Jaime Valdes

La misión de la escuela y los cambios en la familia

Como sabemos, niños y niñas adquieren en el espacio familiar lo que se denomina la "socialización primaria", aprendiendo habilidades fundamentales como hablar, asearse, vestirse, comer, obedecer a los mayores, compartir con terceros, participar en juegos, distinguir pautas de lo que está mal o bien, etc. Desde ahí, se forma la base sólida, de aprendizajes elementales, sobre los cuales construirán, más tarde, aprendizajes más complejos. Posteriormente, la presencia de las figuras parentales, se va constituyendo en una dimensión orientadora fundamental en el crecimiento de los(as) jóvenes adolescentes. Jaime Valdés Rector Colegio Altamira www.jaimevaldes.cl Todos intuimos que los niños más felices no son los niños mimados o sobreprotegidos, sino aquellos que viven en un ambiente lleno de afectividad, sin barreras excluyentes, de respeto y aceptación, donde no existe afán de poder, notoriedad o lucro, donde se tolera el error, donde se supone que lo más importante es el cariño, la responsabilidad y el humor. Un ambiente que funciona por la vía del ejemplo y la ternura, más que por los discursos. Y eso que se aprende bien en la familia perdura toda la vida. Cualquiera de ustedes lo ha experimentado. Sin embargo, ¿qué está ocurriendo hoy en la sociedad actual, y que vemos cotidianamente en la escuela o el colegio? ¿Qué ocurre en este mundo de inestabilidad laboral estructural, en el cual papá y mamá trabajan durante extensas jornadas, o donde muchas veces es la mamá sola teniendo todo el peso de la crianza, mantención y cuidado de sus hijos? Constatamos, desde la experiencia, que muchos de esos niños, niñas y jóvenes, al pasar solos ciertas horas del día, experimentan la necesidad de contar con otro tipo de relaciones de apego, con personas que estén cerca, les pongan límites y cuiden, además de otorgar refugio e intimidad, funciones hasta ahora exclusivas de la familia. Cada vez más, padres y madres sienten incertidumbre porque no pueden dedicarles más tiempo a sus hijos e hijas, se sienten culpables y se desaniman frente a las tareas formativas, mostrando luego su malestar porque el colegio falla en sus labores (a veces, con fundamento), imputando a profesores de ser responsables del fracaso escolar de sus hijos, la disciplina, la falta de autoridad, el desapego ante el estudio o ante el valor que implica la convivencia. Por otra parte, profesores y terapeutas, explican que la responsabilidad es de los padres. El peligro que esto tiene es la configuración de dos "bandos", que desconfíen entre sí, se descalifiquen o no colaboren, perjudicando con ello al ser que nos interesa criar y educar. Bandos que son ciegos a un cambio de época que requiere de una reflexión mayor y de acciones integradas. Porque ocurre que la familia, al atravesar por estas transformaciones respecto de lo que era su función tradicional, comienza a demandar nuevas tareas a la escuela, que sin sustituir a los padres, pueda colaborar más integralmente en la crianza de los hijos. Es con lo que nos encontramos en la práctica cuando muchos apoderados(as) llegan buscando un tipo de ayuda ante profesores y profesoras que han ido asumiendo, imperceptible y sutilmente, roles paternos, maternos, terapéuticos, trabajadores sociales y docentes, complejizando las funciones especificas de enseñar. Una recomendación a las madres, padres y apoderados con hijos e hijas en edad escolar es que construyan vínculos de confianza perdurables con maestros y maestras.
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Gabriela Villarroel S.
