y la temática latino-afroamericana, o prendas que son copias de lo que se ve puesto en un video clip de la famosa música reggaeton.
Cuide sus pasos
Si es distraído o logra perder con facilidad el sentido de orientación, caminar por Patronato puede ser una experiencia confusa. La similitud de sus tiendas y los continuos pasadizos que los llevan de una galería a otra lo llevan por caminos que no había visto o lo trae de vuelta a pasajes que ya recorrió. La calle Dardigñac es igual a Antonia López de Bello, y ésta es similar a Santa Filomena. Todas las calles perpendiculares a Patronato parecen calcadas y si no se es atento se puede terminar caminando un buen par de cuadras en una dirección que ya se había caminado.
Aunque sin la infraestructura ni la codicia de un mall, el barrio logra tener ciertos espacios que prolongan la estadía: uno que otro café o local para comer, cajeros automáticos, el vendedor de carrito ofreciendo desde un sándwich hasta un jugo natural de naranja o piña exprimido ante tus propios ojos e incluso hay una casa de cambio.
Físicamente es un reto no salir herido. Evitar chocar al menos una vez con la gente que pasa se hace imposible. Es viernes por la mañana, sin embargo esta lleno de personas. Madres que discuten con sus hijas por no encontrar el chaleco exacto. Escolares que hicieron la cimarra y que con la mesada tratan de armar el look perfecto para la fiesta de la noche. Gente que no compra, pero que toca y se prueba todo lo que puede. Señoras que regatean lo irregateable. Hormonas femeninas que revolotean por doquier. Uno que otro hombre que con cara de sacrificio hace de “burrito de carga”. Eso es llamativo. Hay pocos hombres, y eso que el número de tiendas con ropa exclusiva para ellos ha aumentado. “Lo que pasa es que saben lo que quieren. Van y lo compran. No se dedican a dar vueltas o a buscar mejores precios como las mujeres” – dice un joven que trabaja como vendedor en la tienda “Black Side”, mientras viste a un maniquí con unos calzoncillos de “Los Simpsons”.
Sigo caminando. La tentación de comprar cosas innecesarias pero bonitas es fuerte. “El mercado crea la necesidad” – pienso, mientras me alejo de un reloj despertador con forma de corazón que tiene a Snoopy y a Charlie Brown en su interior. Es una maravilla, absolutamente prescindible, pero una maravilla asiática y a un valor mucho más caro de lo real. Es mejor seguir caminando, pero sin perder el norte. Perderse por sus calles es tan fácil como gastar el presupuesto del mes. Aunque todo varía según el nivel de ansiedad del interesado.
Paco - ladrón
En Patronato con Asunción me encuentro con algo nuevo. Se trata de una pequeña comisaría y junto a ella hay un Carabinero. Me acerco y la miro por un buen rato. Es del tamaño de un kiosco de revistas y en su interior hay un teléfono y una mesa, nada más. Es la 9ª Comisaría Independencia, que gracias al “Plan Cuadrante” ha sido ubicada en este complicado lugar por el continuo flujo de dinero.
El Carabinero me comenta que la comisaría se estrenó hace tres semanas debido a los continuos asaltos que sufrían los transeúntes y los locatarios. En él las personas podrán hacer las respectivas denuncias o dejar constancia en caso de robo. Solo él y una Carabinera que se ve al frente de la calle, son los responsables de velar por la seguridad de más de 10 mil personas que circulan diariamente por el barrio. Parece insuficiente y desgastador su trabajo, pero confiesa que no es mucho lo que se ha hecho hasta el momento: “La época complicada son los días antes del 18 de Septiembre y la semana de Navidad”.
De todas formas a la señora Gabriela no le parece que las cosas vayan a cambiar mucho con la nueva comisaría. “Yo siempre vengo para acá. Mi hija acaba de tener una guagüita y hace como dos semanas le compré de todo. Ropa de cama, piluchitos, pañales de género, pantys, gorritos. De todo le tenía. Pero cuando me iba metiendo al metro, un joven, que no tenía pinta de ladrón, porque andaba bien vestido, se me acerca y me quita todo. Todo. Mi cartera y todas las bolsas. De asustada me puse a gritar, pero nunca llegaron los Carabineros. Al final llegué a mi casa con la pura “Tarjeta Bip” que llevaba en el bolsillo”.
Logo
“Compre todo ahora, porque ahora ya es mañana y mañana ya va a ser pasado. Si no compra todo, seguro lo compra otro y después seguro se lamentará… todo tiene logo”. Así dice la canción de Kevin Johansen llamada “Logo”. La cual representa muy bien lo que se puede observar en el Barrio Patronato. Hay poleras por montones que lucen deslavados estampados imitando a las grandes marcas o tratando de imponer un aire chic a un peto de $1.900 con el logotipo “Dior”. Venden calcetines que dicen “Sadidas” el descaro es tan grande que da entre risa y pena, sobretodo porque hay que gente que paga el monto por tener aquel artículo.
Aquella belleza que tanto quiero encontrar parece infinitamente lejana. Ni siquiera tiene un aire exótico por la presencia de los comerciantes árabes, cuyos antepasados llegaron a este país a fines de siglo XIX y que gracias a su empuje como negociadores transformaron a
Palabras al cierre
Con la sensación de haber repetido el mismo camino muchas veces se empieza a hacer tediosa la caminata. No hay una tensión ni un enganche atractivo que permita continuar el viaje. Todo se parece demasiado a lo ya visto. De vuelta por las mismas calles. Atravesando la calle Patronato por última vez, Recoleta como comuna tiene su nicho superficial. No tendrá la majestuosidad o la evidente historia del Cementerio General, pero reúne los vicios de esta sociedad sumida en la masa y el consumo. Y aunque no sea arquitectónicamente atrayente, como fenómeno sociológico es muy interesante.El recorrido termina con una sola conclusión. Es un círculo repetitivo en cuanto a presencia y que sólo por el tono de las ropas y los gritos de los vendedores, este barrio tiene vida y color. Pero lo que creí que encontraría, nunca apareció. No hay una cultura escondida. No hay edificios memorables porque han sido tapados con la publicidad de los negocios y se pierden en el tono grisáceo y helado de la ciudad. Pero quizás no importa tanto porque es otro su valor, son miles los movimientos que llevan a cabo en estas calles. Son múltiples las experiencias que podemos desterrar del silencio. El intercambio entre el dinero, el consumo, echar raíces y sobrevivir son los testimonios que posiblemente quedarán.
Solo su pasado convierte a este barrio en una reliquia. Aunque ni ella ni yo, la asumamos como tal.







Esta aprendiz de periodista se las trae. No está escribiendo artículos de muy buen nivel. ¡Hasta con epígrafe y bajada de título! Aprendan atinadores.
Pero lo más interesante que destaco es una mirada nueva que nos hace re-conocer algunos lugares tradicionales de nuestra capital ante los cuales no nos detenemos para observar su variopinta riqueza.
Ayer nos regaló una mirada positiva de nuestra Plaza de Armas y ahora nos revela un mundo que bulle en el enjambre humano de Patronato.
Hay que detenerse a leer a esta chiquilla, en medio de tanto Transantiago, política y entuertos varios, aquí hay un oasis de reflexión y descripción de nuestros propios barrios.
Un aporte.
prof. Benedicto González Vargas
Educación y Pedablogía para el siglo XXI