El miedo como argumento de gobernabilidad
En los argumentos de la elite política en torno al actual escenario electoral subyace veladamente la amenaza de la ingobernabilidad. No solamente como una referencia a la eventual potencia asistémica de la candidatura de Marco Enríquez-Ominami, sino en torno al significado final que todas las candidaturas se atribuyen mutuamente entre sí.
Los atributos son desorden e
incapacidad de renovación en el caso de
Es evidente que la instalación de un
contenido de amenaza -e indirectamente de miedo- será un elemento
característico de la mayoría de los mensajes electorales de los próximos meses,
ya sea para afirmar o desvirtuar la visión propia y la de los adversarios. Y
todos tendrán parcialmente la razón.
Ello ocurre debido a que, por
primera vez desde que se recuperó la democracia, se ha instalado la idea que
los pilares básicos de la gobernabilidad exhibidos por el sistema político
chileno se encuentran sobrepasados por la realidad, y la capacidad de
ordenarlos sinérgicamente parece agotada entre los actores.
El consociativismo político con que
funciona el sistema, binominalismo estructural le denominan algunos, consiste
básicamente en un triple consenso sobre: las reglas del juego económico, la
estabilidad institucional y la paz social. Esos elementos debieran ser
intangibles para los actores políticos, más allá de sus legítimas diferencias.
El sistema estuvo diseñado para que
el binominalismo estructural ordenara de manera armónica esos elementos,
independientemente del peso que se quiera atribuir al Poder Ejecutivo. Sus
mecanismos básicos fueron una política de amplia asociación público privada
como eje de las reglas del juego económico; de consultas prelegislativas
impulsadas por el Ejecutivo para ordenar el sentido institucional del Estado; y
el sistema electoral binominal para inducir bloques amplios y mayorías
precarias que debían equilibrarse con procedimientos legislativos de quórum
calificados.
Ese esquema se encuentra hoy
cuestionado de facto y sin una alternativa de reemplazo, más allá de la
emergencia de tal o cual candidato, y tanto por sus propios desarrollos como
por el agotamiento de sus fórmulas de gestión política. El potenciamiento de la
asociación público privada dio origen a un desregulado lobby, el binominalismo
se tornó en clientelismo y veto parlamentario negociado, y las bases sociales
desbordaron la cooptación estatal del poder sindical, prueba de lo cual vimos
en las movilizaciones en torno a la subcontratación y la última de los
profesores en torno al Bono SAE hace pocos días atrás.
En estas circunstancias se hace
bastante difícil imaginar de qué manera el próximo Presidente del país,
independientemente de quien sea, podrá desarrollar una agenda legislativa
normal sin tener que reclamar del bloque opositor acuerdos que exceden lo
políticamente razonable en un armónico sistema constitucional de mayorías y
minorías, y que no estén referidas a ciertos consensos básicos que hoy se hacen
cada vez más débiles.
Más aún, los sentidos comunes entre
partidarios de un mismo bloque, e incluso entre instituciones del propio
Estado, se tornan cada vez más divergentes. La doctrina de la equidad social
que llenó las políticas económicas en décadas pasadas, se ha visto ampliamente
superada por una demanda impregnada de igualdad.
Y la protección social se invoca por
algunos sectores como doctrina de Estado, tensando al máximo la capacidad de
las normas constitucionales para llevar esto a un nivel de pacto político que
no tiene ni en su origen ni como producto de las reformas constitucionales.
Jamás
Las condiciones de gobernabilidad
del actual sistema, que se expresaron en un pacto político interpretativo de
Lo que caracteriza a los sistemas
políticos modernos, con aptitudes renovadoras y de cambio, es el ahorro del uso
de la fuerza verbal o física y de la simbología de la agresión o el desplome, y
la búsqueda colectiva de opciones de cooperación y competencia democráticas.
En nuestro caso, parece evidente que
el escenario está puesto para una nueva Constitución y un nuevo consenso en el
juego democrático.
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