Articulo extraido de Revista Discovery salud - (http://www.dsalud.com/numero76_3.htm)
La respuesta al
cáncer está probablemente en el propio sistema inmune, entrenado desde hace
millones de años para afrontar cualquier enfermedad. Una capacidad que se
transmite a través de los denominados factores de transferencia presentes en el
calostro de la leche materna y que son los que permiten al recién nacido
afrontar un entorno adverso precisamente cuando es más débil. Pues bien, dos
corrientes científicas están trabajando con ellos como herramienta en el
tratamiento del cáncer y otras patologías. La más consolidada científicamente
es la que los obtiene de los glóbulos blancos de la sangre y cuenta ya con
experiencia clínica positiva en pacientes de cáncer. A ella se une la
prometedora investigación de ciertos laboratorios nutricionales que apuestan
por obtener los factores de transferencia del calostro de la leche de vaca.
La gran mayoría de los tratamientos alternativos y complementarios contra el
cáncer presentados por esta revista en los últimos meses tienen un factor
común: afrontan la enfermedad mediante el uso de sustancias o procedimientos
encaminados a potenciar el sistema inmune y mejorar así su rendimiento frente a
las células tumorales con un coste físico y anímico infinitamente menor del que
suponen la quimioterapia y la radioterapia. Porque todos ellos podrían
considerarse bazas del sistema inmune en la lucha contra el cáncer.
Que el sistema inmunitario permite no sólo afrontar cualquier patología sino en
muchos casos prevenirlas lo sabemos desde que se descubrió que podemos
inmunizarnos mediante el uso de vacunas. Fue en 1776 cuando un médico inglés
llamado Edward Jenner administró
la primera: contra la viruela. Jenner había observado que las amas de cría que
se contagiaban de la viruela de las vacas -que no causa problemas de salud
importantes- parecían quedar protegidas ante la viruela humana -normalmente
mortal-. Y para comprobar si era así el 14 de mayo de 1796 inoculó en el cuerpo
de un niño llamado James Phipps pus
procedente de la pústula de una mujer infectada con la viruela de la vaca. El 1
de junio, una vez el muchacho se recuperó de la infección, Jenner le inocularía
la viruela humana. Y como esperaba, el muchacho nunca desarrolló la enfermedad.
Jenner denominaría a su técnica "vacunación", término que
deriva precisamente de la palabra latina "vacca".
Es decir, que sin tener ni idea de cómo ocurría -la primera referencia a la
existencia de los virus la hizo el botánico Dimitri Ivanovsky casi un siglo después, en 1892- Edward Jenner
había dado los primeros pasos en el ámbito de
Curiosamente la conexión entre el cáncer y el sistema inmune se descubriría dos
años antes -en 1890- cuando aún se ignoraban sus complicados mecanismos de
funcionamiento. Ese año el médico neoyorquino William B. Coley se había quedado intrigado ante la desaparición
de tumores malignos en pacientes de cáncer que habían contraído infecciones
estreptocócicas agudas y sospechando que la respuesta natural del organismo a
la infección bacteriana podía ser la responsable de la regresión del tumor
decidió realizar un experimento e inyectó estreptococos vivos en un paciente
con un cáncer inoperable para ver si el tumor remitía. Pues bien, tras tres
cultivos bacterianos... el cuarto ¡produjo la desaparición completa del tumor!
Coley continuó su investigación hasta desarrollar una mezcla de bacterias
muertas -que acabó siendo conocida como "las toxinas de Coley"- y
trató, junto a otros médicos, a más de 1.000 enfermos de cáncer con ellas.
Obteniendo un éxito desigual. Así que como los resultados eran imprevisibles el
método terapéutico terminaría cayendo en el olvido.
Ya en 1909 un científico llamado Paul
Ehrlich afirmó por primera vez que la incidencia del cáncer sería mucho
mayor si no fuera por la vigilancia del sistema inmune, capaz de eliminar e
identificar las células tumorales recién divididas. Con lo que ya entonces puso
a nuestro sistema de defensa en el centro del control del crecimiento tumoral.
