Hace poco tuve que ir a renovar mi licencia para conducir y mientras esperaba mi turno para entrar a jugar con las maquinitas que demuestran mi aptitud para manejar un vehículo por el cada vez más insufrible tráfico de Santiago, recordé una anécdota que me pasó hace unos años, en una de mis primeras pegas:
Estaba yo tranquilamente trabajando en mi oficina, cuando de pronto llegó mi jefe, más sulfurado de lo habitual y reclamando como siempre, pero esta vez no era en contra de sus subalternos o clientes, sino contra la burocracia absurda de los funcionarios del departamento de tránsito de la municipalidad.El tema era que cuando fue a renovar su licencia le preguntaron si había ido en auto (en esa época el examen práctico podía solicitarse incluso a quienes iban a renovar y no sólo a los primerizos) y como había usado el transporte público para ir a la municipalidad porque estaba con “restricción”, debería volver a reanudar el trámite, haciéndole perder su valioso tiempo. Para tratar de aplacar su molestia y hacerle ver que el municipal sólo cumplía con su deber, le dije que era la ley y que era necesario, para la seguridad de todos, que los funcionarios chequearan que quienes conducíamos un vehículo sabíamos hacerlo. En ese momento noté una mala señal, la vena de su cuello comenzó a hincharse, me contestó secamente que él llevaba más de 10 años manejando... en un error propio de mis cortos años, traté de “distender” la situación y le comenté a modo de “talla” ¿Y quién te dijo que llevas 10 años manejando bien? (él no era precisamente un Fernando Alonso)... Obviamente, lejos de relajarse con mi “salida de madre”, la vena del cuello se engrosó al punto de casi estallar y me gritó: Necesito revisar el informe que vamos a presentar la próxima semana, hoy en la tarde, antes que te vallas a tu casa... En ese momento dejé su oficina y me fui a preparar el informe, mientras mi puesto de “expiador de rabias” fue asumido por un alumno en práctica que pasaba por ahí rumbo a la fotocopiadora....
Al recordar esta anécdota y como aún faltaban más de 15 números para mi turno, me puse a divagar...
Cuántas veces en nuestras vidas criticamos a los demás sólo por hacer su pega...
Cuántas veces culpamos a los demás por situaciones que son resorte de nuestro desconocimiento o simple displicencia...
Cuántas veces nos cerramos a la oportunidad de aprender, por el sólo hecho de que “tenemos experiencia”...
Por qué tenemos esa falsa creencia de que el hacer algo por un largo tiempo nos transforma en expertos y nadie nos puede enseñar ni criticar nada...
Por qué no nos abrimos a la oportunidad de aprender día a día, aún sobre aquellas cosas que creemos dominar bien...
En esto estaba, cuando un funcionario voceó mi número y tuve que ir a demostrar mis aptitudes como avezado conductor...
Saludos, paz, luz y felicidad en vuestras vidas,
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