
En Chile, pareciera subestimarse y a veces, detestarse al intelectual, al que trabaja con ideas, al creador de paradigmas, al que proyecta y concibe significados nuevos, al creativo, en ultima instancia.
Siempre he pensado que los argentinos, que leen mas que nosotros y tienen mas curiosidad intelectual, son mas locuaces, comunicativos, informados y cultos, porque tienen un discurso ideologico mas rico y mejor nivel educacional. Valoran lo intelectual y tienen una cultura del dialogo callejero. Por algo, su futbol tiene mucho mas ideas, que el nuestro.
Asi como conversamos menos, nos hemos convertido en un pais de operadores en que lo que importa es hacer tareas funcionales y ser proactivo, o sea, ejecutor. Casi esta prohibido pensar, cuestionar, discutir, debatir y plantear ideas. Quien lo hace es considerado, casi un inútil. Por algo, al conductor de una grua, se le paga mejor que a un profesor universitario de filosofia.
Como arquitecto siempre he luchado por fundamentar que la concepción arquitectónica de una edificación, o sea su construccion ideologica tiene un valor intrinseco, e incluso tiene mas redituo comercial y calidad cuando se ejecuta un buen diseño de sus espacios. Sin embargo, esa ideación -lo mas importante de un edificio- no tiene verdadero valor para la mayoria de las personas. He visto que el chileno, prefiere gastarse, lo que no tiene, en la materialidad de su casa, pero no acepta pagar un precio justo, por lo que vale un proyecto de arquitectura. Total, lo puede copiar de alguna parte.
Lo peor, es que al ideologo, al pensador, al creador no se le cree. Se desconfia. Incluso he visto a personas que confian mas en un maestro chasquilla, que en un arquitecto, para decidir la resolucion de un detalle constructivo, o la eleccion del color de la cocina.
VALORAR LA CREACION
Al respecto, los arquitectos envidiamos a los pintores por el control exclusivo de su obra. El reclamo de la obra arquitectonica transgredida, una y otra vez, es el acto cotidiano, que sufrimos quienes hacemos arquitectura. Los penquistas, no le hacen caso a los arquitectos. No saben apreciarlos y no le sacan mas partido. Por eso, la ciudad no se caracteriza por su esteticidad y calidad arquitectonica : detras de una buena obra arquitectonica, siempre hay un buen dialogo, una buena sociedad arquitecto-mandante, construida con respeto, valoración y libertad.
Como vivimos en una sociedad de consumo, una obra arquitectónica es visto como un objeto adquirido, e involucra a su mandante sentirse dueño de hacer lo que se quiera, de ella.
Jorge Labarca, un muy buen arquitecto hoy dedicado a la píntura abandono la arquitectura por el desarrollo del arte puro, en parte por las constantes transgresiones a su obra, que como buen esteta lo hacia sufrir. No soporto que sus obras arquitectonicas fueran tan transgredidas y alteradas.
Todo esto viene de un rasgo cultural ancestral : No valorar las ideas y el talento en su valor intrinseco. Por ello, ser creativo, inventor o intelectual en este pais tiene mucho de quijotismo, como si la intangibilidad de las ideas, esa cosa eterea fuera producto de un ser intangible, etereo. Esa levedad de la idea, no tiene precio, y por tanto, es puro amor al arte.
LA IDEA COMO PRODUCTO
En las elites, el valor de las ideas, se aprecia, porque eso significa valor agregado, conocimiento, un plus de calidad con resultados economicos visibles, pero en los ambitos de mandos medios – lease ciudades de provincia- solo vale el hadware, no el software. Mas vale tener bienes tangibles, que ideas. El recurso humano es algo intercambiable, casi sin valor. No cuenta.
Para crear conocimiento, hay que empezar por valorar las ideas, y al que sabe construirlas. Al respecto, la clave parece ser crear la necesidad de valorar la generacion de ideas.
Fernando Flores, dentro de toda su retorica, dice que para que una idea tenga valor economico, debe convertirse en un producto necesario de consumir, ojala con avidez. Dentro de esa logica, toda creación y trasmisión de ideas, puede ser un producto de consumo, en la medida que sea imperioso para alguien.
La cosa difícil es lograr inquietar, y despertar esa avidez. Es ir contra una inercia ancestral de no saborear la inquietud por saber mas, incluso por su uso practico.
Sin embargo, valorar las ideas, enriquece la vida, y se aprovechan mejor los recursos, todo es mas lucido, estamos mas conciente de lo que nos sucede, estamos mas vivos, porque la información y el conocimiento, eleva el nivel de las cosas, y construye calidad existencial. Es la base del progreso del hombre.
Todo empieza por un trafico conceptual : hasta Dios el Gran Creador, en un principio, tuvo una idea para hacer el universo.
GSCH
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