Entierro en Pelluhue ( primera parte)

Enviado por degolando el 26/05/2009 a las 12:55
degolando

( nota: el texto es largo, por ello lo doy en dos entregas, está parcialmente corregido, por ello pido disculpas si hay una que otra falta)

Después de agonizar durante tres días,  Matilde falleció en su cama como ella lo exigió cuando los doctores le revelaron que su cáncer estomacal ya no tenía vuelta. A mi tía le quedaban un par de días sobre la tierra y en una decisión que a mí me resultó incomprensible, la mujer prefirió pasar sus últimos momentos en casa. Podría haberlo hecho en un hospital donde recibiría todo el apoyo médico para afrontar la muerte de manera digna y sin la angustiante espera de quienes pasamos noches en vela aguardando su deceso. Fueron tres días en que nadie durmió, tampoco lo hicimos aquellos que nos consideramos parte de la familia, a pesar de que no nos aten lazos sanguíneos; ser familia va más allá de portar genes similares en el ADN o  pertenecer a la misma rama de un árbol genealógico; ser familia es beber del  cáliz de la amargura en los momentos de aflicción, cuando aquellos que dicen ser amigos desaparecen o simplemente no les importa.

 

Matilde dejó de existir un sábado a las ocho de la mañana. Le costó morir. No es fácil dejar atrás una historia, cariños, hijos, amigos, porque uno sabe que, al llegar la señora oscura, abandona el sufrimiento dejando tras de si el llanto de quienes nos aceptan con virtudes y defectos. Aunque nos encontremos entubados, inconscientes por los medicamentos, en alguna parte de nuestro cerebro sabemos el dolor que estamos causando a nuestros cercanos y la culpa nos hace luchar contra el destino como si fuésemos capaces de derrotar a la muerte… lamentablemente somos tan débiles ante el canto del silencio que no existe forma de resistir al elixir eterno.     

 

La última exhalación ocurrió cuando  Margarita, su hija mayor, buscaba las ampollas de morfina que mitigaban el padecimiento de la madre. La margo- así le decimos-  antes de aplicar el calmante, le habló al oído con la ternura de quien ha acompañado a un condenado en sus últimos momentos. Sus palabras resultaron fundamentales para que Matilde abandonase el mundo de los vivos, sin ellas quizás cuánto tiempo se hubiera extendido el calvario. “Mamá váyase no más, no se  preocupe por mí. Reúnase con su peyo”, posteriormente la besó en la frente e inyectó la dosis indicada por el especialista. Tras ese procedimiento, La margo salió a buscar un vaso de agua a la cocina, lo bebió y al volver la encontró dormida en el sueño final. Mi querida tía mati había partido de la misma manera en que vivió: en silencio, sin meter bulla ni hacer escándalo. Jamás la escuché hablar mal de alguien o de algo, guardaba sus opiniones y juicios para evitar problemas o dolores innecesarios. Siempre fue una mujer entregada a su marido, a Dios quien le brindó consuelo ante la temprana partida de Pedro. Ahora ella viajaba al cielo a cocinar aquellas cazuelas que disfrutó su marido por tantos y tantos años de feliz matrimonio.

 

 La margo se sentó a su lado, le acarició la frente y las yemas de los dedos rozaron el cabello castaño de su madre. Al cabo de unos minutos se echó a llorar. Así la halló Mauricio, el nieto mi tía y el sobrino de Margarita. El adolescente de cuerpo musculoso, moreno, fortachón, no contuvo las lágrimas. Margarita, al observar la cara compungida del joven, detuvo su llanto. Sacando una fuerza que sólo se presenta en los momentos de aflicción, respiró profundo y llamó al niño eliminando de su voz cualquier atisbo de quebranto.

