Fernán Gómez Valenzuela

Manzana

 

Ensayo antiguo.



Si bien nuestra dieta contempla una vasta variedad de frutas, creo que, dentro de ellas, es la manzana la más importante o, por lo menos, la más influyente que existe en nuestras vidas.

Porque no nos sirve únicamente para llevársela a nuestro profesor en forma de súplica cada vez que necesitamos de su ayuda para poder aprobar un ramo, sino que todos llevamos una manzana dentro de nosotros. Quizá puedas pensar que estoy relacionándola por medio de una alegoría, pero no mi estimado lector, simplemente te recuerdo que dentro de tu laringe encuentras una, cuyo tamaño es diferente para cada uno de nosotros, que te protegerá las cuerdas vocales. ¿Y es que acaso no podríamos relacionarnos si es que no tuviéramos aquella fruta impregnada en nuestro centro comunicante? Pues creo que sí, y también deduzco que hay gente que, a pesar de haberla perdido funcionalmente, sigue teniendo esa maldita masa que a veces puede jugarnos en  contra de nosotros mismos. Me refiero a estos personajes (siempre indeseables) que sólo la poseen de adorno y nunca son capaces de usarla; aquellos que no les interesa desarrollar su intelecto, a base del desinterés y la mediocridad, dejando como consecuencia la ineficiencia de la manzana no madurada, que podría haber contribuido a poseer mayor manejo del lenguaje y también del pensamiento. Porque ¿No es el lenguaje más que la forma empírica de consolidar el pensamiento? Y es que pensar es la causa del por qué nosotros escribimos y hablamos, es decir, necesitamos de estos caracteres tangibles para poder comunicarnos. Esa es la base de nuestro lenguaje, sea cual sea el código en que se escriba.

Como pudiste apreciar, señalo que la comunicación tanto escrita como hablada (sin olvidar la comunicación paraverbal y no verbal) surge de algo tan natural, tan instintivo, tan humanamente humano: el pensar. Y cuando uno piensa, no lo hace sólo de letras ni sonidos, sino que también posee imágenes y sensaciones, sentimientos y pasiones. Pasiones. Pasiones por el lenguaje. Quizá aquí logre apuntar el dardo hacia lo que explicité en algunas prosas atrás; quizá ese sea el problema que encontramos en la gente que no desea desarrollar su manzana: no poseen pasión por éste.

Dese que somos pequeños se nos enseñan las reglas acerca de la ortografía y redacción que serán, indudablemente, imperativas para un posterior desarrollo humano (sí, piensas bien: nuestra manzana) y compresión del mundo colindante. Claro está que analizar y memorizarlas conllevan al acto de maduración, no sólo intelectual, también fisiológico, al permitir ir conjugando estos códigos, expresándolos instintivamente con la lengua y sus estructuras análogas. Todas estas reglas te adiestran a escribir, hablar y, radicalmente, a ser alguien. Porque qué importa si sabes de Marx, de Nietzsche o de Kant, si es que no sabes escribir o leer. Estos es, ser alguien. Y ese alguien tiene que tener pasión y no sólo dejarse llevar por impulsos cacofónicos que no transmiten nada. Aunque lamentablemente, también desde que somos pequeños, se nos instruye a aplacar esta pasión y sustituirla por leyes y teorías que pretenden, porque no lo hacen, hacernos creer que el lenguaje es una ciencia. Porque nosotros, los humanos, tendemos a caracterizarlo y encasillarlo todo, y somos capaces incluso de echar al basurero nuestros instintos y pasiones, con el fin de creernos más civilizados. Un ejemplo claro de todo lo que estoy planteando es la estructura que se desarrolla en la asignatura de lenguaje.

Es ahí en donde se nos instruyen materias como actos de habla o tipos de discursos, por decir algunos, aparentando una cierta rigidez en su estructura; única, inquebrantable y asimismo, completamente subjetivo. Esa es la pasión del lenguaje, la subjetividad creada por el comunicante y la subjetividad del receptor para transformar los códigos vacíos y fríos en un pensamiento que podría llegar a encadenar un cambio notable en el mismo pensamiento del receptor, pero, para nuestra desgracia, se pierde por la maldita y odiosa necesidad de explicarlo como una ciencia exacta, y por consiguiente, deja a las generaciones un lenguaje que simplemente se aprende con unas cuantas repeticiones de la materia y un café bien cargado.

