
Me miro en el espejo y no veo mi rostro.
He desaparecido: el espejo es mi rostro.
Me he desaparecido;
Porque de tanto verme en este espejo roto
he perdido el sentido de mi rostro
o, de tanto contarlo, se me ha vuelto infinito
o la nada que en él, como en todas las cosas,
se ocultaba, lo oculta,
la nada que está en todo como el sol en la noche
y soy mi propia ausencia frente a un espejo roto.
Poemas de este tiempo y de otro. Ediciones Renovación 1955 Santiago.
En este poema Enrique Lihn edifica un hablante que dialoga con su interioridad,
el carácter enunciativo es de un yo que en principio se oculta, no presenta
rasgos de personalidad más allá de las pistas que el título da, al aludir a la
figura de Narciso, eterno efebo enamorado de sí mismo, de su reflejo en las
aguas cristalinas, sin embargo de forma sutil y gradual la voz poética va
despojándose de su pudor y desnuda de manera escalonada una confesión por medio
de verbos pronominales y pronombres reflexivos, deícticos que remiten al mismo hablante,
capaz de ser caracterizado por hallarse sumido en un proceso autoreflexivo de
erosión y tachamiento de su identidad, víctima de una actividad vouyerista
dirigida hacia su propia persona, este proceder cobra matices simbólicos y
metafóricos pues el hablante contrario a sus deseos, se topa con un resultado
desfavorable ante cada intento de autocontemplación. Al mirarse se ve empujado
al fracaso o la contradicción, producto de la degradación que su ser
experimenta. Esto se percibe desde los primeros versos: Me miro esperando
algo y no lo veo. No estoy y en mi lugar sólo encuentro un objeto inerte,
aquello que debía reflejarme, la cosa me he reemplazado. (Podemos
entender esto de manera literal) Sin embargo no hay que tomarlo tan a la
ligera. Es factible pensar que el hablante auto contemplativo, sumido en este
juego de mirarse, se decepciona como dice el título, a causa de la vejez,
debido a la inminencia de la muerte y aquel vacío insondable producto del paso
del tiempo, en otras palabras, el hablante esta en ciernes de ser suplantado
por la nada, esto se refuerza con lo que expresan los versos finales:
o la nada que en él, como en todas las cosas,
se ocultaba, lo oculta,
De manera que la nada oculta, presente en todo como condición inherente a la
existencia en su completitud, ha comenzado a actuar sobre el hablante, ha
estrechado sus brazos sobre su persona, por tanto la espera para él ha
terminado, el lapso ineludible está por cumplirse
la nada que está en todo como el sol en la noche
Por ello, como fin de todo, la condición latente de extinción debe ser asumida
con desesperación pues está al acecho del rostro del hablante, de su identidad,
de su ser, y es en ese reconocimiento consciente, al tomar la nada el cariz de
verdad absoluta; que el lector puede gracias a la percepción desplegada por la
voz, indagar en su propia situación desde su particular punto de vista.
Pragmáticamente el conflicto presentado por el poema se torna universal, y
mientras que para el yo poético la situación comienza a concretizarse, el
receptor confronta la verdad como interrogante, como posibilidad ante la cual
puede medir su distancia cognoscitiva y espiritual, lo cual le da al texto
ribetes trascendentes.
Estas afirmaciones se visualizan en el último verso del poema Lihneano
y soy mi propia ausencia frente a un espejo roto.
Verso que no sólo en su sentido general sino que en su construcción lingüística
comprende de manera subyacente el concepto más general de metáfora: Si
entendemos este tropo o figura retórica como la presencia de una ausencia,
ausencia que el yo del poema por su parte, confronta paradójicamente ante la
presencia de un objeto o de un yo en el cual el yo inicial o primigenio no se
reconoce, podemos por tanto apreciar allí la metaforización, esta dinámica de
auto confrontación se vuelve una mecánica que lleva implícita una verdad
indeterminada o indeterminable. En un sentido más profundo, la existencia del
ser ante la proxémica de la nada, de la muerte, se revela por completo como una
metáfora y en esa medida como una verdad del tipo descubrimiento/desvelamiento
opuesto a una verdad totalitaria y cerrada. Estamos ante una verdad que no
cumple la función de adecuación o coherencia, su resultado por ello, conlleva
la idea de que al conocer, enfrentamos un proceso dinámico porque la adecuación
entre lo conocido sobre los hechos y los hechos mismos es susceptible de no
estar definitivamente clausurado. Lo cual en última medida, es consecuente con
la idea de nada, bajo la cual Lihn somete a su Narciso. De la confrontación del
hablante consigo mismo y en consecuencia con el fin, surge la muerte como
imposibilidad posible, clausura del ser indeterminada, irreductible y
desconocida, en gran medida ininteligible, pues no podemos considerar un
concepto univoco de lo que será el termino de la vida para cada uno y todos.