 

- Avísale a mis hermanos- dijo limpiándose las lágrimas de las mejillas. Nunca más mostró su sentir o al menos no lo hizo en público. Su estoicismo ante un golpe tan devastador como perder a la progenitora generó tal impacto en mí que me obligó acompañarla en su dolor. Mi deber como amigo era asistir al entierro de Matilde… eso significaba viajar cuatrocientos kilómetros a Pelluhue, por lejos el pueblo más feo de Chile. Como odio aquella tierra de la cual sólo me provoca angustia.

 

Pelluhue es un poblado mitad huaso, mitad balneario, mitad El Tabo. Aquella dualidad se nota en su construcción carente de estilo arquitectónico. En el caserío conviven las viejas casas de adobe junto con las edificaciones de madera típicas de El Quisco. A tal punto llega confusión entre campo y ciudad que se entrelazan los semáforos- fieles representantes del modernismo y las política políticas públicas de desarrollo- con la carreta de bueyes que espera la luz verde… detesto ese lugar  desde que tengo cinco años y debía dormir en esos colchones blandos en que tu cuerpo queda hundido y doblado como bandoneón en tango de Piazzola. Volver ahí significaba rememorar las viejas pataletas nocturnas, el sonambulismo, las largas marchas forzosas para bañarse en el río ( única forma de asearse) para llegar como empolvado por culpa de un auto que transitaba levantando una enorme polvareda que se adosaba a tu piel como armadura de tierra.

 

Por todos los medios intenté huir de la responsabilidad, sin embargo, no había forma de eludirla. Mi hermana está embarazada y un viaje relámpago resultaba peligroso para mi sobrino. Mi madre se empecinó en asistir al entierro, incluso a costa de una crisis sicótica. Alguien debía ir para controlarla si este impulso aparecía de improviso. Por más que le rogaba, en los días de agonía de Matilde que no la visitara, ella hábilmente lograba escabullirse para rogar por la pronta partida de la enferma. Al final ya no pude hacer más que aumentar la dosis de tranquilizantes, lo que la mantuvo como sonámbula. Lo que más impresionó a mi madre al asistir como invitada de honor a los últimos días de Matilde era el ronquido de la muerte, un sonido gutural producto de la metástasis en los pulmones de enferma… Enriqueta se aterra ante la sola idea del fin, pero, a pesar de sus miedos,  conservó la cordura hasta llegar a Santiago, cuando recayó, otra vez, en la enfermedad.

 

Mi viejita ayudó a  vestir a  Matilde, pese a que jamás en toda su vida había mirado a un cadáver- ni siquiera a mi abuela Rosa ni a mi tía de nombre homónimo-, pero ella le había prometido colaborar en todo lo que fuese necesario llegado el momento y cumplió.  A las nueve de la mañana Enriqueta estaba instalada en los aposentos de la occisa, cual dama de honor de la señora oscura, su trabajo consistió brindarle un toque de vida a la piel sepia de su amiga, mediante maquillajes robado del estuche de mi hermana. La keta se encargó de todos los preparativos de belleza antes de encajonarla. Como si fuera una estilista de primera, dejó impecable a Matilde en su definitivo viaje a Pelluhue.  

 

- Diego, tienes que venir conmigo… así lo prometiste, lo recuerdas- tenía doce o trece años cuando le juré a la Keta que jamás volvería a ese lugar… ella me dijo está bien, hijo, está bien, pero cuando muera tu tía, me acompañarás. El día había llegado y buscaba en mi imaginación cualquier excusa para desligarme del compromiso. Pensé en una jaqueca repentina, romperme una pierna, lanzarme al Metro, cualquier cosa, mas a pesar de la fecundidad de las ideas, no lograba armar ninguna coartada coherente.

 

Está bien, mamá…voy.- Dije resignado.  

 

No tuve elección. Partí armar el bolso. Eché mi terno un par de calzoncillos, calcetines, una polera y un pantalón. En aquel instante pensaba en Fabiola K, mi ex. Esa día había quedado con ella para portarme mal en su departamento. Todo partía a las diez de la noche, la señorita K me esperaría con una cena afrodisíaca, velas, música romántica y su baby doll negro, detalle que, de tan sólo imaginarlo, erizaba mi piel.

