Cuando el poeta se enfrentó a lo que tenía se cuestionó la existencia de las palabras. Por ultima vez leyó lo que había en su bolsillo y arrugó tristemente el sentido de las cosas. Pensó en alguna interpretación que alguien había hecho de el Aleph de Borges. Pero nada coincidía. No era lo que se quería decir. La televisión chirriaba con miles de incesantes puntos. Difícilmente a las tres de la mañana se podía establecer un juicio de esa calaña. o inversamente se podía establecer una idea nítida de la verdad. ¿Cuál verdad?...eeeeeh...lo que quiera que fuese el trabajo ya estaba terminado. Se quiera o no. Estaba listeilor. Y la sonrisa se apoderó de su silencio. La firma faltaba. Un lápiz de tinta negra esperaba silencioso. El pseudónimo perfectamente planeado. De pronto la duda nace. El fenómeno comunicativo. La esencia. El valor de decir si lo que construye la palabra habla por sí mismo. Y no necesariamente lo que es como que no lo fuera...el poeta tomó su lápiz y bajó las escaleras...el sol había desaparecido.







David, no te conocía. Me ha sorprendido tu relato. Lo voy a leer varias veces.
Hay algo que es distinto en el, algo que sugiere frescura y autonomía. Me gustó