( nota: este texto es antiguo, lo escribí cuando recién comencé a estudiar periodismo... hace ya muchos años. Me gusta, pese a no ser uno de mis mejores cuentos)
Santiago es la capital de la tristeza. Si algún extranjero quiere fotografiar a un hombre amargado de clase media, tiene que visitar nuestra horrenda ciudad. Por once meses del año es muy fácil encontrase con un sombrío trabajador chileno. Sólo basta observar un paradero de micro y de seguro hallará a una persona con cara de culo creyendo que el Transantiago va a pasar al tiro.
Todo el mundo anda mal genio, idiota y acelerado, exceptuando un mes del año… No, no es navidad, Semana Santa u otra fiesta. Se trata del 18 de Septiembre.
El ánimo del santiaguino cambia a medida que se acerca la fecha. La gente se vuelve amable, simpática, organiza parrilladas y el gusto comienza añorar una jugosa empanada en medio de la improductiva jornada laboral.
Desde los últimos días de Agosto, el chileno realiza elaborados preparativos para la fiesta nacional. Quiere comprar diez kilos de abastero, invitar a la familia y a los amigos a pasar dieciocho al lado de una parrilla, pero a medida que los precios de la carne se elevan, termina comiendo un improvisado anticucho de gato en el Parque O´Higgins
Con la llegada de la primavera aparecen los circos. Las carpas multicolores dan una alegría que contrasta con la frialdad de una urbe post modernista, donde el mercado destruye la estética arquitectónica de la metrópolis en pos de la eficiencia de los Rasca-cielos.
Uno de estos espectáculos circenses se instaló en una cancha a dos cuadras de mi casa. Como a mí nunca me han gustado los tonys y me caen mal los trapecistas, no le di mucha importancia.
Sin embargo, mi prima de cuatro años, al ver la colorida carpa, se volvió loca. Jamás la habían llevado al circo y les pidió a sus padres asistir a una función. Mis tíos ni la pescaron.Sentí un poco de pena por una niña a la que se le negaba algo tan simple. A causa de la lástima, me bajó el buen samaritano y me ofrecí a llevarla. La niña se abalanzó sobre mí con un abrazo apretado. “gracias tío”, me dijo. El momento fue bonito, digno para comercial navideño. En fin.
Llegó el día de la función. Mariana, la madre de la pequeña, trajo a Josefa (mi prima) como las nueve de la noche. El espectáculo comenzaba a las diez. Me pareció extraño que un show para niños fuera tan tarde, pero como los niños de ahora se acuestan después de las doce, no me llamó tanto la atención.
Media hora antes del show partimos a la carpa. Josefa, mi prima, estaba ansiosa.
-“¡Tío, tío! ¿Es verdad que hay leones?”.- preguntó.
- “Vamos a ver elefantes, caballos, perritos amaestrados y uno que otro payaso”.- respondí
- ¡Uhhhhh! ¡Qué bacán!- dijo, dando unos brincos de felicidad.
Llegamos a la boletería y pedí dos entradas. Pagué cinco lucas. Me salió cara la gracia, pero, al ver la expresión de alegría de mi prima, la plata me dio lo mismo.
Caminamos por la cancha con dirección a la carpa. Al avanzar, noté que el circo no tenía animales, hasta el más rasca tiene un par de monos y un famélico león. Me pareció raro pero, a lo mejor, pensé que el SAG los decomisó por maltrato. En fin, es lo de menos, me dije.
- Tío, tengo hambre.- me comentó la niña.
- Espera que te voy a comprar una cabrita.-
Josefa volvió a saltar como conejo. Sus pies levantaban polvo. Miré por todos lados y no había un vendedor de cabritas, algodones dulces o maní. “el circo pa ordinario”, reflexioné. No me quedó otra que decirle que a la salida le compraría un engaño. Josefa aceptó a regañadientes.
Al entrar, noté que había sólo adultos. Ni un solo niño. El lugar no tenía nada que ver con lo que yo conocía. Había una sola galería y en frente un escenario rectangular, muy diferente a los circos que había ido. Quedé plop, pero la niña estaba feliz porque estábamos en primera fila. Al cabo de unos minutos todo quedó oscuras y se escuchó una fanfarria y luego una voz e que dijo :
- Gran circo Timoteo, presenta.-
Recién ahí me pegué la escurrida. Había llevado a la Josefa de cuatro años a un espectáculo homosexual. La tomé de la mano intentando sacarla de ahí.
- No, no, no- Me decía la cabra chica.- Quiero ver a los payasos.-
- Aquí no hay payasos, le dije. Este no es un lugar para ti.-
En medio de la discusión, un travestí hace ingreso al escenario y mi prima grita a todo pulmón.
- Mira, mira, la mujer barbuda. -
Todos rieron a carcajadas y sentí que mi rostro enrojecía. De seguro Mariana me iba a matar



















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