"La carta de Amor" de Pedro Lira*

Enviado por Gonzalo Maire el 12/12/2009 a las 14:21
Gonzalo Maire

“Alguien ha enviado sus deseos y esperas / en esa carta que tus dedos oprimen. / Mendigas de los ojos, ¿qué promesas / o memorias de amor? / ¿Cuáles palabras?”

“La carta”. Juan Antonio Massone.

¿En qué pensabas, Pedro, cuando diste la primera pincelada? ¿Qué hay detrás de aquella línea tan nítida, de esa belleza tan perfecta? ¿Qué matiz esconde el color tan correcto de tu obra? ¿Y qué es de aquella mujer, elegante, que muestra en sus manos lo que esconde tras su espalda? Tú musa, Pedro, me confunde. Me confunde aquella mujer de la aristocracia, de cabello tomado y cuello desnudo. Vestido vibrante, seda fina, ambiente cortesano. Alfombra tapizada. Pienso, reflexiono, indago en todas las direcciones del absoluto de tu obra. De tu tela. De tu carta. Ese terreno, inabarcable, sin límites, fértil, virgen, de tu musa inalcanzable, es un absoluto[1]. Pero un absoluto de la confusión. La incertidumbre. Lo oculto. Lo disuelto. Porque nunca enseña todo. Deja siempre algo guardado para sí. Hay algo que pensar, algo que alcanzar todavía, porque no se muestra en la apariencia. Está en la carta. En la mujer. En la puerta. En el ser. Y despojos, restos, ruinas de esa nebulosa, ese absoluto, señor pintor, son el resultante materializado de un código sesgado, desgarrado, amputado. Pluralidad y perspectiva. Lo que se ve. Está en la habitación. Las figuras. Las formas. La apariencia.  La multiplicidad. El fragmento[2].

La mujer se encuentra de pie posando con distinción mientras se inclina hacia atrás, escondiendo un trozo de papel en una habitación solitaria. ¿Duda acaso de algo, Madame? Húmeda, misteriosa, es la habitación. Distinguida, agraciada, es la mujer. Está nuestra musa en un espacio cerrado, delimitado, estructurado. En verticales, horizontales y diagonales opera el entendimiento. Allí está la razón. Pero a la vez, el tema, la escena, la pose, la libera de las ataduras matemáticas de la composición. Pareciera que puede salir de la tela si se inclinara más hacia atrás. Dime maestro ¿No crees que ella nos haga cómplices? ¿Que en realidad la carta espera ser recibida por nosotros, desde fuera de la pintura?

Así mismo me confunde, estimado Pedro, esa racionalidad pictórica, lineal, compositiva, de características armónica -casi clásica[3]- contraria a esa inestabilidad de acción. El desequilibrio que produce la duda. La vacilación de mostrar o esconder lo que ella tiene entre sus manos. La oscilación entre mostrar la pasión o subsumir el sentimiento a la racionalidad. Sí, la duda de guardarse para sí la carta, aquellas palabras, de quien está por abrir la puerta de la habitación. Pero aquella mujer no pudo esconder totalmente la carta. Tampoco pudo entregarla. Nadie abrió la puerta. Pieza muda. Paredes en silencio. El misterio. Un secreto. El misterio es un secreto. Cómplices nosotros, los morbosos, de su secreto. Ésta es tu adivinanza Pedro.

Aquella escena quedó en el momento de la duda. En un misterio. Y en el lapso de la especulación quedamos nosotros, los mirones, los curiosos. Se congeló la tela en la pura reflexión de lo que allí aconteció. Y nadie sabe lo que pasó realmente. El secreto de la Madame. Porque como ése fue su misterio, devino en su propio fragmento. El fragmento de una mujer aristócrata. Tal vez enamorada. Tal vez melancólica[4]. Y pobres indiscretos, nosotros, los entrometidos, que no pudimos saberlo a tiempo. Pero allí está la carta. Aún en sus manos. Todavía hace ademanes de entregarla a nosotros. Aunque no nos mira. Porque es un secreto. Y los secretos operan en la sutileza. ¡Observa! nos está pasando su carta coquetamente. ¡Corre Pedro! ¡Coge la carta! ¡Apresúrate antes que abran la puerta! Y me cuentas luego lo que decía.

Pero no te equivoques, curioso pensador del misterio, si creías que todo allí es óleo y tela. ¡Oh! Claro que no. No todo es composición. No todo es línea, ni color local, ni escorzo, ni claroscuro, ni luz, ni perspectiva, ni empaste, ni encuadre. Hay algo más oculto. Algo que sale de la jurisdicción de la razón. Allí donde Apolo no puede llegar. Donde lo apolíneo pierde fuerza y es superado. Ese algo es su otra cara. El sello. El sello se muestra. Intenta penetrar la tela. Acecha. Hace escaramuzas. Entra. Vuelve a salir. Busca espacios, algún lugar por donde entrar. Apolo mira, observa, vigila. Es su territorio. Él sabe. Pero su otra cara se escabulle. Se esconde de la luz. El panóptico se desestabiliza. Se cuela en las sombras mientras no te das cuenta, maestro. Pero yo sé que está presente. Yo sé que está intentando abrir la puerta, te lo digo Pedro. Es Dionisio[5]. Viene a la habitación de Apolo para encontrarse con una de sus amantes.