Interesante resulta que la manzana también es nuestra base esencial en la cultura occidental. Adán y Eva fueron expulsados del Edén por gracias a esta frutita, y de ahí surgió, según los creyentes, el resto de la civilización y lo que se denomina pecado original.

Antes quisiera dejar a la vista de usted, mi lector, dos impresiones que encuentro sumamente urgentes e importantes para tratar el tema siguiente: La primera es que rechazo y también desconfío todas las religiones, sin que sobre o falte alguna, puesto que soy una persona rigurosamente racional y me he topado con más de alguna explicación acerca de nosotros que va más allá del pensamiento y la manzanita primaria que ya he caracterizado, y la segunda es que pretendo guiar mi raciocinio hacia el punto de vista histórico e influenciable que gatilló esta nueva manzana. ¿Por qué, se pregunta usted, aclaro mi punto de vista y omito explicaciones más extensas que podrían acarrear otros temas interesantes de analizar? Sencillo, porque  soy yo el que escribe.

Esta (santa) manzana, a su vez, produjo semillas de colonialismo, imperialismo e influencias hacia todo nuestro territorio. La sola llegada de la manzana a Bahía Cochinos, en el siglo XV, cambió el transcurso de la vida de nuestra ascendencia, junto con la nuestra. La fruta fue pasando sin misericordia por encima de cuanta otra fruta existiese, creyendo que su sabor y textura resultaba el más apropiado para personas que, para los fruteros, estaban faltos de la primera manzana. Creían que, puesto que incluso muchos de ellos aún no poseían una manzana madura, la única forma de reemplazarla era por medio de la “santa manzana”. Lo más terrible de hoy en día, es que la gente a nuestro alrededor no quiere o simplemente hace caso omiso al llamado de personas que les aclara que la manzana que llevan en sus vidas no es la manzana que plantaron en su jardín, sino que es la que cae del árbol extraño dentro de nuestro terreno; tomándola, llevándola a la cocina, lavándola y poniéndola en el frutero como una reliquia para sentirse orgulloso. Es por esto que hago un llamado a ti, lector, de tomar la manzana de colores por fuera, pero que por dentro guarda una obscuridad que va pudriéndola a medida que pasan los años, y tirarla al basurero para ir en busca de nuestra manzana que ha sido reemplazada injustamente, o, quizá, tener las agallas y la decisión de crear una manzana nueva que satisfaga tu vida, claro está, sin tener que pasar por encima de las demás.

La forma en que “ataca” a la gente es a través del temor; teniendo a cada una de las personas con una especie de amenaza que impide un libre comportamiento psicológico frente a la vida; no tengo que llegar muy lejos para poder explicarlo por medio de un ejemplo conocido por todos, la sexualidad, algo que resulta ser tan esencial en nosotros, no por el hecho de ser humanos, sino que por ser animales. Resulta que esta “santa manzana” es grotescamente antinatura, ya que se le observa yendo más allá del comportamiento cívico-moral que pudiera tener una persona; es decir, a límites que no necesariamente están controladas por la razón, como en el caso planteado: termina por dejar amenazado a la persona con un aparentemente inofensivo “después del matrimonio”, explicitando una condena perpetua a los infiernos. Así es como funciona. Así es el terror que provoca en cada uno de nosotros.

