Sherlock Holmes

Clonación de Híbridos: ¿Hay que ponerle límites a la ciencia?

Publicado paralelamente en La Fuerza de la Razón 

   Recientemente, la Autoridad de Fertilización Humana y Embriología (HFEA en sus siglas en inglés) del Reino Unido ha dado la autorización a los científicos de su país para implantar núcleos humanos en óvulos de vaca.

   Estos nuevos seres serían 99% humanos y 1% animales (vacas, en éste caso. El 1% corresponde al ADN mitocondrial, que está fuera del núcleo)

   Los científicos pretenden que esto es un simple tema de "progreso", de "avances científicos", de hacer siempre más y más sin tener límites. Tratan de despreciar así el dilema ético que esto plantea...

   Sin embargo ¿Adónde nos pueden llevar modificaciones a este nivel de los procesos naturales (tan complejos que actualmente los comprendemos sólo en parte)? ¿Somos capaces de prever las consecuencias que esto puede traer? ¿Es legítimo intervenir la raíz misma de lo que somos, nuestra información genética?

   Lo que quiero es compartir con ustedes un texto de la genial Oriana Fallaci en torno a éste tema. Atea declarada, fue tratada hasta de "sierva del Vaticano" por decir algo que es evidente: las ansias de la ciencia por hacerlo todo yendo más allá de los límites impuestos por la prudencia y la razón puede encerrar nuestra propia destrucción, o algo peor.

Nosotros los caníbales (investigación con embriones)

Oriana Fallaci
Artículo publicado en El Mundo, los días 9 y 10 de junio de 2005
Traducción: José Manuel Vidal

Italia celebrará un referéndum los días 12 y 13 de junio donde los ciudadanos de ese país decidirán si quieren que se permita la investigación con embriones humanos, si se profundiza el desarrollo científico en áreas como la fertilización asistida y las pruebas con células madres. A raíz de la consulta a la población, la escritora Oriana Fallaci publicó en el Corriere della Sera un artículo que El Mundo reproduce íntegro por la actualidad que posee el tema en nuestra sociedad y la necesidad de un debate entre ciudadanos debidamente informados. En Italia se votarán cuatro cuestiones de una ley considerada muy rígida. El primer punto permitirá derogar el artículo que impide la investigación sobre embriones ?el asunto más controvertido?; mientras que los tres capítulos restantes son mucho más técnicos y dependerán, en esencia, del primero.

No, no me gusta este referéndum en el que los mecenados del doctor Frankenstein votarán por simple partidismo político o miopía moral. Es decir, sin razonar con su propia cabeza, sin escuchar a la propia conciencia e, incluso, sin conocer el significado de las palabras células?madres?ovocito?blastocito?heterólogo?clonación, y ciertamente sin preguntarse o sin entender qué hay detrás de la ofensiva en pro de la libertad ilimitada de la investigación científica. De hecho, el 12 de junio no utilizaré mi derecho al voto, y con todo el corazón deseo que la ofensiva fracase estrepitosamente. Un deseo que se reforzó el día en que en el Liceo Mamiani de Roma el más autorizado promotor de las cuatro preguntas referendarias hizo una broma que parece un chiste del jefe de los payasos del viejo teatro de variedades: «Si el embrión es vida, masturbarse es un suicidio» (Señor mío, a los estudiantes debería haberles hablado de libertad y no de masturbación. Les habría debido recordar lo que dice Platón en el Libro VIII de la República, cuando escribe que de la libertad degenerada en libertinaje nace y se desarrolla una mala planta: la mala planta de la tiranía. No se trata aquí de masturbarse. Se trata de explicarle a la gente que la libertad ilimitada, es decir sin freno alguno y sin ningún sentido moral, ya no es Libertad sino libertinaje. Inconsciencia, arbitrio. Se trata de clarificar que, para mantener la Libertad, hay que ponerle límites con la razón y con el sentido común. Con la ética. Se trata de reconocer las diferencias que hay entre lo lícito y lo ilícito). No me gusta este referéndum, porque aparte del astuto chantaje con el que la llamada clonación terapéutica justifica sus perversidades, es decir promete curar enfermedades, amén del obvio cuento de siempre que con ese chantaje se llena los bolsillos (por ejemplo, la industria farmacéutica, cuyo cinismo supera al de los mercaderes de armas), detrás de este referéndum hay, además, un proyecto o, incluso, un objetivo inaceptable y terrible. El proyecto de reinventar al Hombre en el laboratorio, transformarlo en un producto para vender, como un bistec o una bomba. El propósito de sustituir a la Naturaleza, manipular la Naturaleza, cambiar o, incluso, desfigurar las raíces de la Vida, deshumanizarla masacrando a las criaturas más inermes e indefensas.

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Es decir, a nuestros hijos jamás nacidos, a nuestros futuros nosotros mismos, a los embriones humanos que duermen en los congeladores de los bancos o de los institutos de investigación. Masacrarlos, reduciéndolos a fármacos para inyectarse o tragar o, incluso, haciéndolos crecer lo suficiente para matarlos como se mata un ternero o un cordero y extraerles los tejidos y órganos para venderlos como se venden las piezas de recambio de un coche.

