Simon SP

Suda America

Suda AmericaComo una enfermedad crónica, cada cierto tiempo en Sudamérica surgen nuevas diferencias, problemas limitrofes, riesgos de enfrentamiento y enemistades trasnochadas que nos obligan a revisar documentos empolvados y olvidados del siglo antepasado, con el fin de probar que tal territorio debería pertenecer a uno u otro país, que el de abajo está usurpando terrenos que siempre pertenecieron al de arriba, o que el país de la derecha no descanzará hasta recuperar lo que le quitó el de la izquierda. Salen a relucir fechas y personajes que ya nadie recuerda, y situaciones o condiciones que solo Dios sabe si en realidad existieron.


Hace dos siglos, la colonia inglesa en nortemérica decidó independizarse y formar una unión, un país que no se llamaría ni Virginia ni Ohio ni ningún otro nombre que indique la supremacía de algún territorio sobre otro, si no que se llamaría simplemente Estados Unidos, donde cada estado tenía sus propias leyes y normas, pero bajo una constitución, moneda y presidente en común. Con el tiempo, y gracias a la sinergia generada entre ellos, llegaría a consolidarse como una superpotencia mundial. Cuando Sudamérica se independizó, en cambio, decidió que cada territorio sería completamente independiente del otro, con nada más en común que su pasado como colonia española. Dos siglos después, Sudamérica sigue luchando contra sus propias entrañas.

Hoy en día, Europa también se unifica. Comprendió que la única forma de sobrevivir y lograr nuevamente su poderío e influencia de antaño era dejando de lado los resentimientos históricos e integrarse, aunque esto signifique compartir una costitución, territorio y hasta una moneda en común con quienes hasta hace poco eran enemigos mortales. Y lo está logrando, todo indica que la Unión Europea pronto será una nueva superpotencia mundial. Mientras tanto, Sudamérica aún ve en ella misma a su peor enemigo.

En teoría, para Sudamérica debería ser mucho más facil integrarse que para Estados Unidos o Europa. Los Estados Unidos se formaron con territorios que pertenecían no solo a las colonias inglesas, si no que también españolas, francesas, rusas y parte de Mexico, sin contar con la resistencia indígena. Para que hablar de Europa, donde existen una docena de idiomas, centenares de dialectos y, en algunos casos, enemistades que datan desde mucho antes que alguien soñara siquiera que podría existir algo llamado América. En Sudamérica, en cambio, no solo tenemos un pasado relativamente reciente en común, si no que además compartimos idioma, religion y subdesarrollo. Aunque a veces nos veamos tan diferentes y distantes con nuestros vecinos, ya se quisieran en cualquier otra parte del mundo el nivel de relativa homogeneidad que existe en nuestra región, llámese Estados Unidos, Europa, Medio Oriente, África, Asia o donde se le ocurra a uno mirar en el mapa.

No hay que hacer una reflexión muy profunda para darse cuenta que los países sudaméricanos tal como hoydía los conocemos no tienen ningún futuro. Dentro de un siglo, si Sudamérica sigue siendo tan sólo una denominación geográfica para señalar el territorio donde se ubican un puñado de países totalmente independientes uno del otro, en el mejor de los casos seguiremos siendo tan pobres, insignificantes e ignorados como lo somos hoy. La única solución para salir de la pobreza y subdesarrollo crónico que vivimos es integrándonos, avanzar hasta lograr que Sudamérica no sea sólo un monton de banderitas tristes, si no que una sola nación, grande, poderosa y desarrollada. Dos siglos de frustraciones, desesperanzas, guerras y enemistades son más que suficientes para darnos cuenta y entender que ni Argentina, Perú, Chile, Brasil, Venezuela, Colombia, o cualquier otro país sudamericano, alcanzará, por si solo, la grandeza y desarrollo que deberíamos haber logrado hace mucho tiempo.

Entonces, manos a la obra. El mismo tiempo que invertimos buscando y rebuscando la forma de quitarle territorio al vecino en documentos del milenio pasado, intentemos encontrar la fórmula que permita integrarnos y lograr una identidad común para que, algún día, logremos que Sudamérica sea la nación grande y poderosa que siempre debió ser.

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