Deyanira, Altea, Coronis, Leucótoe… ¿Quién es esta mujer de la carta? ¿Cuál de todas las amantes es de estos dioses que ahora son ruina y polvo? ¿Y ella, esta amante, a quién dirige sus palabras impresas? Los preguntones, morbosos cómplices de la escena, ahora se preguntan el rol de la carta. Quieren conocer el secreto. Son listos ellos también. Ya saben. Allí está la solución del acertijo. Del misterio. La carta. Pedro, ahora guarda silencio. Déjanos solucionar el fragmento que nos dejaste. Tan poco falta para resolver la adivinanza. Calla Pedro, que Dionisio puede escuchar. Apolo también está alerta.  Asustarás a la amante.

Duerme, cierra tus ojos. Descansa. Mucho mejor. Ya hiciste tu trabajo y es de noche. Que el tiempo ya pasó y ahora nos toca a nosotros hablar de tu carta.

Acuéstate pintor, que ya son las siete doce de la tarde. La amante titubea de espalda.

Descanse maestro. El estupor de Apolo.

Adiós Pedro. El sueño de Dionisio.

 

 

Formato: óleo/tela, 116 x 58 cm. Museo Nacional de Bellas Artes.



* Texto literario producido para el curso "Hipertexto" de la profesora Margarita Schultz en el segundo semestre del presente año. Además, fue presentado junto con otros escritos pertenecientes a estudiantes del mentado curso en el Museo Nacional de Bellas Artes el 27 de noviembre de 2009.

 

[1] “El pensamiento tiene la peculiaridad de que, en la inmediata proximidad de sí mismo, piensa preferentemente en aquello sobre lo que puede pensar sin fin”. Benjamin, Walter. “El concepto de crítica de arte en el romanticismo alemán”. Ediciones Península. Barcelona, 2000. Pág. 41.

[2]Un fragmento, al igual que una pequeña obra de arte, tiene que estar completamente separado del mundo que lo rodea y consumado en sí mismo, como un erizo”. “Fragmentos”. Schlegel, Friedrich. Traducción de Pablo Oyarzun. 1994.

 

[3] “Acusa un dibujo admirable, una pupila fina ante el natural, exactitud para la transposici6n del modelo a la tela”. Yáñez Silva, Nathanael. “El hombre y el artista Pedro Lira”. Santiago, 1933. Pág. 12.

[4] “Todo conocimiento es autoconocimiento de una esencia pensante que no requiere ser un yo*”. Benjamin, Walter. “El concepto de crítica de arte en el romanticismo alemán”. Ediciones Península. Barcelona, 2000.

*”El conocimiento está anclado en la reflexión: el ser conocido de una esencia a través de otra coincide con el autoconocimiento de lo que está siendo conocido”. Ibíd. Pág. 90. 

[5] “¡Con qué estupor tuvo que mirarle el griego apolíneo! Con un estupor que era tanto mayor cuanto que con él se mezclaba el terror de que en realidad todo aquello no le era tan extraño a él, más aún, de que su consciencia apolínea le ocultaba ese mundo dionisíaco sólo como un velo”. Nietzsche, Friedrich. “El origen de la tragedia”.

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Refrescante leer sus líneas,  comprobar ...

Enviado por el 12/12/2009 a las 11:09 PM
Vinicio Contreras B.

Refrescante leer sus líneas,  comprobar que se puede hablar de una pintura  no solo desde el punto de vista técnico y crítico,  realmente me gustó su artículo y espero que en el futuro comente Usted  sobre algún otro cuadro  ya sea del gran maestro Pedro Lira o de tantos otros pintores chilenos,  cuyos trabajos están ahí,  esperando para enseñarnos a volar.

La Carta,  me provocó tanto,  que en un arranque de atrevimiento (locura) me atreví a copiarla,  tablilla que escondo por ahí para no pasar verguenzas y no ofender al maestro.

 

Reciba mis saludos,

 

Vinicio.

