¿Qué es el
cambio?, ¿Cómo se produce?, ¿Cuánto tarda?, ¿Es siempre bueno cambiar?, ¿Por
qué?
Las preguntas son las que nos
acercan a dilucidar la realidad aunque esta ya vaya tornándose diferente a
medida que creemos alcanzarla. Es como querer tocar algo y cuando tenemos los
dedos, la punta de los dedos tan cerca, se nos va y nuevamente debemos mirar a
nuestro alrededor para encontrarla, en este instante en que nos encontramos
perdidos, buscamos referencias que nos guíen nuevamente, vemos hacia atrás,
hacia delante, hacia los lados, también miramos nuestros pies, indispensable
acción que nos permite situarnos, no caernos y continuar buscando. En ese
intertanto, volvemos a nuestro centro de equilibrio, nos damos cuenta que
irremediablemente todo ha vuelto a ser distinto.
Hace poco conversaba con un amigo,
un estudiante de economía a quien le tengo gran aprecio, tanto afectivo como
intelectual. En una conversación esperando el metro, él me decía que pensaba
que el cambio no podía producirse abruptamente, pues este como otros cambios en
el mundo natural no ocurrían de esta forma, sino que iba desarrollándose en el
tiempo lentamente, las cosas evolucionaban. Allí me acordé de Parsons y su
teoría de sistemas, la que nos habla que el cambio se produce lentamente, como
la evolución se va configurando a partir de una complejidad de acciones que dan
curso al cambio. Si bien su teoría parecía explicar muy bien el orden pero no
dejaba claro el cambio, nos continúa planteando la disyuntiva.
La revolución como proceso por el
cual logramos ese fin, el cambio de un sistema a otro, de un modelo a otro.
También puede ser una alternativa, además esta suele ser atractiva,
movilizadora, pero también puede quebrar expectativas pues las personas,
grupos, instituciones actúan de forma paralela cada uno con diferentes
estrategias, haciendo compleja la explicación de un movimiento unidireccional sin
respuesta, sobre todo cuando la historia ha preparado a unos y a otros.
En Chile hoy, la palabra cambio
aparece de forma estratégica, todos quieren empoderarse de sus connotaciones,
sus virtudes de frescura, novedad, al mismo tiempo que su contenido por parte
de quienes las reproducen se quedan sin lugar a dudas en un nivel burocrático,
tecnocrático, aspirando a cambiar algunas de las reglas del juego, pero sin
cuestionar en absoluto el juego completo.
Chile ad portas de cumplir
doscientos años de vida como estado independiente, reclama esta palabra desde
las esferas políticas, y también desde la ciudadanía (dicen algunos), aunque
esta última frase es increíblemente ambigua por no decir que es un simple
eslogan más.
Cuando estuve en mi país hace menos
de un año, escuchaba las declaraciones de muchos jóvenes, padres y madres de
familia, las interminables quejas del país en el que viven, donde el miedo
parece ser lo que recorre sus actos ante el mundo que se les presenta. Miedo a
enfermar, miedo a llegar a fines de mes, miedo a que tu hijo este en edad de
trabajar o estudiar en la universidad, miedo al futuro como si este no
presagiara cosas buenas. Miedos que no sólo son propios de Chile, también de
muchos de los que se auto-clasifican de países desarrollados o democracias
avanzadas.
Estamos frente a promesas de cambio,
pero estos cambios no aspiran en mi opinión a cambiar verdaderamente, sino a
maquillar lo que ya existe, haciendo menos temerosa la vida. Sin embargo es en
este punto en que me vuelo a preguntar ¿qué queremos cambiar y por qué?
Me decía otro amigo hace algunos
meses que la política (que yo hago) es muy teórica, que no es la política de
verdad, la del día a día, la que necesita que escuchen a los ciudadanos y ciudadanas.
¿Pero no es acaso hoy necesario, más que nunca replantearnos teórica y
empíricamente todo? ¿Cuándo será entonces que nos demos una pausa para
preguntarnos a nosotros mismos todo aquello que define nuestra existencia? Sea
esta individual y social.
Todos y todas no importa su nivel
educativo, su edad, todos nos hacemos esta pregunta en alguna etapa de la vida,
y si nos hacemos estas preguntas como individuos, mas aún debemos hacérnosla
como sociedad, como país, en nuestro gobierno personal (como diría mi profesor
Javier Roiz) y en nuestras ciudades. Pues volver a lo fundamental para
construir juntos ese cambio, ese proceso donde todos aportaremos incluso no
haciéndolo, es la piedra angular de todo buen comienzo. Ya que proponer el
cambio como mero artefacto, como plan para alcanzar tales o cuales fines, esta
condenado a ser un cambio sin orientación real alguna.
“Todos decimos querer cambiar la
política. En Chile, en España, en Italia, en Yankilandia... pero todo sigue
igual. Qué crees ¿Todos mentimos o somos unos ineptos?” Ricardo Zúñiga
Contreras.
