San Alberto Hurtado
Enviado por Renato Hevia el 24/10/2005 a las 7:11
Etiquetas: Espiritualidad | Regiones Región Metropolitana
Alberto Hurtado fue un hombre extraordinario. Por su fe en Dios, en primer lugar, porque se dejó transformar por ella y fue un testimonio formidable de la fuerza que es capaz de adquirir un cristiano que se identifica tan plenamente con Jesucristo. Y extraordinario también por la lucidez, coraje y amplitud de su acción solidaria.
No sólo fue lúcido para intuir que el problema de Chile no era fundamentalmente económico, social o político, sino humano; y que en la raíz de los problemas de todo orden había una actitud de egoísmo, de intolerancia, de indolencia enormes. Fue lúcido también en ver que la miseria no era algo natural, sino que tenía causas bien claras y responsables concretos, a quienes denunció con coraje: "Los injustos ignoran la fuerza de la justicia. Se creen poderosos cuando basta que encuentren un solo hombre justo, para que todos sus planes sean descubier-tos. Apenas encuentran un grupo de justos, deben batirse en retirada, pactar, o al menos tomar la máscara de la justicia...". Pero no le bastaba con denunciar. Incitaba a la acción, una acción eficaz para superar los egoísmos y el mal social.
por Renato Hevia
Especial para Atina Chile
Particularmente fuerte fue su postura frente a lo que hoy llamaríamos capitalismo sal-vaje: "El capitalismo cree poseer todos los derechos. LA JUSTICIA NO PARECE ESTAR SINO DE SU LADO" ... "Tiene tal conciencia de ser el orden, que se ima-gina que la Iglesia no puede estar sino de su lado. Que se afirme tranquilamente delante de él los derechos del hombre, nada lo molesta más. Pero esta afirmación no basta. Es necesario organizar a los hombres para que resistan...". ¡Esto parece la proclama de un revolucionario!
En mayo de 1948, en las Semanas Sociales organizadas por la Universidad Católica, su voz se irguió profética y hasta terrible: "Un desorden profundo existe en las estructuras mismas de la sociedad... Mientras la vida en su contextura mis-ma no sea moral, toda reforma está condenada al fracaso... UNA SOCIEDAD QUE NO RESPETA AL DEBIL CONTRA EL FUERTE, al trabajador contra el es-peculador, que no puede reajustarse constantemente para repartir las utilidades y el trabajo entre todos, no permite al hombre corriente una vida moral. TAL SOCIEDAD ESTA EN PECADO MORTAL. No basta llamar a algunos amigos de buena voluntad para ponerlos en vías de solucionar algunos problemas: HAY QUE CAMBIAR LOS CUADROS SOCIALES. Podemos multiplicarnos cuanto quere-mos, pero no podemos dar abasto a tanta obra de caridad como se necesita. No tenemos bastante pan para los pobres, ni bastantes vestidos para los cesantes, ni bastante tiempo para todas las diligencias que hay que hacer. Nuestra misericordia NO BASTA, PORQUE ESTE MUNDO ESTA BASADO SOBRE LA INJUSTICIA"
Este hombre invitaba a "pensar en grande". Decía: "Algunos te dirán: ¡Cuidado con el orgullo...! ¿Por qué pensar tan grande? Pero no hay peligro: mientras mayor es la tarea, más chico se siente uno. Vale más tener la humildad de em-prender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito achicándose". Ese "pensar en grande" lo llevó a ver que los problemas del país no terminarían con soluciones de parche, porque había que ir a su raíz profun-da. "Nos damos cuenta, poco a poco, de que nuestro mundo necesita ser rehecho, que nuestra sociedad materialista no tiene vigor bastante para levantarse, que las conciencias han perdido el sentido del deber... Con claridad meridiana aparece que si queremos una acción benéfica, hay que atacar en primer lugar la reforma misma de la estructura social, para hacerla moral. No podemos aceptar una socie-dad en que todo esfuerzo de generosidad, de abnegación tenga que dirigirse a socorrer a seres miserables. Dándole a la sociedad una estructura adaptada al hombre, a sus dimensiones reales, las miserias serán menos frecuentes".
San Alberto Hurtado no fue sólo el sacerdote bonachón que recogía niños del Mapocho. Fue un santo luminoso, que quería que el amor de Dios llegara en forma concreta a las mismísimas estructuras de esta sociedad.
1 Alvaro Lavín, S.J., Alberto Hurtado, Su Espiritualidad, p. 251 2 Entrevista a un reportero de Ercilla, citada por A. Magnet, El Padre Hurtado, p. 203. Subrayado en el texto original. 3 Alvaro Lavín, S.J., o.c., p. 249. 4 Alvaro Lavín, La Vocación Social del P. Hurtado, Santiago, Chile, 1978, p. 99 5 Citado por Juan Ochagavía, en Alberto Hurtado, su personalidad espiritual, Cuadernos de Espiri-tualidad, mayo-junio 1994, p. 36. 6 Citado por Jaime Castellón, Padre Alberto Hurtado, S.J., Su Espiritualidad, Editorial Don Bosco, S.A. Santiago, Chile, 1998, p. 121.