dijo : Mi estimado Jaime, muy buen tema el que planteas y me trae varias preguntas en mi rol tanto de madre como de educadora. Creo que el camino va por no disociar nuestros mundos, somos padres la mayoría de los que trabajamos en este maravilloso mundo de la educación, por lo tanto formamos parte de ambos "bandos" y ahí está la clave, podemos unir estos dos mundos aparentemente lejanos, poniéndonos ambas camisetas, conversando de manera abierta y franca con los padres para convertirnos en socios en esta "empresa", pues nosotros también estamos pasando por esta vorágine, posibilidad de pérdida de trabajo, poco tiempo de calidad para compartir en familia, cansancio, estrés y tantas otras dificultades. Claramente esto es más complejo que sólo hacer clases y tal como lo planteas, implica asumir otros papeles de manera activa y responsable (no sólo con los más jóvenes, pues en mi experiencia con adultos te puedo decir que pasan cosas parecidas) De esta manera no dejaremos de lado a nuestro "cliente" más importante, nuestros alumnos, pero esto también requiere más apoyo hacia los profesores, el que permita manejar más herramientas destinadas a navegar en esta nueva forma de educar. Saludos, Gabriela
08/10/2005 a las 19:38
Benedicto González Vargas
dijo : Me parece, Jaime, que tu sugerencia relativa a construir vínculos perdurables de confianza no sólo es pertinente, sino que es el único modo de enfrentar las a veces difíciles relaciones de padres y apoderados con la escuela. Hay varios fenómenos, además, que complejizan las dificultades que tú describes. Por ejemplo, está el poco educativo ambiente de la televisión que, al pasar los niños varias horas solos, viene a ser una compañía que de manera muy fuerte promueve valores y actitudes que no son siempre muy educativas o que dan equívocos mensajes a los jóvenes. Por otra parte, está la marcada connotación sexual que adquiere todo a través de la publicidad audiovisual o impresa, este mismo medio, internet, es fácil depósito de cuanta aberración sexual se pueda imaginar y la ausencia de los padres no permite a muchos jóvenes entender las diferencias entre lo normal y lo enfermizo. Debes agregar que esta generación tiene, a diferencia de la nuestra, que luchar contra la tentación de la droga y el alcohol en cada esquina, fácil forma de evadir los problemas o sacar "patente de grande". La escuela no lo hace mejor tampoco. Los estresados docentes y anquilosados directivos que no entienden el mundo actual (no te incluyo, eres de los que atinan) confunden más a los niños al poner los acentos en trivialidades y no conectarse con ellos a fondo para darles la única enseñanza que sirve para el futuro: valores sólidos y habilidades para aprender. Los padres, en todo caso, no están excentos de errores. Se entiende lo del trabajo, lo de la escacez de la tiempo, lo de la tensión, pero es inexcusable que vean al colegio como una guardería barata (o gratis, o segura) y al personal que allí labora como la materialización de lo que ellos debieran ser. Cuántas veces me he encontrado con apoderados pidiéndome que les enseñe como tratar a sus hijos en las casas, rogándome que yo imponga los límites y tome las decisiones difíciles que ellos no son capaces de enfrentar (he visto comunicaciones de padres que firman cualquier cosa, por no poder negarse ante sus hijos, mienten incluso para avalar irresponsabilidades o se inculpan de cosas que nunca hicieron). Ante tal pusilánime actitud, sólo me resta decirles, con una sonrisa que suavice mis palabras: ¡pero si yo tengo 40 ó 45, tú en tu casa tienes a este no mas (o dos o tres)! A los padres hay que enseñarles también. Hay que hacerles ver las cosas con claridad meridiana, sin enfrentarlos como enemigos (no sabes a cuántos colegas he visto hacer eso...!). Hay que tener firmeza, pero no dureza, para hacerles notar sus propias faltas a este trabajo mancomunado de enseñar. Un apoderado así tratado, es una persona agradecida del docente y de la Institución. Por otra parte, es importante que las instituciones sean coherentes en su trabajo. ¡Cuánta incoherencia se ve a diario! Las corporaciones municipales, por ejemplo, exigen a sus docentes resultados académicos para exhibir, altos rendimientos en SIMCE y PSU, pero no tienen libertad para implementar proyectos, no pueden definir los perfiles de alumnos, no pueden atender lo social o afectivo sino está primero asentado lo académico, pero si alguien se queja de ello; ¡la culpa es del profesor o del colegio! Creo firmemente que se deben repensar las relaciones con los apoderados, que se debe establecer un nexo más fuerte, basado en la confianza, el respeto y el conocimiento mutuo, donde cada parte haga lo suyo y donde la comunicación fluya rápida, eficiente y transparentemente. ¿Cuántos docentes se quejan de apoderados que no asisten nunca? Son varios. Tal vez no pase en tu colegio, pero pasa en la mayoría. En estos tiempos tan globalizados que haya padres que son un misterio para los profesores es una paradoja nefasta. Ojalá las experiencias exitosas en esta área puedan ser comentadas a menudo, porque has tocado un tema altamente deficitario en nuestra estructura escolar. Gracias por tu tiempo, Benedicto Andrés
08/10/2005 a las 22:07
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