Aproximadamente 50 años después dos científicos -Lewis Thomas y Frank
MacFarlane Burnet- retomarían la convicción de Paul Ehrlich y
comunicaron que un tipo especial de célula inmunitaria -la "célula
T"- era el pivote central de la respuesta del sistema inmune contra el
cáncer. Ello llevó a la acuñación de la expresión "vigilancia
inmune" para describir la actitud permanente de alerta del sistema
inmunitario contra las células cancerosas. Sin embargo, esa afirmación generó
una notable polémica que continuaría hasta la publicación el 26 de abril del
2001 de una investigación en la revista Nature titulada "IFN-gamma
y los linfocitos previenen el desarrollo del tumor primario y configuran la
inmunogenicidad del tumor". El artículo estaba escrito por Robert D. Schreiber y sus colegas de
Como era de prever hoy son cada vez más los científicos que estudian la
relación entre el sistema inmune y las células tumorales. Estando entre las
estrategias más usadas actualmente dentro del amplio campo experimental de
Por
esa razón la vacunación con antígenos que expresen proteínas y péptidos
tumorales podría mejorar la eficacia de nuestro sistema inmune contra los
procesos tumorales. Recordemos, en este sentido, las vacunas con antígenos de
la orina elaboradas por el doctor mexicano Salvador Capistrán (vea lo
publicado al respecto en el apartado "Cáncer" de
nuestra web).
Bueno, pues a esa línea de investigación
corresponden los trabajos realizados con los factores de transferencia de los
que vamos a hablar y que pueden ser genéricos o específicos para cada
patología.
LA
"MEMORIA" DEL SISTEMA INMUNE
En 1949 el
doctor H. Sherwood Lawrence usó
extractos de leucocitos o glóbulos blancos para demostrar que la respuesta
inmune se transfiere de un humano que da positivo a la exposición a un antígeno
específico a un receptor que da negativo... a través de pequeñas proteínas a
las que llamó factores de transferencia. La irritación superficial (la
respuesta positiva) en el sujeto que previamente no había manifestado ninguna
respuesta del sistema inmune ante el antígeno específico demostraba que ésta sí
estaba teniendo lugar y que el sistema inmune había adquirido a través del
factor de transferencia conocimiento sobre el antígeno específico. Lo
importante de la investigación de Lawrence fue que demostró que la
"memoria inmune" era transmitida sin necesidad de inocular
anticuerpos reales. Bastaba con los factores de transferencia, proteínas
de bajo peso molecular.
Por supuesto, todavía hay quienes niegan hoy la realidad de los factores de
transferencia. Aunque no es, desde luego, el caso de quienes trabajan con
ellos. Como el doctor Sergio Estrada
-investigador del Departamento de Inmunología de
Llegados a este punto hay que explicar que los factores de transferencia son
cadenas peptídicas compuestas de decenas de aminoácidos que parecen almacenar
toda la experiencia del sistema inmune. El gran salto intelectual es entender
que los factores de transferencia no transfieren anticuerpos ni los
crean directamente sino que su función es la de educar, enseñar a las
células del sistema inmune a reconocer antígenos específicos que pudieran
pasarles inadvertidos. Por eso es por lo que probablemente la medicina
alopática tiene problemas para admitir su existencia y sus posibilidades
terapéuticas. Se trata, en suma, de una visión completamente distinta de los
modelos farmacológicos normales.
Cabe añadir que los factores de transferencia no curan nada sino que
trabajan para hacer al sistema inmune "más inteligente", para que sea
el propio organismo el que pueda eliminar la enfermedad. Son pues vitales en el
desarrollo de las estrategias del sistema inmune contra la enfermedad y los
gérmenes invasores. Y son además inmunomoduladores ya que no fuerzan una
respuesta global sino específica y adecuada a cada ocasión.
Para entender su funcionamiento puede decirse que es como si los factores de
transferencia almacenaran "fotografías químicas" de los virus,
bacterias, hongos y parásitos con los que estuvieron en contacto en el propio
organismo o en el de otros y transmiten esa información a las células
encargadas de combatir la enfermedad en el organismo donde son introducidos.
Y sus posibilidades son casi infinitas a juzgar por las declaraciones
efectuadas por el doctor Estrada: "Los factores de transferencia son
útiles en las enfermedades producidas por bacterias, virus, levaduras y hongos.
Es el caso de enfermedades tan distintas como la tuberculosis (meningeal, renal
y cutánea), la lepra, la coccidioidomicosis, la diabetes tipo II, las dolencias
renales, la otitis, el herpes Zoster y simple, la hepatitis B, la toxoplasmosis,
la leishmaniosi, el asma, la dermatitis atópica, la rinitis, la artritis
reumatoide, la psoriasis, la esclerosis múltiple o el sjogren, entre otras
muchas. Y lo mismo cabe decir en los casos de cáncer de riñón y próstata así
como en melanomas y linfomas."