Por ello ese espejo roto, indefinible, múltiple, es polisémico a causa de
las miles de imágenes que se reflejan en cada una de sus partes, el yo sigue
presente, pero no aquel yo al que estaba acostumbrado a mirar, aquel que solía
conocer, es otro o muchos yoes y tiende a confundirse con el objeto, con la
mirada al infinito, con el vació imposible de sintetizar.
De cualquier modo La Vejez de Narciso según Lihn no se agota en este primer
análisis, es importante destacar que la observación de los despojos o
remanentes del ser a través de la auto contemplación y las implicancias
metafísicas expuestas vía el mismo proceso, el hablante las experimenta debido
a un acto material, somático y sensible, quizá uno de los mas importantes del
ser humano, la mirada, tópico existencial y fenomenológico presente en otras
creaciones del autor. La mirada como acto, pretende a grandes rasgos percibir
sensorial y cualitativamente a las demás existencias, por tanto las relaciones
que se producen debido a su ejecución van más allá de lo sensible pues
constituyen un apercibimiento de todo lo que esta fuera de mi, todo lo que no
soy y que de una u otra manera, en su carácter de externo me es oponible y me
afecta, al ser el hombre una realidad dotada de consciencia. De modo que en el
poema la problemática expuesta va de un hacer a un ser y viceversa por ello la
mirada y todo lo que el hablante experimenta con ella, su propio
reconocimiento, su posterior erosión, el desgaste producto del acto mismo de
auto observarse, de sobre analizarse deviene en una fragmentación y agotamiento
del yo, es un acto que se realiza ad infinitud.
Porque de tanto verme en este espejo roto
he perdido el sentido de mi rostro
o, de tanto contarlo, se me ha vuelto infinito
La idea del espejo por tanto juega un papel simbólico, representa el constante
proceso de repetirse en la mirada auto dirigida, la cual termina por provocar
una escisión e hibridación, lo cual en el poema, físicamente se puede extender
por analogía a la vejez del vanidoso Narciso en la medida que la cercanía con
la muerte también provoca una escisión, el espejo se rompe y la muerte por su
parte divide al ser, lo fragmenta y lo indetermina, lo cual en términos de
Lihn, nos lleva a extender semánticamente el par conceptual espejo / vejez como
significantes de fragmentación y connotatividad, asimilándolo de inmediato al
proceso mismo de escritura, por tanto Narciso puede ser con facilidad visto
como el poeta, si atendemos a los conceptos de poesía que maneja el autor en lo
amplio de su obra.
sin la esperanza ni el propósito de influir sobre el curso de las cosas
el poema es un rito solitario
relacionado en lo esencial con la muerte. (Para ningún destinatario)
El espejo roto asimilable a la proximidad con la muerte, provoca efectos como
la indeterminación, la connotatividad, la fragmentación del ser y su proyección
al infinito, sin olvidar claro lo más importante, la observación, la mirada de
la propia identidad y el desdoblamiento, la autorreflexión y por ende la
comprensión desde el yo de lo externo, efectos que también son apreciables en
la poesía, por ello Narciso y su espejo son símbolos egregios de la creación,
podríamos decir entonces que Narciso por medio de su poesía está condenado a
mirarse, condenado a escribir y ser. Esto se respalda con la práctica del mismo
Lihn; en el poema Porque escribí, el autor amalgama libremente a la idea de
crear con la presencia de la muerte y expone la escritura como un medio de
vencerla, de arrebató y rebeldía dentro de lo que nuestra precariedad abismante
permite.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos
Por tanto, el poema Vejez de Narciso no debe en su interpretación ser reducido
a la mera realidad del observador que muere o se agota, o abandonar el sentido
en los explícitos caracteres del ser mitológico que se torna objeto de su
hacer, pasando a convertirse en lo observado, victima de una dialéctica de la
cosificación. Narciso en definitiva por su proximidad con la muerte, por su
espejo y creación (mimesis podrían decir algunos), es también una verdad
metaforizada e irreductible, una experiencia meta poética, auto reflexiva, un
ser que sintetiza en su actuar el proceder del creador de la palabra, atrapado
en su obsesiva labor de leer y recrear al mundo desde su continuo percibir
poético, como dice Lihn invocando a los eternos maestros de la juglaría, a los
eternos Narcisos, a los dolientes que miran robándole algunos secretos a la
nada:
Ah, poetas, no bastaría arrodillarse bajo el látigo
ni leernos, en castigo, por una eternidad los unos a los otros.
En cambio estamos condenados a escribir, y a dolernos del ocio que conlleva
este
paseo de hormigas
esta cosa de nada y para nada fatigosa como el álgebra
Autor: Daniel Rojas Pachas
Publicado en: la Santísima Trinidad
de las cuatro Esquinas



















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