El Viejo Pascuero
La última
vez que dormí bajo un techo digno fue hace cinco años, cuando derribé a mi
cuñado con un derechazo a la mandíbula. Fue un golpe seco, preciso que retumbó
por el departamento como estallido de calefón. El combo lanzó a Javier
contra la muralla y luego cayó al piso con un par de dientes menos. Era la
primera vez que usaba el gancho contra un familiar, antes había demostrado mis
habilidades pugilísticas en los bares cuando un borracho se propasaba con
alguna amiga, debiendo actuar como lo haría cualquier caballero. No soy un tipo
violento. No sé pelear, pero curiosamente Dios me dotó de una especial fuerza
en el puño. Con tan sólo un garrotazo sobre la mejilla de otra persona, la
brega se acababa. Sin esa facultad, jamás hubiera sobrevivido ni un día en la
calle. Por suerte soy un noqueador de primera y por ello soy respetado dentro
de este mundo al cual ingresé luego del incidente.
- Eres un vago, un bueno para nada, un
cafiche de mierda, eres un loco igual tu madre-. Gritó Javier descontrolado,
lanzando el almuerzo por los aires. El arroz cayó el la cabeza de mi hermana.
Eso me enfureció. Javier es un tipo tranquilo, mesurado, cerebral y no tiende a
ser violento, pero ese día estaba hecho un monstruo. Si hay algo que no puedo
ver en la vida es ver llorar a Martita, eso me torna un Hulk. Desde muy pequeño
siempre la defendí de los insultos de sus compañeras o de sus novios al
dejarla, estos gallos se ganaban una buena pateadura gentileza del ex cuñado.
Javier no fue la excepción. No recuerdo muy bien la escena, poseo un destello
de imágenes en blanco y negro donde me veo saltando sobre la mesa, lanzando el
puño hacia atrás e impactando la mandíbula de Javier. Recuerdo la sensación de
dureza en la mano al tocar el hueso con los nudillos y las dos vueltas que dio
el cuerpo del vencido antes de chocar contra la pared. Otra imagen que jamás he
olvidado es la de las dos piezas dentales volando por el aire y la sangre en el
piso que derramaba la boca del marido de martita.
Salí corriendo de la casa y me perdí en la ciudad.
Estaba con lo puesto. Mi madre había sido llevada a un hospital psiquiátrico,
mi padre estaba muerto y mi única tía había fallecido producto de un cáncer
intestinal. Solo en el mundo me sentí aquella tarde. Fui al paseo Bulnes a
llorar un rato. No podía parar de hacerlo. Sin trabajo, sin futuro, sin
destino, mi única opción era vivir en la calle, como un pordiosero cualquiera.
He
cambiado muchísimo. Tengo el cabello largo, desgreñado, sucio, una barba espesa
que me llega al pecho y he perdido un par de dientes producto de la higiene,
pero no me importa, o al menos creía que no me importaba hasta hoy, al mirarme
al espejo después de cinco años y notar lo envejecido que estoy producto de las
riñas, la mala alimentación, el mal sueño – no falta el vago que te quiere
robar tu lugar, la comida o los cabezas rapadas que sienten que eres un estorbo
para su mundo idílico-.
Quisiera
retomar mi paso en el lugar que lo dejé, pero ya es tarde. Estoy condenado a
ser un puto vagabundo que sobrevive a expensas del mundo, de los que trabajan,
de los que me dan una moneda con la cual he comprado este cuaderno donde retomo
mi actividad literaria, mis cuentos he historias contando lo que me sucedió
hace media década atrás y el hecho que me acaba de ocurrir hace una hora atrás.