LOS FACTORES DE TRANSFERENCIA EN SANGRE
¿Y dónde
obtener los factores de transferencia? El doctor Estrada ha centrado su
trabajo en la obtención de los mismos a partir de la sangre. "Se
obtienen -nos explicaría- rompiendo los glóbulos blancos o leucocitos de
la sangre y metiendo lo obtenido en una bolsa de diálisis con una malla muy
fina que sólo permite la salida de moléculas muy pequeñas -de 10 kilodaltones o
menores- por lo que no pueden pasar virus, bacterias u hongos. Pues bien, el
extracto de leucocitos obtenido contiene un factor capaz de transmitir la
respuesta inmune positiva del donante al organismo receptor. Tal es el factor
de transferencia y tiene una actividad terapéutica extraordinaria,
innegable".
Sergio Estrada reconoce que cuando comenzó a trabajar con los factores de
transferencia lo hizo de forma muy escéptica porque no se sabía qué eran
aunque fuera muy consciente de su actividad terapéutica. De ahí que fuera
utilizándolos cada vez en más enfermedades con la tranquilidad de saber que se
trata de un material inocuo.
En cuanto al proceso de obtención Estrada lo fue depurando hasta pasar de factores
de transferencia genéricos obtenidos a partir de la sangre de 1.000
pacientes sanos a factores de transferencia más específicos que, eso sí,
precisan de procesos más complejos. "Ya existen -nos diría- moléculas
bien definidas que transfieren la inmunidad específica. Son moléculas que
tienen un peso molecular de cinco mil daltones o cinco kilodaltones (Kda). Y
cada una de ellas es específica para un microorganismo o para un antígeno
diferente. Eso nos asegura el éxito de la terapia en enfermedades infecciosas.
Hay que dar a los pacientes el factor específico para cada padecimiento si bien
hay padecimientos que son prácticamente universales como el herpes Zoster que
proviene de una complicación de la varicela.
Pero
es el mismo virus. Bueno, pues cuando de niños pillamos la varicela la pasamos
sin complicaciones y además nos deja una inmunidad sólida que se va reforzando
cada vez que tenemos nuevos encuentros con el virus de la varicela. De tal
manera que los jóvenes en México, que son los que donan sangre, tienen casi
todos inmunidad a la varicela. También por eso es un éxito el tratamiento con
factor de transferencia en el herpes Zoster. No hay nada que se le compare. Hoy
el tratamiento médico habitual para esta dolencia es el 'aciclovir' pero le
aseguro que el factor de transferencia es mucho mejor.
En un estudio que
hicimos a doble ciego y que se publicó en el 'Journal of Inmunofarmacology' los
pacientes tratados con el factor de transferencia dejaban de tener dolor a los
diez días mientras los tratados con aciclovir padecían aún fuertes dolores a
los 22. Lo que demuestra, de forma estrictamente estadística, que es mucho
mejor el factor de transferencia en este padecimiento".
LOS FACTORES
DE TRANSFERENCIA EN EL TRATAMIENTO DEL CÁNCER
Los éxitos
obtenidos por Sergio Estrada llevarían a un amigo suyo, el doctor Abelardo Monges Nicolau -especialista
en Oncología del Hospital Mocel-, a probar los factores de
transferencia en pacientes de cáncer. Algo que viene haciendo desde hace ya
diez años. "La verdad es que estoy impresionado con los resultados
-nos confesó-. Básicamente los utilizo como método coadyuvante de la
quimioterapia y debo decir que la expectativa de vida -en todo tipo de cánceres
y metástasis- es muy superior a la obtenida con la simple aplicación de los
métodos convencionales". A pesar de lo cual la falta de fondos -mal al
parecer estructural en México donde hemos visto prometedoras investigaciones
que no ven nunca la luz por falta de apoyo económico- ha imposibilitado hasta
el momento -así nos lo confesaría Monges- la realización de los caros estudios
exigidos para la obtención del reconocimiento oficial.
