La toma de decisiones es uno de los comportamientos más complejos

Recientes investigaciones muestran
que, contrario a lo esperado, la que manda en este proceso no es la razón, sino
las emociones.
Está parado frente al mostrador y la muchacha de delantal y
gorro lo mira demandante, con la cuchara en una mano y el barquillo envuelto en
servilleta en la otra. Detrás, la gente comienza a inquietarse, pero usted no
despega la vista de la galería de sabores. Vainilla o chocolate. Frambuesa o
frutilla. ¿Y qué pasa si se arriesga esta vez con ese helado de rosa
mosqueta?
Las decisiones son parte crucial de
la vida. De todos
los días. Las hay así de nimias, pero también determinantes para la existencia
¿Me caso? ¿Me separo? ¿Doy el salto y me cambio de trabajo?
Son uno de los comportamientos
más complejos del ser humano y por ende, todo un misterio para los
científicos. Sin embargo, con las nuevas tecnologías esperan abrir el cerebro
cuán caja negra de un avión y desentrañar cómo funciona la compleja red
neuronal al momento de optar.
Es una tarea en la que ya se han
embarcado y todos los hallazgos apuntan a que la tradición platónica y
cartesiana, que por siglos ha mantenido la creencia de que nuestras
decisiones son un acto de racionalidad pura, se aleja de lo que en realidad
ocurre.
RAZONABLEMENTE IRRACIONALES
Es lo que revela en su libro Cómo
Decidimos, el redactor especializado de la revista Scientific American, Jonah
Lehrer. En una recopilación de estudios y evidencias, muestra que ante
la decisión, el primero en reaccionar es el cerebro emocional, aquel que
compartimos con los animales y que se vincula con los instintos de
supervivencia. La parte racional, la corteza frontal, se encarga de detener
esos impulsos, filtrarlos y luego actuar. Son pocas las oportunidades en que
analizamos fríamente los hechos, querámoslo o no, siempre el primer movimiento
es irracional.
Para explicarlo, cita un
experimento. A un grupo de personas se les pasó 50 dólares para apostar escogiendo
entre dos opciones. En la primera, debían empeñarlo todo con un 60% de
probabilidades de ganar. En la segunda, podían apostar 30 dólares, con menores
posibilidades de acertar, pero con la certeza de asegurar 20. Un 42% decidió
arriesgarse e ir por la primera alternativa. Pero cuando la misma propuesta fue
enunciada en negativo, el resultado cambió. Cuando se les dijo que la segunda
alternativa significaría perder los 30 dólares -lo que en la práctica era
exactamente lo mismo que lo anterior- el número de arriesgados creció al 62%.
"Ante la evidencia de perder, las personas prefieren ir por todo, aunque
eso implique poner más en juego", dice Lehrer. Eso explica también, por
ejemplo, que optemos por operarnos cuando nos dicen que tenemos un 80% de
probabilidades de salir bien y que rechacemos hacerlo cuando hay un 20% de
salir mal.
Pero ¿a qué se debe? La respuesta
nuevamente está en el cerebro: al medir con resonancia magnética a los
participantes se demostró que en aquellos que habían preferido arriesgar los 50
en lugar de "perder" los 30, la amígdala, área del cerebro
vinculada con las emociones profundas, como el miedo, se activaba más que
en el resto. En cambio, aquellos que habían advertido la trampa, presentaban
más actividad en el lóbulo frontal, el cerebro racional. "No es que
esa gente perciba menos las emociones", explica el neuro científico
Benedetto de Martino, autor del experimento, sino que las regulan mejor.
Por eso, el secreto, indica Lehrer, es saber en qué escenarios debemos dejar
que nuestras emociones hablen y cuándo es mejor darle la razón a la razón.
En el juego de decidir, lo que
determina nuestros movimientos es la recompensa que esperamos recibir de la
elección hecha. La satisfacción que nos dará el helado de chocolate en
lugar del de frutilla.
Daniel Gilbert, sicólogo de
Es por eso que el sicólogo
estadounidense Barry Schwartz, quien también ha trabajado el tema en libros
como La tiranía de la elección, indica que tener más donde optar nos hace
infelices. Mientras las sociedades occidentales creen que el bienestar
depende de cuán libres somos y que la libertad se mide según la cantidad de
alternativas entre las que podemos elegir, los individuos funcionamos al revés.







Que gusto de leerlo por acá, se habia perdido.
Hace poco lei un estudio sobre la no aceptación por parte del cerebro de la palabra "no"