Y hay veces en que ni siquiera necesitamos tener esta santa manzana en nuestra cocina para sentir como va accionando en el cambio de comportamiento que llevamos en nuestras vidas. La tenemos a nuestro alrededor, todo momento, todo segundo. Incomprensible para mí resulta verla tomando decisiones acerca de nuestra educación, de nuestra salud, de nuestro permanente quehacer. Porque yo ya estoy cansado y envuelto de cólera de tener que pretender que todo está bien, sólo por simpatizar con aquella gente que cree que su santa manzana es realmente incuestionable. Me es totalmente desagradable encontrar personas que están dispuestas a hacer añicos a la otra fruta del vecino, por sólo el hecho de creer tener la última palabra; ver que las decisiones se toman únicamente a favor de mantener esta manzana vigente, porque: ¿Qué sería de la gente si no tuviera a esta santa manzana pensando y decidiendo por ella? Pues, obviamente, tendría que empezar a lucir su otra manzana, aquella manzana que nos rebela un mundo totalmente pensante, en un mundo en donde la gente no se quedaría sumergida en esta mediocridad que intenta imponer la “santa manzana”, y no es conveniente, para los de la “santa manzana” que aquello ocurra, puesto que una persona que es capaz de utilizar su primera manzana, logra corretear a aquella manzana inquisidora y  podrida. Para poder llegar a esto es necesario primero desarrollar la otra manzana y luego perderle el miedo que intenta inculcar la “santa manzana”.

Una manzana, diferente a las otras dos, cambió radicalmente nuestra perspectiva de la realidad, de nuestro racionamiento, influyendo tanto en la primera como a la manzana inquisidora. Me refiero a la manzana de Newton, que edificó la filosofía del siglo XVIII sobre un fundamento sólido. Este fue el gran avance de la humanidad: el desarrollo de la ciencia moderna. Y, lo llamativo, es que también vino de una manzana (lo más cómico es que algunos que todavía apoyan la “santa manzana” creen que fue aquélla la que cayó sobre el físico). Pero, si así fuera ¿Podría haberse desarrollado la manzana de Newton como una santa manzana? Pues, obviamente que no, por las razones que declaré, explícitamente, en párrafos anteriores: La santa manzana no admite cuestionamientos, y la “manzana del físico” es completamente cuestionamiento puro. Ahora, si no fuera la santa manzana, sería lógico entonces pensar que debería de ser la primera manzana que actuó sobre Newton; pero no es así, puesto que la primera manzana actúa como consecuencia de ésta (la manzana de Newton). Entonces, ¿De dónde sale la manzana de Newton, y por qué no se puede caracterizar en ninguna de las dos? Creo que la gran diferencia que se presenta entre las dos anteriores y la de Isaac Newton, es que la última no actúa como una abstracción, sino que simplemente es un objeto tangible, que realiza su acción sin consecuencias propias, es decir, no ejerce una influencia directa sobre la humanidad.  

Y hago un llamado de atención a la gente para que se preocupe por su manzana, puesto que una fruta que se mantiene enormes intervalos de tiempo sin el más mínimo cambio de posición, tenderá a pudrirse, y lo más preocupante sería que le traspasara sus infecciones a las demás cercanas a ella, provocando un desastre en cadena, que daría como resultado el desgaste esencial humano.

Aunque bien podría usted aclararme que el recambio de manzanas nos permitirá, no solamente cambiar una sola, sino que quizá podría llegar a realizar una transformación del tipo de frutas, lo que sería algo notable para nuestra naturaleza racional, debido a la aparición de nuevos desafíos en nuestras vidas. ¿Sería usted capaz de cambiar la fruta, que lamentablemente lleva harto tiempo (demasiado tiempo), por otra, sin siquiera saber qué resultados podría gatillar esta hazaña; o cree que, por miedo y mediocridad, es mucho mejor permanecer en una posición de “status-quo”, sin necesidad de llevar a cabo alguna cierta crítica al frutero?.

Y mis razones de cambio son las siguientes: la primera manzana, porque  la estamos haciendo madurar cada día con mayor dificultad y deficiencia; la segunda, ya que realmente no es la que hemos plantado a nosotros, y está atacando directamente a la primera; y finalmente la manzana newtoniana, porque es sano cuestionarnos lo prematuramente cuestionado

Y algo es indiscutible: las manzanas de la humanidad se están pudriendo y la plaga avanza mucho más rápido de lo que aparenta.

 

 

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