El doctor Estrada nos aseguraría, por su parte, que en países como China los factores
de transferencia son ampliamente utilizados para combatir enfermedades
virales como las hepatitis B y C que pueden ocasionar hepatocarcinomas o
cirrosis. En ese país el porcentaje de personas con el virus de la hepatitis
que no presentan sintomatología es muy alto lo que sugiere que su sistema
inmune es capaz de detener la acción del virus. Por eso con la sangre de esas
personas se hace un extracto dializable de glóbulos blancos que se administra a
los niños como "vacuna" con el propósito de que no desarrollen la
hepatitis aún cuando se infecten con el virus. También se utilizan en Cuba,
Eslovaquia e Italia con un costo muy por debajo del que requiere, por ejemplo,
el tratamiento con interferón.
Y esa es su tercera ventaja: es fácil de obtener, no tiene efectos secundarios
y su costo de producción es muy bajo en comparación con otros productos como
los interferones y las interleuquinas. Lo que claramente beneficiaría a los
enfermos, especialmente en el Tercer Mundo. "Para el tratamiento de un
linfoma -afirma Estrada- las células B tienen en su superficie un grupo
químico que se llama CD20 y hay un anticuerpo monoclonal capaz de adherirse a
él que permite eliminar las células cancerosas. El problema es que cada
inyección cuesta 1.800 euros y se requieren varias por lo que muchos pacientes
no puedan terminar el tratamiento. Las nuevas terapias puede por tanto que sean
mejores pero cada vez son más caras e inaccesibles. En cambio, el factor de transferencia
es un inmunomodulador al alcance de todo el mundo, mucho más fácil de preparar
y extraordinariamente más barato".
EL CALOSTRO
La otra
línea de investigación -encabezada por grandes laboratorios especializados en
complementos nutricionales- sostiene que los factores de transferencia es
posible obtenerlos también del calostro de la leche -tanto humana como animal-,
muy rica en proteínas, entre ellas todas las inmunoglobulinas (anticuerpos que
defienden el organismo contra las infecciones). Y es que parece claro que la
memoria inmune le llega al recién nacido a través del calostro, la primera
leche que obtiene del pecho de la madre. Hoy sabemos que durante el último
trimestre de la gestación la glándula mamaria acumula una sustancia llamada
precalostro formada principalmente por exudado de plasma, células,
inmunoglobulinas, lactoferrina, seroalbúmina, sodio, cloro y una pequeña
cantidad de lactosa. Más tarde, en los cuatro primeros días posteriores al
parto, se produce el calostro, un fluido amarillento y espeso de alta densidad
y escaso volumen. Entre 2 y 20 ml por toma, suficiente para satisfacer las
necesidades del recién nacido. Y eso que el calostro tiene menos contenido
energético, lactosa, lípidos, glucosa, urea, vitaminas hidrosolubles, PTH y
nucleótidos que la leche madura. Sin embargo, contiene más proteínas, ácido
siálico, vitaminas liposolubles E, A, K y carotenos. El contenido en minerales
como sodio, zinc, hierro, azufre, selenio, manganeso y potasio también es
superior en el calostro.
Pero, sobre todo, el calostro tiene un
contenido muy elevado de inmunoglobulinas, especialmente IgA, lactoferrina,
linfocitos y macrófagos, oligosacáridos, citoquinas y otros agentes defensivos
que protegen a los recién nacidos de los gérmenes ambientales y favorecen la
maduración de su sistema de defensa. Contiene además enzimas intestinales que
ayudan en la digestión (la lactasa y otras enzimas intestinales están inmaduras
en el recién nacido). Sus abundantes inmunoglobulinas cubren el endotelio del
tubo digestivo evitando la adherencia de los patógenos, facilita la
colonización del tracto intestinal por lactobacilos bífidus y contiene
antioxidantes que le protegen del daño oxidativo. De todo ello se deduce la
importancia fundamental que tiene para un recién nacido empezar su vida tomando
el calostro de su madre.
Estudios realizados en animales sugieren asimismo que la lactoferrina -una de
las proteínas principales encontradas en el calostro- puede ayudar a prevenir o
reducir los cánceres de colon, vejiga, lengua, esófago y pulmón así como la
formación de metástasis de pulmón. Los mecanismos subyacentes están bajo
estudio pero parecen estar relacionados con la capacidad de la lactoferrina
para mejorar el funcionamiento del sistema inmune. Cabe agregar que el ácido
linoleico conjugado y otras grasas encontradas en el calostro también han
mostrado propiedades anticancerígenas.
Y en los países escandinavos se ha hecho
durante centenares de años un delicioso puding de calostro cubierto de miel
para celebrar el nacimiento de terneros. Incluso fue utilizado en Estados
Unidos como antibiótico hasta el descubrimiento de la penicilina.
