degolando

El Viejo Pascuero

La última vez que dormí bajo un techo digno fue hace cinco años, cuando derribé a mi cuñado con un derechazo a la mandíbula. Fue un golpe seco, preciso que retumbó por  el departamento como estallido de calefón. El combo lanzó a Javier contra la muralla y luego cayó al piso con un par de dientes menos. Era la primera vez que usaba el gancho contra un familiar, antes había demostrado mis habilidades pugilísticas en los bares cuando un borracho se propasaba con alguna amiga, debiendo actuar como lo haría cualquier caballero. No soy un tipo violento. No sé pelear, pero curiosamente Dios me dotó de una especial fuerza en el puño. Con tan sólo un garrotazo sobre la mejilla de otra persona, la brega se acababa. Sin esa facultad, jamás hubiera sobrevivido ni un día en la calle. Por suerte soy un noqueador de primera y por ello soy respetado dentro de este mundo al cual ingresé luego del incidente.  

Minutos antes de quedarme sin hogar, tuve una discusión con el marido de mi hermana. Todo comenzó de manera estúpida, tan tonta que debo hacer un esfuerzo para no reír de mi desgracia. La verdad es que no puedo parar al recordar el “problemita” de Javier. En ese instante no sabía del drama de la pareja que me cobijaba. Parecían feliz, perfectos como familia de comercial de dentífrico- salvo que no eran rubios-.  Tenía una buena situación económica- él era ingeniero civil, ella profesora del departamento de física de la Universidad de Santiago- lo que les permitía llegar a fin de mes sin el sobresalto de la familia chilena media. Al llegar a casa tipo siete de la tarde, el matrimonio pasaba abrazado, haciéndose arrumaco y cariño, los cuales  de cierta manera extrañaba. Por aquellos días acababa de salir de terminar con Emma, la mujer de mi vida. A pesar de todo la amaba, pero ya no había caso. El asunto estaba muerto. Yo lo había matado con mi infidelidad, junto con un par de mentiras… eso no viene al caso aún.   

Si hubiera sabido aquel problema, probablemente, mi vida sería otra. Hubiera podido acabar mi carrera, tener plata, haberme casado o en su defecto haber iniciado una carrera literaria. Lamentablemente, me enteré de la situación tarde cuando mi ironía me jugó una broma macabra. Ese día estábamos almorzando comida china. Como yo estaba sin poner un peso- no había hallado empleo por culpa de la estúpida crisis-  me dedicaba a las labores del hogar. Lavaba platos, limpiaba pisos, hacía las camas, etc. En el fondo era un buen negocio para los tres. Ellos se ahorraban la nana y yo tenía para comer, estudiar y trabajar. Ese domingo de la comida China, nadie quería cocinar. Javier compró carne mongoliana, arroz, wantanes y un par de arrollados. Tiramos un par de bromas, nos reímos- manteníamos una relación cordial- y de pronto digo la frase para el bronce:

- Javier, no encuentras que la carne está media lacia… igual que el tuyo- el rostro del ingeniero se descontroló. Sus ojos crecieron y se llenaron de sangre, su pecho se agitaba a causa de la respiración y mi hermana entró en llanto…  

Detrás de toda gran felicidad se esconde un secreto. Nada es perfecto y en el caso de la pareja, su  problema era la sexualidad. Ambos no hacían el amor durante meses. Mi pariente político sufría de una disfunción eréctil severa. Ni el viagra era capaz de levantar aquel muerto, dejando ganosa a mi pobre hermana quien debía conformarse, literalmente, con un dedo.

 - Eres  un vago, un bueno para nada, un cafiche de mierda, eres un loco igual tu madre-. Gritó Javier descontrolado, lanzando el almuerzo por los aires. El arroz cayó el la cabeza de mi hermana. Eso me enfureció. Javier es un tipo tranquilo, mesurado, cerebral y no tiende a ser violento, pero ese día estaba hecho un monstruo. Si hay algo que no puedo ver en la vida es ver llorar a Martita, eso me torna un Hulk. Desde muy pequeño siempre la defendí de los insultos de sus compañeras o de sus novios al dejarla, estos gallos se ganaban una buena pateadura gentileza del ex cuñado. Javier no fue la excepción. No recuerdo muy bien la escena, poseo un destello de imágenes en blanco y negro donde me veo saltando sobre la mesa, lanzando el puño hacia atrás e impactando la mandíbula de Javier. Recuerdo la sensación de dureza en la mano al tocar el hueso con los nudillos y las dos vueltas que dio el cuerpo del vencido antes de chocar contra la pared. Otra imagen que jamás he olvidado es la de las dos piezas dentales volando por el aire y la sangre en el piso que derramaba la boca del marido de martita.