 

La señorita K ha sido la única mujer de la cual he estado enamorado. La conocí en la inauguración  de la boutique de Jennifer, una amiga y colega periodista quien, ante los magros sueldos de nuestro oficio, incursionó con gran éxito en el rubro under de  la moda. Recuerdo esa inauguración con una vergüenza horrorosa. Jamás he sido muy proclive a destacar con mis atuendos y en aquel sitio todos llegaron con la mejor pinta, menos yo que andaba lo menos chick posible. Usaba unos jeans negros todos roñosos y una arrugada camisa. Mientras bebía un whisky, apareció Fabiola con un estilo tan despaturrado como el mío. Vestía un buzo azul, no se había pintado ni mucho menos arreglado el cabello, lo que le daba un toque salvaje que a mí me provocó un escalofrío en la espalda. Ninguno de los dos encajaba en ese mundillo tan pop y por ello la conversación se dio de manera natural. Debo confesar que me puse idiota, como siempre  ocurre cuando una mujer me llama la atención. K me encantó e intentaba impresionarla con un patético sentido del humor.  Por suerte, ella también descendió – intelectualmente hablando- a mi nivel de imbecilidad. Según confesó días más tarde, yo le provoqué la misma sensación de nerviosismo. Esa noche ninguno logró articular una conversación coherente, las risitas y la respiración entrecortada fueron las convidadas de piedra de nuestra mutua seducción. Cuando nos despedimos, creí haber perdido mi oportunidad- ella pensó lo mismo- sin embargo, Fabiola le pidió mi mail a Jeniffer y dos días después recibo una pequeña misiva. Como gmail da la posibilidad de chatear, comenzamos hablar. Así comenzó la relación, un verdadero torbellino lujurioso que aún permanece latente en mi memoria. A ninguno de los dos nos gustaba revolcarse en la cama de un desconocido de manera prematura, sin embargo, la afinidad  surgió en la primera mirada y acabamos en la pieza de un motel capitalino, practicando página por página el arte del Kamasutra… 

 

Los rasgos de mi ex no eran los comunes de la mujer chilena: era alta, delgada, de piel morena con unos ojos negros penetrantes. Su madre era hindú y  el padre chileno, aunque la genética india resaltaba por sobre la criolla, dándole a su desnudez un matiz caoba que trastornaba mis hormonas al punto de apagar mi cerebro….

   

- Alo.

- Fabi, soy yo mi niña. Buenos días brujita.

- ¿Cómo está cosita?

- Más o menos

- ¿Por qué mi niño?

- Falleció una amiga de la familia, no podré juntarme contigo.

- La señora con cáncer

- Sí, la misma.

- chuu, qué penita. Te sientes bien

- con algo de penita

- pobrecito.

-  Lo peor es viajar al sur… odio ese pueblo

- pero pastelín tienes que ir.

- lo sé no quiero ir  sabes por qué

- Por

- porque te voy a extrañar, cuncunita.

- liindo

- Por qué no vienes conmigo.

- No puedo ir, Carlos está de cumpleaños… te iba a pedir que vinieras para presentarte con mi familia.

- En serio.

- sí… era una sorpresa.

- pucha, oh, quería conocer a mi suegra.

- jajaja, pesao.

- mi niña, ya me reporté… te dejo

- noooo.

- sí.

-  bueno, besito.

- besito

- otro más

- te quiero

- yo también, besito

- chaou

- chaou    

 

Salí de la casa a eso de las dos de la tarde, justo cuando mi hermana estacionaba su vehículo afuera de la casa. Mi hermana venía con unos lentes negros y ropa de la misma tonalidad. Sin siquiera saludarme, me dijo tengo que hablar contigo.

