Ignacio Jaramillo

La toma de decisiones es uno de los comportamientos más complejos

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Toma de decisiones

Recientes investigaciones muestran que, contrario a lo esperado, la que manda en este proceso no es la razón, sino las emociones.

Está parado frente al mostrador y la muchacha de delantal y gorro lo mira demandante, con la cuchara en una mano y el barquillo envuelto en servilleta en la otra. Detrás, la gente comienza a inquietarse, pero usted no despega la vista de la galería de sabores. Vainilla o chocolate. Frambuesa o frutilla. ¿Y qué pasa si se arriesga esta vez con ese helado de rosa mosqueta?

Las decisiones son parte crucial de la vida. De todos los días. Las hay así de nimias, pero también determinantes para la existencia ¿Me caso? ¿Me separo? ¿Doy el salto y me cambio de trabajo?

Son uno de los comportamientos más complejos del ser humano y por ende, todo un misterio para los científicos. Sin embargo, con las nuevas tecnologías esperan abrir el cerebro cuán caja negra de un avión y desentrañar cómo funciona la compleja red neuronal al momento de optar.

Es una tarea en la que ya se han embarcado y todos los hallazgos apuntan a que la tradición platónica y cartesiana, que por siglos ha mantenido la creencia de que nuestras decisiones son un acto de racionalidad pura, se aleja de lo que en realidad ocurre.

RAZONABLEMENTE IRRACIONALES

Es lo que revela en su libro Cómo Decidimos, el redactor especializado de la revista Scientific American, Jonah Lehrer. En una recopilación de estudios y evidencias, muestra que ante la decisión, el primero en reaccionar es el cerebro emocional, aquel que compartimos con los animales y que se vincula con los instintos de supervivencia. La parte racional, la corteza frontal, se encarga de detener esos impulsos, filtrarlos y luego actuar. Son pocas las oportunidades en que analizamos fríamente los hechos, querámoslo o no, siempre el primer movimiento es irracional.

Para explicarlo, cita un experimento. A un grupo de personas se les pasó 50 dólares para apostar escogiendo entre dos opciones. En la primera, debían empeñarlo todo con un 60% de probabilidades de ganar. En la segunda, podían apostar 30 dólares, con menores posibilidades de acertar, pero con la certeza de asegurar 20. Un 42% decidió arriesgarse e ir por la primera alternativa. Pero cuando la misma propuesta fue enunciada en negativo, el resultado cambió. Cuando se les dijo que la segunda alternativa significaría perder los 30 dólares -lo que en la práctica era exactamente lo mismo que lo anterior- el número de arriesgados creció al 62%. "Ante la evidencia de perder, las personas prefieren ir por todo, aunque eso implique poner más en juego", dice Lehrer. Eso explica también, por ejemplo, que optemos por operarnos cuando nos dicen que tenemos un 80% de probabilidades de salir bien y que rechacemos hacerlo cuando hay un 20% de salir mal. 

Pero ¿a qué se debe? La respuesta nuevamente está en el cerebro: al medir con resonancia magnética a los participantes se demostró que en aquellos que habían preferido arriesgar los 50 en lugar de "perder" los 30, la amígdala, área del cerebro vinculada con las emociones profundas, como el miedo, se activaba más que en el resto. En cambio, aquellos que habían advertido la trampa, presentaban más actividad en el lóbulo frontal, el cerebro racional. "No es que esa gente perciba menos las emociones", explica el neuro científico Benedetto de Martino, autor del experimento, sino que las regulan mejor. Por eso, el secreto, indica Lehrer, es saber en qué escenarios debemos dejar que nuestras emociones hablen y cuándo es mejor darle la razón a la razón.

LA TRAMPA DE LA EXPECTATIVA

En el juego de decidir, lo que determina nuestros movimientos es la recompensa que esperamos recibir de la elección hecha. La satisfacción que nos dará el helado de chocolate en lugar del de frutilla.

Daniel Gilbert, sicólogo de la U. de Harvard y autor del libro A tropezones con la felicidad, plantea que los humanos somos los únicos capaces de predecir cómo nos vamos a sentir en una situación hipotética. El problema, indica, es que "hay una tendencia a creer que la diferencia entre elegir una cosa u otra es más grande de lo que realmente es".

Es por eso que el sicólogo estadounidense Barry Schwartz, quien también ha trabajado el tema en libros como La tiranía de la elección, indica que tener más donde optar nos hace infelices. Mientras las sociedades occidentales creen que el bienestar depende de cuán libres somos y que la libertad se mide según la cantidad de alternativas entre las que podemos elegir, los individuos funcionamos al revés.

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Oscar Meléndez Bulnes
dijo :

           Que gusto de leerlo por acá, se habia perdido.

           Hace poco lei un estudio sobre la no aceptación por parte del cerebro de la palabra "no"

09/05/2009 a las 23:07
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