Mi madre no era cualquier madre.

Enviado por Paola el 20/05/2009 a las 16:12
 Paola

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            Mi madre no era cualquier madre. Mi madre nació para el día de las madres. Llegó el 13 de Mayo de 1927, fue la menor de 9 hermanos, ocho mujeres y un hombre.  A ella  la llamaron Marina. A sus  hermanas Aglae del Tránsito,  Agueda  del Rosario, Agripina Margarita, María  Andrea y,  al único hombre, Segundo, pero   le decían Rosita, para molestarlo, por haber nacido entre tantas mujeres. Dos de las hermanas murieron , Glafirita era una y de la otra no me acuerdo el nombre, por su  rareza. En esos años los bebés tan pronto nacían, morían, si no encontraban  el remedio correcto, de esos que hoy tenemos a la mano para la fiebre o para un catarro. Mi madre nació en el norte de Chile, en la salitrera de Paposo,  hija de Gumercindo, quien fuera Jefe de máquinas de ésta. Fue tanta su tardanza al llegar a este mundo que ni en la foto familiar aparece. Aunque María Andrea, la hermana antecesora, tiene una muñeca en su falda, como prediciendo que vendría al mundo Marina: mi madre.

             Todas las hermanas quedaron marcadas por el norte, siempre contaban su vida en el norte, lo próspera que era la familia y lo bien que la pasaron.  Narraban que jugaban en medio del caliche a la payaya  y  que para  las fiestas patrias las vestían de traje nuevo y zapatos nuevos a cada una. Estudiaron en un internado de señoritas, en Iquique, pocos  años más tarde de la mismísima matanza de la escuela Santa María. Nunca le puse tanta atención a sus historias, yo era chica, y no me importaba la historia, pero  me quedó grabado el valor del salitre, la fuerza que tuvo ese mineral para direccionar la vida de la familia, ya que así como primero les dio prosperidad, después se las quitó. Cuando salió el salitre sintético  cambiaron sus vida, pues tal como una oleada de camanchaca, que nublaba el aire y con ello sus juegos, en plena pampa, este hecho nubló el destino de la familia que se trasladó al centro de Chile, dejando atrás la vida nortina.

            Mi madre por ser la menor apenas jugó con las hermanas mayores. Ella vivió en la pampa  durante  su primera infancia, por eso, cuando sus hermanas conversaban  de las salitreras  mi mamá no recordaba. Todo ese mundo fue para ella inconsciente. Sin embargo, cuando la familia emigró a la zona central, mal que mal, su padre, Gumercindo, era Salamanquino, de origen, y quería volver a estos lugares del centro de Chile para disfrutar de la zona central , del campo, de sus frutas y de verduras, se inauguró un nuevo tiempo para mi mamá. Más o menos, en 1947, vivían en  Quillota, en una quinta llena de árboles frutales. Esos fueron los años de los que mi madre tenía recuerdos. No muchos tampoco, porque ella más íntimamente, siempre se sintió tardía. Sentía que había llegado tarde. Tarde a la vida, tarde a la familia, tarde para jugar con las otras hermanas. Sin embargo, a pesar de su sentimiento y, por esas ironías de la vida, ella era la regalona de su padre.  Mi mamá contaba que en la mesa para el almuerzo, Don Gumercindo llamaba a Aglae la mayor y a  ella la menor, las sentaba en una pierna a cada una, les hacía cariño y les decía que eran la punta y el cabo de la familia.

            Posteriormente la vida siguió pasando por la vida de mi madre,  y mi madre por la vida. Mi mamá, para variar, se casó tarde. Ya cuando nadie lo pensaba. Tenía 36 años. Así su  insipiente carrera de peluquera  se vio truncada por el enamoramiento que sintió por mi papá. Nadie en la familia pensó que ella viajaría a otro país, que viviría varios años por allá, ni menos que me tendría.

             Luego, pasada  la segunda mitad del siglo XX, la vida de mi madre nuevamente cambió. Después de intentarlo una y mil veces con mi papá: se separó, arrendó una pieza en el puerto de Valparaíso, y se puso a trabajar. 