No sólo fue lúcido para intuir que el problema de Chile no era fundamentalmente económico, social o político, sino humano; y que en la raíz de los problemas de todo orden había una actitud de egoísmo, de intolerancia, de indolencia enormes. Fue lúcido también en ver que la miseria no era algo natural, sino que tenía causas bien claras y responsables concretos, a quienes denunció con coraje: "Los injustos ignoran la fuerza de la justicia. Se creen poderosos cuando basta que encuentren un solo hombre justo, para que todos sus planes sean descubier-tos. Apenas encuentran un grupo de justos, deben batirse en retirada, pactar, o al menos tomar la máscara de la justicia...". Pero no le bastaba con denunciar. Incitaba a la acción, una acción eficaz para superar los egoísmos y el mal social.
por Renato Hevia
Especial para Atina Chile
Particularmente fuerte fue su postura frente a lo que hoy llamaríamos capitalismo sal-vaje: "El capitalismo cree poseer todos los derechos. LA JUSTICIA NO PARECE ESTAR SINO DE SU LADO" ... "Tiene tal conciencia de ser el orden, que se ima-gina que la Iglesia no puede estar sino de su lado. Que se afirme tranquilamente delante de él los derechos del hombre, nada lo molesta más. Pero esta afirmación no basta. Es necesario organizar a los hombres para que resistan...". ¡Esto parece la proclama de un revolucionario!
En mayo de 1948, en las Semanas Sociales organizadas por la Universidad Católica, su voz se irguió profética y hasta terrible: "Un desorden profundo existe en las estructuras mismas de la sociedad... Mientras la vida en su contextura mis-ma no sea moral, toda reforma está condenada al fracaso... UNA SOCIEDAD QUE NO RESPETA AL DEBIL CONTRA EL FUERTE, al trabajador contra el es-peculador, que no puede reajustarse constantemente para repartir las utilidades y el trabajo entre todos, no permite al hombre corriente una vida moral. TAL SOCIEDAD ESTA EN PECADO MORTAL. No basta llamar a algunos amigos de buena voluntad para ponerlos en vías de solucionar algunos problemas: HAY QUE CAMBIAR LOS CUADROS SOCIALES. Podemos multiplicarnos cuanto quere-mos, pero no podemos dar abasto a tanta obra de caridad como se necesita. No tenemos bastante pan para los pobres, ni bastantes vestidos para los cesantes, ni bastante tiempo para todas las diligencias que hay que hacer. Nuestra misericordia NO BASTA, PORQUE ESTE MUNDO ESTA BASADO SOBRE LA INJUSTICIA"
Este hombre invitaba a "pensar en grande". Decía: "Algunos te dirán: ¡Cuidado con el orgullo...! ¿Por qué pensar tan grande? Pero no hay peligro: mientras mayor es la tarea, más chico se siente uno. Vale más tener la humildad de em-prender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito achicándose". Ese "pensar en grande" lo llevó a ver que los problemas del país no terminarían con soluciones de parche, porque había que ir a su raíz profun-da. "Nos damos cuenta, poco a poco, de que nuestro mundo necesita ser rehecho, que nuestra sociedad materialista no tiene vigor bastante para levantarse, que las conciencias han perdido el sentido del deber... Con claridad meridiana aparece que si queremos una acción benéfica, hay que atacar en primer lugar la reforma misma de la estructura social, para hacerla moral. No podemos aceptar una socie-dad en que todo esfuerzo de generosidad, de abnegación tenga que dirigirse a socorrer a seres miserables. Dándole a la sociedad una estructura adaptada al hombre, a sus dimensiones reales, las miserias serán menos frecuentes".
San Alberto Hurtado no fue sólo el sacerdote bonachón que recogía niños del Mapocho. Fue un santo luminoso, que quería que el amor de Dios llegara en forma concreta a las mismísimas estructuras de esta sociedad.

1 Alvaro Lavín, S.J., Alberto Hurtado, Su Espiritualidad, p. 251 2 Entrevista a un reportero de Ercilla, citada por A. Magnet, El Padre Hurtado, p. 203. Subrayado en el texto original. 3 Alvaro Lavín, S.J., o.c., p. 249. 4 Alvaro Lavín, La Vocación Social del P. Hurtado, Santiago, Chile, 1978, p. 99 5 Citado por Juan Ochagavía, en Alberto Hurtado, su personalidad espiritual, Cuadernos de Espiri-tualidad, mayo-junio 1994, p. 36. 6 Citado por Jaime Castellón, Padre Alberto Hurtado, S.J., Su Espiritualidad, Editorial Don Bosco, S.A. Santiago, Chile, 1998, p. 121.
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