Postular que la vida humana tenga un sentido es lo mismo que pretender que la vida de las ballenas, por ejemplo, o de los hamster, de los murciélagos, incluso que la existencia de los gorriones, tenga un sentido, esto es, que su existencia tenga una finalidad definida por algo o por alguien.
Dice Salomón en el Eclesiastés, después de reflexionar y buscar afanosamente a qué puede el hombre destinar su vida, que conocer la sabiduría y el saber, la locura y la necedad, aun esto, dice, "es atrapar vientos”.
Pero no, nunca tanto, porque aunque es un hecho de la causa que toda vida es precaria y tiende a destruirse, en el intertanto, en su duración, busca prosperar como organismo, busca desarrollarse, establecer relaciones convenientes con el medio, o como dice la biología, con el “nicho” que lo vió nacer.
Las vacas, entonces, no tienen un sentido de la vida, pero sí sus vidas tienen la dirección que su lánguida impulsividad les da, y los hombres, por su parte, para mantener la debida correspondencia, tienen en sus vidas la dirección que su activa impulsividad les da, o que su racionalidad les da, o la que los predicadores de las más diversas religiones les enseñan.



















la moral y la ética
se fundan en el sentido, finalidad o dirección que tenga la vida, según la ideología predominante en cada época y lugar.