 

Salí corriendo de la casa y me perdí en la ciudad. Estaba con lo puesto. Mi madre había sido llevada a un hospital psiquiátrico, mi padre estaba muerto y mi única tía había fallecido producto de un cáncer intestinal. Solo en el mundo me sentí aquella tarde. Fui al paseo Bulnes a llorar un rato. No podía parar de hacerlo. Sin trabajo, sin futuro, sin destino, mi única opción era vivir en la calle, como un pordiosero cualquiera.

A medida que pasaban las horas, me fui calmando. La brisa de la tarde fue dándome nuevos bríos, aquel viento suave mecía mi cuerpo dándome consuelo y una sensación de libertad que jamás había sentido. Era libre de hacer lo que quisiera, a la hora que quisiera. Ya no existían las preocupaciones del trabajo, los estudios, la responsabilidad de formar una familia a quien mantener. Estaba yo, acompañado de la ciudad, el mundo me cabía en una mano. No pertenecía al sistema, mi sueño desde los quince años. Así pasaron cinco años desde que estoy acá, durmiendo donde me da la gana, comiendo gracias a la caridad del ejercito de salvación y paseando por las avenidas de una ciudad maldita, pero la cual amo con profundidad. 

He cambiado muchísimo. Tengo el cabello largo, desgreñado, sucio, una barba espesa que me llega al pecho y he perdido un par de dientes producto de la higiene, pero no me importa, o al menos creía que no me importaba hasta hoy, al mirarme al espejo después de cinco años y notar lo envejecido que estoy producto de las riñas, la mala alimentación, el mal sueño – no falta el vago que te quiere robar tu lugar, la comida o los cabezas rapadas que sienten que eres un estorbo para su mundo idílico-.

Quisiera retomar mi paso en el lugar que lo dejé, pero ya es tarde. Estoy condenado a ser un puto vagabundo que sobrevive a expensas del mundo, de los que trabajan, de los que me dan una moneda con la cual he comprado este cuaderno donde retomo mi actividad literaria, mis cuentos he historias contando lo que me sucedió hace media década atrás y el hecho que me acaba de ocurrir hace una hora atrás.

Caminaba por en centro de Santiago, dando vueltas por Ahumada y me senté en la esquina de Agustina con Huérfanos. Ese lugar lo había ganado luego de golpear a unos viejos que pedían monedas ahí. Ese sitio era perfecto para conseguir unos pesos. La gente, afuera de las iglesias, se siente más caritativa. No escatiman en darte unos pesos por lástima porque Dios ha sensibilizado sus corazones. Generalmente me hago unas diez lucas ahí, lo que me da dinero suficiente para comprar algo bueno para comer y un vino de mejor calidad que el que consumo a diario. Después de juntar la cuota, me compré una pizza familiar y mi acostumbrada caja de Merlot. Partí a comer a mi “casa”, el paseo Bulnes, me acomodé en una banca mientras devoraba la pizza, miré algunas personas que pasaban raudas sin siquiera fijarse en mí- ya me he acostumbrado a que la gente me ignore porque les recuerdo la decadencia o a los que ellos podrían llegar a ser- . Justo frente a la Estatua de Pedro Aguirre Cerda, veo a un niño de unos tres o cuatro años totalmente desorientado. Era un muchacho muy encantador a primera vista. Tenía la piel mate, ojos cafés, una nariz grande, el cabello castaño, muy claro que con el sol adquiría matices rojizos. El pobre chico se sentó en el piso y se puso a llorar. De seguro se había perdido y sus padres debieron estar desesperados buscándolo. Por ese extraño sentido de solidaridad que te da la calle, fui donde el muchacho y le hablé.

- Hola, cómo estás- dije. En principio el pequeño no respondió-  acaso te comieron la lengua los ratones.

- mi mami me dice que no hable con extraños.

- Qué bien te ha enseñado, tú mami, pero tú sabes dónde está ella- el niño meneó la cabeza para señalarme de manera negativa. Era obvio que se había perdido.

- ven, no tengas miedo… yo no soy un extraño, soy el viejito pascuero- el rostro del niño se alegró y gritó, viejito y me dio un fuerte abrazo. Luego comentó.

- pero viejito, por que tay tan hediondo y con esa ropa tan fea.- No había notado mi olor. Hace dos semanas que no me duchaba y mi ropa eran andrajos, desde que me fui de casa de mi hermana que no tenía nada decente que ponerme. Todo había quedado allá, mi vida pasada en el absoluto abandono… por suerte mi mente seguía rápida y saqué una respuesta a gran velocidad.

- Sucede que estoy en misión secreta, con esta ropa y olor, los niños no se dan cuenta que los vigilo, así sé si se portan bien o mal… te has portado bien, David- no sé por qué razón dije ese nombre, fue el primero que se me vino a la mente.

 

- Sabes mi nombre… de verdad eres el viejito pascuero- quedé estupefacto. Por alguna extraña razón sabía el nombre del muchacho, aunque al mirarlo por segunda vez, me pareció conocido. Su risa me recordaba a alguien, no sabía a quién, pero me lo recordaba causando una tranquilidad que no sentía hace años.