Esta frase la escribe un amigo, el
Psicólogo Social Ricardo Zúñiga. Es una frase demoledora, que apunta en mi
opinión ha este estado de la cuestión. Una falta increíble por plantearnos el
cambio de manera profunda y comprometida. Y este no es un canto presidencial,
tampoco un elemento de propaganda programática a la luz de los contextos por
los cuales transita nuestro país.
Los candidatos crean discursos
carentes de todo contenido y si lo tienen, este no es más que una mascara que
no busca cambiar nada sino, dar retoques a lo que al parecer no creemos
siquiera que podamos cambiar. No es que seamos ineptos, es que creo que no
creemos en lo que queremos porque llevamos años sin preguntarnos dónde estamos
y para donde vamos. Sin definirnos como la sociedad que queremos ser.
Buscamos imágenes en los países
europeos, en los Estados Unidos, e incluso hoy en otros países
latinoamericanos. Queremos ser como todos, sin saber quienes somos nosotros
mismos. Debemos definirnos, encontrando nuestros errores y virtudes, nuestros
propios valores que construyan un ideal por el cual se hace necesario el cambio.
¿La receta?, si de verdad queremos
avanzar en lo fundamental y comenzar a impulsar el cambio, debemos entonces
atrevernos a decir, sin miedo alguno de equivocarnos, de expresarnos con
sinceridad, de querer plasmar un ideal y construir aquello por lo cual damos
sentido a la vida.
Yo quiero, yo pienso que debemos
abrir una conversación profunda sobre nuestro estado actual de las cosas, abrir
esa conversación sin temor de lo que realmente pensamos y acordar los caminos
que debemos recorrer en el futuro.
Tenemos un país ferozmente
aristocrático, donde todos aspiramos a ser parte de esa clase privilegiada, creando
discursos y siguiendo repertorios conocidos para lograrlo. Nuestros líderes
piensan solos, o piensan con aquellos que aspiran junto con él. El poder se
hereda dentro de los grupos, nadie quiere cambios, todos quieren estar en la
posición del otro. Debemos plantear como pilar fundamental la discusión amplia
y deliberativa de nuestro cambio. No hablamos aquí de un presidente, una
coalición de gobierno, hablamos de pensar y proponer que queremos ser, qué
sociedad, qué país aspiramos a tener.
Los meros cambios en las políticas
públicas, en impuestos más e impuestos menos, en sistemas unos o aquellos, esas
son las formas, eso es discutible y practicable por unos y otros. Hoy la oferta
es limitada, todos nos ofrecen lo mismo, la distinción parece estar en la
gestión de lo que se tiene, sin preguntarnos si estamos contentos con lo que
tenemos y que es lo que de verdad queremos tener. Para ello es indispensable
hablar, debatir, consensuar entre todos el hacia dónde vamos.
El cambio no es una receta única,
todos tendremos maneras de lograr los fines, sin duda la base primordial para
que ello se desarrolle es plantearnos los ideales de una sociedad, el ideal de
ciudadanos y ciudadanos que queremos ser, haciéndonos cargo de que esto es una
tarea en la que todos debemos participar. Basta de papá, de presidente, de
diputado, de senador, de alcalde, somos todos los que debemos construir un
cambio, desde cada una de nuestras posiciones, eligiendo a quienes representen
ese ideal y trabaje por ellos, asumiendo la responsabilidad que juntos
dejaremos un legado para que otros planteen sus propias aspiraciones, sus
propios cambios y también sean protagonistas de su historia.
Yo me comprometo, desde mi posición
con un país donde todos y todas tengamos el compromiso de deliberar abierta y
participativamente qué queremos, hacia dónde vamos como principio fundamental.
Que los ideales que marquen nuestros proyectos sean buscar un país sin miedo,
un país donde convivamos a pesar de nuestras diferencias, donde todos y todas puedan
plantear su proyecto de vida con la garantía de que las oportunidades para
hacerlo estén sustentadas en un consenso social. Tenemos un desafío por
delante, difícil sin lugar a dudas, pero no por ello imposible, no por ello
inalcanzable. Estoy seguro de que el cambio que buscamos no esta en el programa
electoral, sino en la fuerza que como ciudadanos y ciudadanas comprometidos
construimos una visión de país.
Cómo gobernamos nuestro país de
manera que este cumpla las expectativas que conjuntamente hemos decidido, es la
primera discusión a plantearnos, refundar el país luego de 200 jóvenes años de
historia. Colocándonos de acuerdo sobre el dónde estamos, y para dónde queremos
ir, dándonos valores que guíen nuestro actuar como ciudadanos comprometidos y
permitan que continuamente las generaciones venideras puedan contribuir a su
propio destino.
Gonzalo Prieto, es Sociologo, miembro de Jovenes Progresistas
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