Caminaba por en centro de Santiago, dando vueltas por
Ahumada y me senté en la esquina de Agustina con Huérfanos. Ese lugar lo había
ganado luego de golpear a unos viejos que pedían monedas ahí. Ese sitio era
perfecto para conseguir unos pesos. La gente, afuera de las iglesias, se siente
más caritativa. No escatiman en darte unos pesos por lástima porque Dios ha
sensibilizado sus corazones. Generalmente me hago unas diez lucas ahí, lo que
me da dinero suficiente para comprar algo bueno para comer y un vino de mejor
calidad que el que consumo a diario. Después de juntar la cuota, me compré una
pizza familiar y mi acostumbrada caja de Merlot. Partí a comer a mi “casa”, el
paseo Bulnes, me acomodé en una banca mientras devoraba la pizza, miré algunas
personas que pasaban raudas sin siquiera fijarse en mí- ya me he acostumbrado a
que la gente me ignore porque les recuerdo la decadencia o a los que ellos
podrían llegar a ser- . Justo frente a
- Hola, cómo estás- dije. En principio el pequeño no
respondió- acaso te comieron la lengua los ratones.
- mi mami me dice que no hable con extraños.
- Qué bien te ha enseñado, tú mami, pero tú sabes
dónde está ella- el niño meneó la cabeza para señalarme de manera negativa. Era
obvio que se había perdido.
- ven, no tengas miedo… yo no soy un extraño, soy el
viejito pascuero- el rostro del niño se alegró y gritó, viejito y me dio un
fuerte abrazo. Luego comentó.
- pero viejito, por que tay tan hediondo y con esa
ropa tan fea.- No había notado mi olor. Hace dos semanas que no me duchaba y mi
ropa eran andrajos, desde que me fui de casa de mi hermana que no tenía nada
decente que ponerme. Todo había quedado allá, mi vida pasada en el absoluto
abandono… por suerte mi mente seguía rápida y saqué una respuesta a gran velocidad.
- Sucede que estoy en misión secreta, con esta ropa y
olor, los niños no se dan cuenta que los vigilo, así sé si se portan bien o
mal… te has portado bien, David- no sé por qué razón dije ese nombre, fue el
primero que se me vino a la mente.
- Sabes mi nombre… de verdad eres el viejito
pascuero- quedé estupefacto. Por alguna extraña razón sabía el nombre del
muchacho, aunque al mirarlo por segunda vez, me pareció conocido. Su risa me
recordaba a alguien, no sabía a quién, pero me lo recordaba causando una
tranquilidad que no sentía hace años.
- Ven- le dije- vamos a buscar a un Carabinero para
que nos ayude. El niño me tomó de la mano, nos reímos. Le compré una bebida y
unos dulces. Luego de dos cuadras llegamos a la caseta de seguridad ciudadana.
Le hablé sobre la situación del pequeño, el cual sabía su nombre y este llamó a
carabineros. Quise retirarme del sitio. Había hecho mi buena acción del día,
pero con tan sólo irme, David se ponía a llorar. No me quedó otro camino que
aguardar la llegada de su progenitora.
Emma Gutiérrez, ingeniero agrónoma
teléfono: XXXXXXXX







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Me ha entretenido bastante de principio a fin, como logras relatar, y expresar las diferentes anécdotas, dando vuelta en ocaciones el texto para sorprendernos
cariños
Ainhoa Olazaran
Bien raro su nombre, me recordó a susana cecilia del Japening.
Gracias por los elogios y pido disculpas porque no lo he corregido. todavía puede ser mejor.
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No me hubise imaginado nunca tal comparación
que tengas un lindo dia :)
Ainhoa Olazaran
La comparación no va por el personaje sino la pronunciacion, es lo que me parece, ja ja ja.
buen nombre en todo caso
saludos
Va por la pronunciación, jajaja, rarísima, jajaja.
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Diego por este recuerdo. Luego leeré el relato mientras disfruto de Janis que me da mucha nostalgia. Muchas veces pienso que si pudiera elegir cuando nacer hubiera sido 10 años antes, en California , 1950. Ahora tendría 59 y sería un hippie pegao pero con much cuento.
mrclo.
también me hubiera gustado ser uno
ATTE
DVF
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esta historia es preciosa, es tuya no? es preciosa.
iiiuuufff todavia me dejás con esa sensación-
Besitoooosssss
Soy un prospecto de escritor, querida luly. jaja
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