- Ven- le dije- vamos a buscar a un Carabinero para que nos ayude. El niño me tomó de la mano, nos reímos. Le compré una bebida y unos dulces. Luego de dos cuadras llegamos a la caseta de seguridad ciudadana. Le hablé sobre la situación del pequeño, el cual sabía su nombre y este llamó a carabineros. Quise retirarme del sitio. Había hecho mi buena acción del día, pero con tan sólo irme, David se ponía a llorar. No me quedó otro camino que aguardar la llegada de su progenitora.

- Mamá- dijo David cuando saltó a sus brazos. 

Al verla ingresar por el pórtico de la garita casi me morí. Era una mujer delgada con cintura de huevo, ojos cafés grandes. Al igual que su hijo tenía una nariz grande,  pero estilizada, el cabello castaño con tonos rojizos. Mis piernas tiritaron al verla llegar… era Emma mi  ex –polola. Estaba igual como la recordaba, sin embargo, la maternidad le había dado una belleza nueva, una luz que carecía cuando la conocí hace seis años. La calle me había hecho olvidarla, pero al reaparecer de manera improvisa, sentí en mi estómago las mismas cosquillas de esa primera vez, cuando nos juntamos en las afuera de su trabajo y nos abrazamos y nos besamos casi sin siquiera conocernos. Fueron tantas cosas las que pasó ella conmigo y ella fiel a mi lado a pesar de mis insultos, de mis constantes cambios de humor, ella aguantó estoica lo que más pudo hasta conocer mi engaño y la mentira. Ella me abandonó- con justa razón- y desde aquel punto mi vida jamás volvió a ser la misma, la calle me había transformado en otro, en un ser capaz de matar por un trozo de pan duro.

- El viejito pascuero me salvó mamá, el viejito. Ahí está, ahí está mamá- ella soltó al niño y caminó hacia donde estaba. Yo no lograba moverme. Sus brazos me rodearon como lo hacía antes y me apretó firme contra su cuerpo, otra vez lo sentía a mi lado, volví oler su aroma y escuchar su voz. Tuve ganas de llorar, de besarla, sin embargo me contuve. Emma tenía una vida, una familia  a la cual proteger, yo era un pobre y triste miserable sin hogar ni techo. Me alegré por ella se lo merecía. Era una gran mujer la cual me farreé  por mi estupidez inherente. Gracias a Dios mi daño no fue perpetuo.

Ella entre sollozos me decía al oído- gracias señor, muchas gracias- por suerte no me había reconocido. Hubiera sido una vergüenza para mí. Como pude la solté.- sin saberlo había metido un billete de cinco mil pesos en mi bolsillo, con el cual compré este cuaderno azul y un lápiz pasta. Ese capital era el único que disponía Emma porque le gustaba pagar con tarjeta de crédito- de su bolsillo extrajo un papel y  luego habló:

- Sí usted necesita algo, aquí tiene mi tarjeta. Si necesita empleo, comida, un techo donde dormir, mi casa es su casa-  miré la tarjeta con su nombre

 

Emma Gutiérrez, ingeniero agrónoma

teléfono: XXXXXXXX

La rompí delante de sus ojos. Ella se sorprendió. No tenía derecho a participar de su felicidad, además era peligroso para su familia. Pensé que aquel muchacho pudo haber sido mi hijo y lo grandiosa que hubiera sido mi vida a su lado. Saqué mis dotes actorales, le hice un guiño a David y sonreí diciendo:

- Señora, no se preocupe… soy el viejito pascuero.

 

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Ainhoa Olazaran
dijo :

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Me ha entretenido bastante de principio a fin, como logras relatar, y expresar las diferentes anécdotas, dando vuelta en ocaciones el texto para sorprendernos

  cariños

Ainhoa Olazaran

28/04/2009 a las 13:41
Ainhoa Olazaran
dijo :

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No me hubise imaginado nunca tal comparación

 que tengas un lindo dia :)

Ainhoa Olazaran

29/04/2009 a las 11:17
marcelo almarza barros
marcelo almarza barros dijo :

La comparación no va por el personaje sino la pronunciacion, es lo que me parece, ja ja ja.

buen nombre en todo caso

saludos

29/04/2009 a las 12:01
marcelo almarza barros
marcelo almarza barros dijo :

Diego por este recuerdo. Luego leeré el relato mientras disfruto de Janis que me da mucha nostalgia. Muchas veces pienso que si pudiera elegir cuando nacer hubiera sido 10 años antes, en California , 1950. Ahora tendría 59 y sería un hippie pegao pero con much cuento.

mrclo.

28/04/2009 a las 14:49
Celeste
dijo :

esta historia es preciosa, es tuya  no? es preciosa.

iiiuuufff todavia me dejás con esa sensación-

Besitoooosssss

28/04/2009 a las 18:21
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