En suma, numerosas investigaciones han confirmado en los últimos años la
posibilidad de beneficiarse del calostro animal -principalmente de las vacas-
para reforzar el sistema inmune. Y de ahí que haya muchos complementos
nutricionales que hoy lo contienen.
Ahora bien, hubo alguien que llegó aún más lejos y se planteó que ni siquiera
la gran cantidad de sustancias del calostro era suficiente para justificar el
salto cualitativo que se da en el sistema inmune del bebé. Que faltaba saber
cómo sin traspasar anticuerpos la madre transmite la memoria inmune a su hijo.
Y de nuevo los factores de transferencia de Lawrence fueron la respuesta.
Con lo que investigadores y laboratorios
se apresuraron a extraer calostro de las vacas, hicieron una intensa filtración
molecular y terminaron encontrando una molécula muy pequeña: el factor de
transferencia. Y se decidieron a comercializarlos como complementos
nutricionales de consumo oral.
PRUEBAS AMERICANAS Y
RUSAS
Debemos
añadir que una de las investigaciones más interesantes sobre la capacidad de
estos productos fue la dirigida por el doctor Darryl See quien fuera director del Institute of Longevity
Medicine de California y que trabajó en distintas ocasiones para Upjohn,
Pfizer, Harvard y el Departamento de Defensa norteamericano. En la
actualidad dirige una clínica en la que aplica los factores de transferencia
a los pacientes de cáncer. El estudio tenía por fin determinar los efectos
anticancerígenos "in vitro" de dos productos con Factoresde
Transferencia. Y su conclusión no pudo ser mas clara. "Ambos
productos -afirmó- inducen la destrucción de las células
eritroleucémicas K562 a un nivel desconocido en la experiencia del director de
la investigación y en la literatura médica conocida. Dado que la función de las
denominadas células asesinas naturales es crucial para terminar con las células
cancerígenas estos productos son candidatos ideales para formar parte de una
terapia adyuvante en casos de cáncer. Además las células asesinas naturales
forman una primera línea de defensa contra las infecciones de virus y otros
microorganismos".
Darryl See publicaría en febrero de 1999 una investigación en el Journal of
the American Nutraceutical Association en el que estudiaba la capacidad de
196 productos naturales y no tóxicos para aumentar la actividad de las células
asesinas naturales. Pues bien, algunos productos aumentaron su actividad en un
48% pero el factor de transferencia obtenido del calostro lo hizo en un 103%.
Además, cuando el factor de transferencia fue combinado con una serie de
agentes tímicos -los beta-glucanos de fuentes múltiples, Acemanano e IP6- el
resultado fue un incremento sinergístico de la actividad de las células
asesinas naturales del 248%. Esta combinación de factor de transferencia
calostral, factores tímicos y extractos de polisacáridos biológicamente activos
es el producto más activo probado hasta la fecha.
En una tercera etapa Darryl See realizó un estudio "in vivo" para lo
que seleccionó veinte pacientes -12 hombres y 8 mujeres- que padecían cánceres
en fases III y IV. Su media de edad era de 49 años y todos ellos habían sido
enviados por sus oncólogos a morir a casa. La esperanza media de vida que
tenían era de
¡en un 400%!
En la misma línea de intentar confirmar la capacidad de los factores de
transferencia los doctores Calvin
McCausland y Emma Oganova
diseñaron un estudio para probar su influencia en la actividad de las células
asesinas naturales. También el doctor Anatoli
Vorobiev -de
Los científicos rusos, ante resultados
tan excepcionales, solicitaron de inmediato mayor información sobre las
muestras aportadas. "La muestra (compuesto Transfer Factor E-XF)
potenció la actividad de las células asesinas naturales más que el fármaco
Interleucina-2 (IL2) utilizado de manera estándar. Aquí denominamos ahora a su
muestra 'la interleucina de oro'", transmitiría el doctor Kisielevsky -miembro de
De hecho, los resultados han sido tan extraordinarios que en diciembre
pasado el Ministerio de Salud ruso aprobó el uso de sus factores de
transferencia como moduladores inmunitarios en hospitales y clínicas de la
federación. Los resultados de los diez ensayos clínicos y dos estudios
experimentales efectuados sobre estos productos quedaron plasmados en el
documento metodológico aprobado por el ministerio que permite a los doctores
utilizarlos en su práctica clínica.
Evidentemente queda mucho por avanzar en
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