Arturo Ruiz

LA CRISIS DE OCCIDENTE IX? YO


 

Yo. Nunca una noción tan simple fue tan compleja ¿qué es lo que miento cuando digo yo? El yo consiste en una serie de procesos internos misteriosos que sólo puedo aprehender por negación: yo no soy tú, yo no soy él ni ella. El Psicoanálisis ha delimitado el campo del yo a la conciencia, llamando al resto de la identidad humana el súper yo y el ello. Sin entrar a discutir con el Psicoanálisis, debemos entender que esta nomenclatura es puramente funcional y metodológica y que no remite a una verdadera ontología del yo. Cuando digo yo, miento a todos los procesos que constituyen mi identidad, muchos de los cuales son difusos y anárquicos, como los deseos y otros parecen ser absolutamente dóciles a una voluntad, como el razonamiento y la propia voluntad que me permite casi decidir adonde dirigir mi atención a cada momento.

 

Pero yo soy yo y mi circunstancia. Toda escisión que hagamos es metodológica. Sólo la abstracción permite separar el yo del entorno, porque el cuerpo es también entorno. El yo es siempre referido a, aún referido a sí mismo. La voluntad es sólo una de las tantas partes que componen esta noción, que podríamos clasificar hasta el infinito. El atributo de dirigir conscientemente nuestra atención y de interpretar la realidad según como nosotros queramos tiene límites. Se ha hablado de límites internos y límites externos. Pero distinguir entre lo interno y lo externo es una tarea tan difusa que es imposible. En mi caso personal el mundo se presenta borroso. Si no llevo mis anteojos constantemente mi entorno se transforma en una entelequia, pero ¿son mis defectuosos ojos parte del mecanismo interno de comprensión del mundo o son, como mera parte de mi cuerpo, algo que corresponde a la exterioridad? Para responder a esta pregunta debiéramos saber si es que el yo –noción fácil de señalar, pero difícil de definir –es una función del cuerpo o bien una entidad separada. Más que la imposibilidad de responder esa pregunta, la misma se revela como baladí: en rigor y en REALIDAD, no podemos separar nada de nada, pues los lazos de interdependencia son demasiado fuertes.

 

Ciertamente que la percepción del mundo exterior es una construcción entre este yo y este Mundo que no se delimitan sino metodológicamente. El yo y la circunstancia no pueden efectivamente separarse para permitir una distinción clara y distinta en su frontera, pero existe una tendencia de sentido común y psicoanalítica de dejar fuera del yo todo aquello que queda fuera del ámbito de la voluntad. Si aceptamos esta idea, tenemos que conceder que el espacio libre de condicionamiento del yo es bastante pequeño, por no decir nulo en lo que se refiere al conocimiento.

 

Este presentarse de las cosas ante mí es claramente un constructo entre aquello que la realidad me presenta y aquello que yo proceso, pero el hecho de sea yo quien lo procese no significa que este proceso sea optativo o voluntario. Ya Kant nos decía que ningún fenómeno puede presentarse fuera de las intuiciones puras ni de las categorías y que no es posible que la voluntad extraiga al noumeno de ellos y que lo valore con independencia… eso sería  la locura, si llega a confundirse con la presentación auténtica de las cosas, o Arte si es una rebelión del espíritu en contra de la obligación que le imponen las cosas, pero que se sabe creadora de un mundo alternativo distinto de aquel efectivamente real.

 

A esta presentación obligada de las cosas ante mí es a aquello que llamamos verdad. Se buscó una VERDAD así con mayúsculas pero no se encontró. Las cosas que nos hacían frente cambiaban constantemente y se resistían a ser fijadas en su esencia, a no ser de manera abstracta e eidética. Los antiguos se preguntaron si no serían aquellas ideas la verdadera realidad en vez de este mundo de cosas cambiantes y nos legaron su pregunta sin más respuesta que la apuesta platónica, que no es más que apuesta igual a la de Aristóteles y que en rigor bien poco tienen de respuestas.

 

La posmodernidad, ante la caída de los conceptos de VERDAD ha querido negar la posibilidad de lo verdadero y lo falso, permitiendo con ello la más bizarra proliferación de las teorías más extravagantes dentro y fuera de la academia. Desde las teorías que pretenden dar cuenta del mundo de una manera estrictamente artística y  voluntarista, hasta los pobres libros de “metafísica” de Conny Méndez o esperpentos tales como “El Secreto”. Pero la realidad sigue ahí y nos hace frente oponiendo resistencia y en ese oponer resistencia se encuentra lo verdadero, que nos permite el piso básico del conocimiento. No es casualidad que sean los científicos y no los filósofos quienes planteen en este momento las teorías realistas y negadoras de cuestiones teológicas. Ellos construyen máquinas siguiendo el resultado de observaciones y las máquinas funcionan, para ellos  es tan simple como ir probando por medio del ensayo y el error y del conocimiento adquirido determinados mecanismos que harán que en última instancia algo funcione sin necesidad de un dios en el modelo.

 

Enfrentando al mundo sin nociones preconcebidas nos damos cuenta de que los problemas se vuelven claros. Si entendemos al ser humano como una conciencia con determinadas características que interactúa con el mundo de una manera determinada y no como a una extraña cosa llamada alma, gran parte de los problemas bioéticos, por ejemplo, se solucionan rápidamente.

 

La mayor parte de estas nociones preconcebidas son teológicas. La necesidad de una VERDAD ETERNA no nos ha dejado ver que es verdad que, en este momento se me ha perdido el control remoto y he dejado la tele encendida o que Corso, el perro de mis suegros, en un momento dado, se subió a la mesa y se robó un hueso y que esas cosas fueron, en un breve instante inconmensurablemente lejano a la eternidad, verdad. Una vez que los mortales abandonemos no nuestro deseo de trascendencia y eternidad, sino la vana idea de que podemos aprehender algo de ella para todos a la vez… entonces podremos volver a encontrar el tesoro de la certeza.

LA CRISIS DE OCCIDENTE concluye en la próxima entrega… el escrito, no la crisis.

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