 

-  De qué se trata.- pregunté-

- No quiero que vayas a Pelluhue.

- ¿Por qué?

- porque te pones idiota, como cabro chico de cinco años y no quiero que armes un escándalo. Yo se que te carga y además yo voy a ir con Elías

- Pero…

- Diego, hazme caso una vez en tu vida… yo veo a la Keta.

- Pero… está bien.

 

No necesitó de mucho para convencerme. A pesar del enorme aprecio hacia la familia, debía quedarme en Santiago. La verdad, aunque suene egoísta, prefería el panorama de mi novia. No había donde perderse entre un entierro real ( con difunto incluido) y uno metafórico ( donde uno acaba en el orgasmo). No le dije nada a K para llegar de improviso a su departamento, como una sorpresa. para tonar el encuentro más chistoso luego de consolar a los deudos, partí a la web para hablar con Fabiola, la verdad es que aquella conversación es la típica de dos enamorados, un barullo de estupidez y romanticismo digno de postal de village. No reproduciré aquella conversación porque el rosa del amor colorea mi mejilla de vergüenza.

 

Fui a desarmar el bolso, dejé el terno en el closet, los calzoncillos y poleras regados por ahí, total en el desorden de mi pieza yo me entiendo… vi un rato televisión a la espera del responso. Como los sábados resultan latosos, me senté a escribirle unos versos a mi amada para provocarle mariposas metálicas en el estómagos y el acto fuera mucho más placenteros a la hora del placer … así maté el tedio del sexto día de la semana, pensando en la sorpresita que le esperaba a “Manyula”- ese era uno de los apodos-. Me había comprado un colaless de tigre. De seguro ella se hubiera matado de la risa al verme desfilar con el atuendo tan provocativo, lamentablemente, jamás llegó a conocerlo… a la vuelta del viaje nuestra relación acabó abruptamente.

 

En fin, fui al responso alrededor de las diez de la noche. Un sacerdote se encargó de rito, mientras todos rodeábamos el féretro instalado en el living de la casa. El sacerdote brindaba una prédica sobre las virtudes cristianas de Matilde, la verdad no presté mucha atención al sacerdote. Me parecía tan idiota que un hombre que jamás ha compartido en la intimidad del difunto o su círculo cercano, hable con tal propiedad como si fuese un hijo del muerto. Eso lo hayo tan doble estándar que me daba nauseas.

 

Luego de rociar la urna con agua bendita y trazar con su mano una cruz el en aire, el padre acabó con la ceremonia. Les brindó el pésame a los familiares junto con alguna enseñanza bíblica y luego partió presuroso a sus obligaciones.  Al verlo abandonar el hogar de los Hernández Garrido, encendí un cigarrillo. La gente esperaba la llegada de la carroza conversando, incluso algunos riendo, no falta el chistoso en los funerales- generalmente soy yo, pero esta vez mis chistes quedaron guardados en mi cabeza-. Los más devotos estaban cerca de los restos Matilde rezando el rosario, entre ese grupo estaban mis padres, los más cercanos a la difunta y uno que otro colado con afanes de destacar su virtud de buen católico.    

 

A eso de las doce de la noche llegó el coche fúnebre, un Mercedes Benz gris, del año, muy elegante. El tira Larenas, nieto de Matilde, dijo concierto aire fantoche… viste Diego, mi abuela se va con estilo, papá. Yo lo miré pensando puta que es hueón este pendejo, como si fuera tan importante partir con estilo. Suspiré profundo, olvidando la estupidez del detective y entré al velatorio para ayudar a cargar el féretro. Era la segunda vez que tomaba en mis manos  la manilla metálica de un ataúd, antes lo había hecho con mi abuelo casi con una pistola al pecho… no fue una experiencia agradable, aún recuerdo el bamboleo del cuerpo al interior de la urna y esa sensación permanece imborrable en mi memoria. Con mi tía fue distinto, pensé en mi propia muerte. Quién se encargará de llevar mis restos ¿Mis hijos? ¿Amigos? O tal vez un desconocido, alguien a quien le deberé pagar antes de morir para que se en encargué de mis restos… habrá alguien que llore mi partida, o mi nombre será una inscripción sin sentido en una fría lápida de mármol… luego de ideas tan oscuras sobre el destino ineludible, me conté un viejo chiste para olvidar mis pensamientos sobre el fin, me dije  voy tener que poner las manillas por dentro y partir solito al patio de los callados…

