Mario tiene 15 años y es alcohólico. Vive con sus padres en Izamal, Yucatán y está a punto de ser papá. Tiene una relación de 2 años con María, una joven divorciada de 22 años. Como él, decenas de personas viven con este problema en su comunidad, la del Fraile, cerca de la Avenida. Pero Mario es el único que quiere curarse, o al menos eso parece.
Hoy, Mario me llamó. "Quiero hablar contigo", me dijo, y se confesó. "Quiero ser responsable y reponerme pero no sé cómo". "No sé, Mario", contesté. "Pide ayuda a un centro de rehabilitación".
Mario bajó la cabeza. No cree en esos lugares. Cree que si entra no vuelve a salir...y si sale, no queda bien, lo van a cambiar.
"Quizás no esté preparado..."
Después de un rato en silencio, escuchándome, me mira fijamente. "Olvida lo que te dije, Javier. Al fin y al cabo puede que no esté tan mal. Es proponérselo. Yo puedo salir, seguro". Mario no escuchó ninguna palabra de la que dije. Espero que lo piense bien, aunque sea con una cerveza en la mano.








Me da la impresión de que la adicción al alcohol es peor que la adicción a la marihuana y a la cocaína, la pregunta es ¿Por que no lo prohiben también?.