 


Juan Antonio Massone, un poeta imperdible. (por Benedicto González Vargas)

Enviado por el 12/12/2009 a las 11:24 PM
MAFALDITA

Ha llegado hasta mis manos un pequeño librito, un opúsculo casi, de uno de los más talentosos y vigentes poetas chilenos, el profesor y miembro de la Academia Chilena de la Lengua, don Juan Antonio Massone del Campo. Tuve la fortuna, hace un par de lustros, de ser su alumno en algunas cátedras de literatura de la Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez y allí pude conocer un poco más de acerca a este poeta nacido exactamente en la mitad del siglo XX (junio de 1950), y del que conocía bastante más que su nombre cuando tuve la oportunidad de asistir a sus clases. El recuerdo de aquellas clases es, tal vez, la motivación permanente que he tenido en mi vida docente para enseñar poesía. Tiempo atrás publiqué en esta misma revista un artículo llamado "Mis absurdas clases de poesía", experiencia real de mi hacer pedagógico con la palabra hecha verso, experiencia reiterada a través de mi carrera que hunde sus raíces en las clases de Massone, porque en ellas me hizo sentido la poesía en el aula y porque en ellas fui cavilando el cómo enseñarla cuando me tocara a mí estar frente a mis alumnos. Debo reconocer que este recuerdo recurrente vuelve a mí cada vez que tengo el placer de encontrarme con un nuevo libro de Massone. Generoso, como es, casi siempre los recibo de regalo, aunque alguno de ellos, como su Poemas del amor joven (Ediciones Logos, 1989), lo perseguí por todas las librerías de Santiago hasta dar con un ejemplar. Mientras asistía a la presentación de un libro de mi amiga Magdalena Fuentes en la Sociedad de Escritores de Chile (ya habrá tiempo para compartir con ustedes algo del trabajo de Magdalena), me encontré con Juan Antonio y recibí de sus manos el bello libro que quiero presentarles: En el centro de tu nombre (Ediciones La Garza Morena, 2004). En apenas 20 páginas el autor hace gala de todo su vuelo poético, de toda su henchida geografía lingüística, pero sobre todo, de una poesía rica en imágenes, metáforas y evocaciones. Todos quienes han tenido el privilegio de leer algo de Massone, no se extrañarán de lo que digo. Quienes no hayan tenido la ocasión, los invito a buscarlo en la cuantiosa bibliografía que hay de él en el ciberespacio. En el centro de tu nombre es un poemario de amor donde los poemas, numerados hasta alcanzar el número treinta y cinco, dan cuenta de una pasión que se nutre de recuerdos tan vívidos que son imposibles de contener en la intimidad de la biografía afectiva y sólo pueden liberarse a partir del acto poético que sirve de evocación y, por qué no decirlo, también de conjuro. Hay dulzura en estos versos, candor, ingenuidad incluso. Hay una suerte de revoloteo juvenil, de amor adolescente que nos transporta hasta nuestros propios recuerdos y nuestras propias biografías amorosas. Poemas de apariencia suave, pero trasfondo desgarrado. Poemas en que la imagen de la amada surge como el centro del universo del hablante lírico y en que, pese a todos los desaires, los olvidos, las desilusiones y los abandonos, el recuerdo nunca da paso a sentimientos negativos, siempre rescata lo positivo del amor. He hablado de ti a las populosas calles que ahora están desiertas; de memoria te conocería el viento en una multitud de sombras; no existe árbol que arrepienta brotes con tal de festejar tu nombre; he pedido al silencio de las nubes que imiten en parte tu mirada; por una sonrisa tuya los demás saben que estoy vivo como nunca. He hablado conmigo de ti, pero todo repite únicamente jamases.¿Puede alguien quedar indiferente ante la belleza de estos versos? ¿Puede alguien no sentirse identificado con un amor así, que se parece tanto a nuestras pasiones juveniles, aunque con el lenguaje florecido a causa de aguzar tanto la pluma para escribir miles de versos? No importa que el recuerdo sea lacerante como el dolor de no sentirse amado, no importa que el hablante bordee la queja o caiga en la tentación de enrostrar un comportamiento reprochable, los versos no renunciarán ni a la belleza ni al voto de alejar pasiones harto comprensibles como el despecho o la ira: ¿En qué palabras alguna vez dijiste quererme? Siquiera repite una que otra, porque no recuerdo ni una sílaba de tu presunto amor o de tu perdida mirada entre todas las palabras con que no me quieres.La belleza resplandece en estos versos en los que el amor es lo más importante, en los que el amor no es sólo el recuerdo omnipresente, sino una suerte de deidad panteísta que todo lo ilumina: Me tiene sin cuidado la velocidad del mundo. Desde aquel día, todas las hermosas merecen tu nombre. Pasa una mañana, pasan las tardes con todo lo que pasa. Pase lo que pasare tendría que haber nacido muerto para no amarte.Versos espléndidos y sencillos. Habrá que pedirle a Massone que nos comparta este libro a toda la comunidad hispanoparlante porque, más allá del goce estético, les aseguro, con estos versos podemos encantar a los jóvenes con la poesía. Porque vale la pena leer a Massone, los invito a revisar los siguientes enlaces:

J.A. Massone en Escritores de Chile J.A. Massone en Poetas de Chile

Otros temas de interes cultural:

Presentando a Letralia Carlitos Duarte, sonamos: se nos acaba el Limbo La historia de los libros El Premio Nacional de Literatura Feria del Libro de Cerro Navia Los ángeles en la poesía chilena Mis absurdas clases de poesía  

Enviado por profesor Benedicto González Vargas el 21/04/2006 a las 9:48
Benedicto González Vargas

 

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Saludos amistosos, Katina


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