 

Depositamos los restos de Matilde en la carroza. Fabiola y su noche de lujuria me aguardaban. Rápidamente comencé a despedirme de los concurrentes, cuando llegué a donde estaba Margarita.

 

- Margarita… espero que tengan un viaje sin contratiempos.- dije.

- No vas a ir- preguntó

- Me quedaré con mi viejo… alguien tiene que cuidarlo- era una excusa diplomática, no le iba a decir: “ es que me voy a tirar a mi polola”.

- Diego, te puedo pedir un favor.

- Dime, lo que sea.

- Acompáñanos en nuestro dolor…

 

Por primera vez desde que tengo uso de razón, la margo me había pedido algo. Ella es mucho más cercana a mi hermana y con ella tenemos numerosas deferencias. La margo tiene complejo de capitán Araya (embarca a todos y se queda en la playa) discusiones por desatinos de ella, una tacañería digna de empresario UDI y un cierto grado de ignorancia campechana, pero la quiero y que me pidiera eso, me conmovió hasta el punto de olvidar la calentura y viajar al quinto infierno.

 

- Está bien, voy.

- Gracias Diego.

 

La decisión estaba tomada. Ya no había pie atrás, pero olvidé un pequeño detalle… con quién mierda viajaría. Mi hermana se llevaría a mi mamá, a su marido y a una familiar de Matilde, todos los otros vehículos estaban llenos, salvo uno, el del tira Larenas. Andrés Larenas es un amigo de la infancia. Es un cabro chico hiperkinético, desordenado y con fama de loco para manejar. Cuando pequeño nadie lo quería porque era un puta madre, el único que lo aceptaba era yo, pero a ratos me daban ganas de colgarlo de los testículos. Recuerdo una vez en que estaba durmiendo  y me tiró un pelotazo en la boca. La gracia casi me voló un diente y hasta el día de hoy tengo trizado el colmillo. Ahora me rió, pero en el momento no me causó mucha gracia.

 

- Apúrate hueón me voy altiro.

- Espera, voy a buscar una parca.

- Anda hueón.

 

Corrí a mi casa, saqué una parca y salí con lo puesto. Larenas en uno de sus chistes encendió el motor del vehículo mientras yo corría tras de él. Me hizo correr una o dos cuadras con su jueguito. El tipo se río hasta Rancagua, lugar donde se aburrió y comenzó a molestar a Mauricio, su hermano quien lo hacía callar a punta de garabatos.

 

Fue un viaje difícil. Me carga el reguetón, música oficial del Renault Clío del detective. En mis tímpanos retumbaba la monótona melodía de Daddy Yankee, don Omar, calle 13 y otros exponentes del género. No soporto esas canciones básicas, idiotas y plagadas de referencias al sexo… no soy un puritano, pero me carga lo básico de sus letras, lo monótono de las canción y yo sólo quería estar en la tibia cama de Fabiola, la imaginaba dormida entre las sábanas con su cuerpo bañando por la luna y yo, acá, soportando los chistes de un par de hueones tontos, viajando a un pueblo de mierda…

 