             Mi madre, la menor, la tardía, poco menos que la peor de todas, como ella me decía cuando estaba triste, transformó su vida y de paso la vida de toda la familia. Se atrevió a vivir en otro país, a trabajar pasados los cincuenta años, en plena dictadura y crisis económica. Sufrió de tifus, se hizo pobre y aprendió a fumar. Por último, como no me podía criar, aprendió a vivir sin mí, sin sus hermanas y sin mi papá.  En una pieza,  típicamente porteña, de altas, altísimas paredes, de un raro material, que resistió el terremoto del ochenta y cinco, de piso de madera, ese que en el puerto lo enceran con cera roja o con parafina y que queda brillante hasta reflejarnos y hacernos resbalar, instaló los bienes que con su trabajo consiguió. Una cama nueva , una mesa negra, que más bien parecía de terraza,  una cocina, que ella decía cuidaba para mantenerla como nueva, un ropero de esos de madera gruesa, un refrigerador que le dio su hermana María y una tele a tubo blanco y negro. La pieza tenía  una ventana que daba al pasillo que era medio redondo en esa casa,  para entrar, a modo de dato, la casa tenía una escala de treinta peldaños, y al fondo de las cinco piezas que tenía a lo largo terminaba en un baño común,  y en el tendedero común, una tabla que estaba en el aire, como una especie de terraza frágil de madera y de mas o menos dos metros cuadrados, desde la  que se sentía el viento porteño pasar en toda su intensidad y se divisaba  el mar a la altura de la caleta Portales. Yo, ya hecha una adolescente, iba los Domingos a almorzar con ella. Entonces, ella me esperaba con mis platos preferidos. Fricasé de repollo con queso derretido,  pimentones rellenos de carne y leche nevada de postre. Mientras veíamos en su tele, la cultura entretenida o magnetoscopio musical. Nos sentíamos satisfechas, en esa pieza típicamente porteña que era como una secreta caverna suspendida en un  recóndito cerro del puerto.

           Luego, mi madre dejó esa pieza, y retomó su vida con sus hermanas, que más ancianas que ellas, en un extraordinario salto, cambiaron sus vidas en ciento ochenta grados. Todas partieron a Salamanca, yo creo que, internamente, querían volver a sus orígenes. Y mi madre, ya también anciana, las siguió, creyendo en sus arrumacos,  en su compañía. Fueron  diez años en la tierra de las brujas. Diez años de retroceso, de ahí para delante mi madre  no se separó de su bastón, ni de su audífono, ni de su perro. No sé por qué, pero todas las veces se vestía de negro y su perro era negro. Comenzó a fumar en forma empedernida y a sentir celos furiosos por la forma de vida de mi padre. Empezó a soñar con su mamá y su papá, a mirar la luna y a ponerle nombre a las estrellas, esas que en Salamanca se ven claritas como tesoros de diamantes y de perlas, en el negro cielo. Me acuerdo que en nubladas y frías noches de invierno, cuando salíamos al patio a fumar, ella  me contaba que cuando joven le decían “el largo viaje”, porque era alta y delgada. Finalmente, se fue. Ahora, la recuerdo y me siento un poco entre sus brazos cuando miro el cielo en la noche.  Por lo demás, cuando me adentro en su infinito, entiendo porque se vestía tanto de negro.

 

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Que hermoso relato Paola...

Enviado por el 20/05/2009 a las 04:43 PM
Doris

... te vas adentrando y te haces prisionera hasta el final , de tus letras llenas de evocaciones y miradas profundas .

   Que curioso es , ver a quienes amamos convertidos en inmortales  protagonistas de nuestras  grandes novelas  plagadas de amor y vivencias .

   No sabes la emoción que me has regalado querida, gracias.

   Y por supuesto que " ella "  no era cualquier madre...ninguna lo es...

mis cariños


Estimada Sra.

Enviado por el 21/05/2009 a las 12:30 AM
Vinicio Contreras B.

El suyo es un hermoso trabajo, muy intimo y conmovedor.  El tiempo,  la historia y la vida de su familia,  vuelan entre sus letras,  regalando una nostalgia que todos sentimos en algún momento.

Gracias por compartirlo.

 

Reciba mis saludos.

 

Vinicio.


Estimada Paola

Enviado por el 21/05/2009 a las 09:45 AM
Alejandra Godoy Haeberle

No puedo dejar de comentarte que tu relato me conmovió, tanto por su contenido como por su calidad.

Saludos cariñosos

Ale

 

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Simplemente hermoso.

Enviado por el 21/05/2009 a las 11:52 AM
Andresillo

Me encanto la forma en que expresaste todos tus sentimientos ,conmueve el relato de la historia .

 

saludos .

 

 

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"No estoy de acuerdo con tus ideas, pero defiendo tu sagrado derecho a expresarlas."
[Voltaire]


las luces siempre encienden en el alma

Enviado por el 21/05/2009 a las 03:24 PM
 Paola

Parece que cuando se escribe desde el interior, las respuestas de los lectores también surgen de sus interiores. Amigos, vuestros comentarios animan, se ve que también surgen desde vuestras almas.

                                                 Cariñosamente,Paola.


Precioso

Enviado por el 21/05/2009 a las 08:50 PM
Yasmin Rebolledo

Hola Paola, que hermoso relato... que bien resumes la vida de tu madre, cuanto me gustaría a mi poder regalarle a mi mamá su historia de la manera tan linda como tú lo haces.

 

Un abrazo


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