Debo reconocer ante el lector que si bien es cierto poseo una que otra habilidad, las matemáticas fueron siempre mi talón de Aquiles. Mis notas durante mis años de liceo en esta materia jamás lograron ser sobresalientes y muy al contrario, llegaron a ser el motivo de mis más grandes fracasos y frustraciones adolescentes.
Quizás por esa razón cada vez que buscaba distracción en algún diario o viendo los noticieros pasaba a la siguiente hoja o hacía zapping con el control del televisor de manera casi inconsciente, como automatizada, cuando la noticia en cuestión hablaba de números, de cifras, de porcentajes. En definitiva, de encuestas. No obstante, ante tantos estímulos visuales y auditivos sobre la materia no pude sino despertar ante esta suerte de revelación sobre una gama infinita de hechos, de realidades, de materias a tratar y es que las hay de todo tipo y para todos los gustos. Solo por dar unos ejemplos, diré que para los que gusten de la política está la evaluación del gobierno, para los economistas; ¿cómo calificaría usted la actual situación del país?, para los que velan por materias sociales; ¿ A qué teme más: a) quedarse sin empleo. B) ser víctima de un asalto?, y así podría mencionar un número casi incuantificable de preguntas y sondeos. Lo curioso de todo esto es que, jamás en mis veintitantos años me he topado con un “encuestador”, es decir, jamás he sido “encuestada”, ni siquiera por teléfono.
Entonces surgió en mi lo que se podría llamar “una duda razonable” y en una de esas bolas existencialistas y medio sicóticas me obsesioné con el tema. Fue así como una noche cualquiera, de esas en que uno está medio desvelado y por lo tanto, algo irracional, comencé a hacer llamadas telefónicas por aquí y por allá, pero no crea que el fin de esas llamadas eran del tipo: “cuestionables”. No, no hice ni llamadas obscenas ni tampoco llamé a Carabineros de Chile para decirles improperio alguno o que soplara al teléfono para limpiar la línea, ja, es mi broma favorita. No, sino que llamé a algunos conocidos y les dije: “Hola, que tal, sé que hace tiempo que no hablamos, pero lo cierto es que estoy en un trabajo part time y necesito que me ayudes con la siguiente encuesta: ¿alguna vez ha sido encuestado, descartando este llamado?. En menos de 20 minutos hablé con 15 personas. El resultado fue sorprendente… ninguna de ellas había sido encuestado nunca, ni una sola vez a lo largo de su vida y hablamos de un grupo heterogéneo, desde adolescentes de 18 hasta ancianos de 76 (mi pobre abuelita que no entendía nada y me preguntó si estaba muy jodida de plata que había buscado otro empleo). Sin embargo, esto no terminó ahí y llevé más lejos mi investigación aún. Bueno, no tan lejos en realidad, la llevé a mi trabajo y les hice a mis compañeros de labores la misma mágica pregunta: ¿alguna vez ha sido encuestado, además de ahora?. Debo señalar que después de dar algunas bochornosas excusas e inventar una historia loca poco creíble, todos respondieron. De las 35 personas que encuesté, sólo dos habían sido encuestadas. Ambas en una línea del Metro y sobre el servicio prestado por ese medio de transporte. Creo que no hay que ser premio nobel en matemáticas como para darse cuenta que algo en estas “estadísticas” no me cuadraba.
En conclusión, creo que las encuestas y estadísticas son una soberana mentira. Sé que la conclusión no es muy brillante, pero después de todo. ¿A quién le importa?. En general somos una masa de ilusos que aceptamos todo lo que se nos dice, sin detenernos a cuestionar siquiera los métodos y los resultados que se nos presentan. Algo en que pensar en esta época de elecciones.
Por: J.A.Bastías



















Excelente... Muy Bueno... Clap...Clap... Clap... :)
Es precisamente el tipo de humor que a mi me gusta... inteligente... ;)
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Saludos amistosos, Katina