A las seis de la mañana llegamos a Pelluhue. Fuimos los primeros en hacerlo. En tiempo record llegamos a Cauquenes ( tres horas y media) así que dormimos un rato en aquella ciudad. Tipo cinco y media salimos con dirección a nuestro destino. Cuando llegamos no había nadie y a eso de las siete de la mañana llegó el cortejo. Entramos a Matilde y alguien abrió el cajón para las condiciones en que había llegado el cuerpo. Un hilo de sangre corría por la boca de la difunta, los procesos de putrefacción comenzaban actuar sobre ella. A todos nos pareció prudente enterrarla esa misma tarde, pero Margarita no quiso. Deseaba que todo el mundo acompañase a su madre en el funeral, por ello precipitar las cosas, según su pensamiento, no convenía. Todos sabíamos que Margarita no deseaba dejar a su madre, era una forma de afrontar el shock de su partida, tenerla el mayor tiempo posible a su lado, porque todos los que verdaderamente importábamos estábamos ahí, aunque fuese a la fuerza.

 

La casa de Pelluhue es sencilla, consta de un living principal tres piezas, un comedor y en el patio, posee una ampliaciones donde se albergan los hijos. Todos llegamos cansados del viaje, menos yo, que estaba como ahogado. El aire de Pelluhue me deprime y solo quería que todo acabase pronto, ojalá salir ese domingo de vuelta a la capital. Después de beber una taza de café junto con un pan amasado calientito, salí a recorrer el pueblo. Es cierto que el lugar estaba mucho más urbanizado (las calles pavimentadas, los semáforos, alumbrado público y agua potable en cada una de las casa) sin embargo, seguía odiando ese lugar. Para no pensar mucho salí de casa y me di una vuelta por el poblado y si  darme cuenta estaba en la playa. Bajé y metí los pies en la espuma lechosa. La playa de ese lugar no es apta para el baño. En medio de su oleaje, se forman remolinos muy peligrosos. Una vez mi papá casi si ahoga y si no es por la pericia nadadora, hubiera terminado sumergido bajo sus tortuosas aguas. Debo confesar que caminar en la playa acompañado de la brisa salina del océano, el frío del pacífico y la arena negra raspando mis pies, me alegró un poco. Hacía dos años que no veía la mar y una ligera sonrisa, pero al caminar por Arturo Prat, calle principal de lugar y ver esas construcciones patéticas que asemejan un centro, me dieron ganas de llorar. Pensé en K, a esta hora estaría tomando desayuno con ella, luego iríamos a ducharnos mientras mis manos jabonaban su espalda, jugueteando con los contornos de su espina dorsal… por qué no estoy en Santiago tirándome a Fabiola, por qué chucha se le ocurrió justo ahora morirse con el medio panorama, pensaba, por qué mierda me conmoví con la margo, si siempre me ha tenido mala. Al llegar a la casa, me dio sueño. Todas las camas estaban ocupadas, no me quedó otra que dormir una o dos horas en un sillón, con el cuerpo todo doblado.

 

Al descansar en el sillón, de pronto sentí que alguien me arrojaba algo pesado que me daba tibieza, al abrir los ojos la vi, pensé que era un sueño o que había retrocedido a los diez años, cuando aquella mujer me hacía dormir en mi cama cuando tenía feroces pesadillas, o sirviéndome una taza de café, o simplemente haciéndome cariño en el pelo.

 

- María.- dije con tono somnoliento

- Como le va  don Diego.

 

Salté hacia ella y le di un abrazo. Hace diez años que no la veía, la última vez había sido cuando tenía doce años y nos anunció que volvía a su tierra por amor, Buchucureo, un poblado del sur de Chile. ella fue el primer amor de mi infancia. Cuando se fue me destrozó el corazón y su recuerdo fue tan potente que no pude querer a nadie hasta los dieciséis años. Ahora la tenía frente mío, con un par de canas- no muchas- con una que otra arruga en la comisura de los labios, en el vértice de los ojos, sin embargo su mirada conservaba aquel aire de perrita degollada que le daba un toque de ternura que los años no habían borrado.

    

 

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