Todo esto me recuerda a Un Mundo Feliz de Huxley, sí, al abominable mundo de los hombres Alfa y Beta y Gamma, pero sobre todo me recuerda la obscenidad de la eugenesia con la que Hitler soñaba crear una sociedad formada sólo por rubios con ojos azules. Me recuerda a los campos de Auschwitz y de Mauthausen, de Dachau y de Birkenau donde, para apresurar la producción de la raza aria intensificando los partos gemelares de las rubias con ojos azules, el doctor Mengele hacía experimentos con los gemelos. Gracias a la ilimitada libertad de investigación que le había concedido Hitler, Mengele martirizaba, asesinaba y, a veces, los viviseccionaba. Por lo tanto, ojo con los cuentos y con las hipocresías.

Los Frankenstein

Si en lugar de Birkenau, Dachau, etcétera, ponemos los institutos de investigación gestionados por la democracia, si en vez de gemelos viviseccionados por Mengele, ponemos los embriones humanos que duermen en los congeladores, el discurso no cambia. No en vano, cuando hace ocho años los ingleses crearon la oveja Dolly, en vez de saltar de gozo me recorrió un estremecimiento de horror y dije: «Estamos acabados. Vamos a una sociedad hecha de clones. Volvemos al nazismo».

Frankenstein y sus mecenados (juristas, periodistas, editorialistas, actrices, filósofos, grillos cantarines, miembros de la Academia de Línceo, políticos en busca de votos, médicos en busca de gloria) no quieren oír ese «Estamos?acabados, vamos?a?una?sociedad?hecha?de?clones, volvemos?al?nazismo». Cuando centro el discurso sobre Hitler y sobre el nazismo o sobre Mengele, se hacen los ofendidos e, incluso, los escandalizados. Parlotean de prejuicios y protestan por la ilegítima comparación. Y después, en el más puro estilo bolchevique, te ponen en la picota. Te llaman tonto, meapilas, siervo del Papa y del cardenal Ruini, mercenario de la Iglesia católica. Te rechazan con palabras como retrógrado?oscurantista?reaccionario y, dándoselas de neo?iluministas, de progresistas, de vanguardistas, te echan en cara las acostumbradas banalidades.

Repiten que no se le pueden poner calzones cortos a la Ciencia, que el Saber no puede tener freno, que el progreso no puede detenerse, que los hechos son más fuertes que las razones y que el mundo camina hacia delante a pesar de los obtusos como tú. Como yo. Con estúpido sosiego declaran que el embrión no es un ser humano: es una simple?propuesta?de?ser?humano?o?de?ser?vivo, un?simple?conjunto?de?células?que?no?piensan. Con bufonesca seguridad proclaman que no tiene alma, que el alma existe si existe el pensamiento, que la sede del pensamiento es el cerebro, y el cerebro comienza a desarrollarse dos semanas después de que el embrión se ha instalado en el útero materno.

O que un feto comienza a pensar sólo al octavo o al noveno mes de embarazo, que, según Santo Tomás de Aquino, hasta el cuarto mes somos animales y, por ende, es lo mismo proteger los embriones que los chimpancés. Es inútil objetar que Santo Tomás de Aquino vivió en el 1200 y que de genética entendía lo mismo que yo de ciclismo. Inútil replicar que parapetarse tras el silogismo «Cerebro?Pensamiento?Alma?igual?Humano» es una estupidez. Una ofensa a la lógica. También los animales tienen cerebro, por favor. También los animales piensan. Ergo, si nos atenemos a ese silogismo, también ellos deberían tener un alma y ser considerados humanos.

Inútil observar, por último, que sobre la formación del pensamiento?alma no sabemos absolutamente nada. Ni siquiera lo que se sabía sobre el átomo cuando Enrico Fermi halló el del uranio 235 y descubrió que su núcleo medía una cienmillonésima de milímetro y podía desintegrar en un momento ciudades como Hiroshima y Nagasaki. ¿Y si lo infinitamente pequeño albergase mucho más que lo infinitamente grande? ¿Y si el cerebro?alma del embrión midiese todavía menos que una cienmillonésima de milímetro y la miopía moral (así como intelectual) no consiguiese descubrirlo? ¿Y si, consiguientemente, el embrión pensase, sufriese como sufrimos nosotros, cuando Zarqaui nos corta la cabeza con su cuchillo halal?

El hecho es que las afirmaciones que no se apoyan en pruebas son teorías y punto, presuntas certezas por conveniencia o por oportunismo lanzadas como absolutas certezas, puntos de vista basados en el presuntuoso espejismo de recibir un Nobel al que sin pudor alguno y sin mérito alguno optan y ambicionan muchos descaradamente. Dogmas que no valen más que el mío. Incluso valen mucho menos que el mío, que no se basa en cálculos, en conveniencias ni en oportunismo. ¿Y cuál es el mío? El que expreso en Carta a un niño jamás nacido, un libro que comienza con estas palabras: «Esta noche he sabido que existes. Una gota de vida escapada de la nada». Mi dogma es el que repetí en la entrevista al Foglio, cuando los neoiluministas y los progresistas y los vanguardistas aplaudieron la condena a muerte de Terri Schindler o, si ustedes quieren, Terri Schiavo. (A su juicio, culpable de haber dejado de pensar, de no tener ya alma, de no poder asistir todos los domingos a la misa llamada partido de fútbol). Es verdad que también yo, sin tener las pruebas que Fermi proporcionó sobre el núcleo del átomo, creo que desde el momento en que el espermatozoide fecunda al óvulo y la célula primaria se convierte en dos células y después en cuatro y después en ocho y después en dieciséis, en definitiva empieza a multiplicarse, somos ya lo que seremos. Es decir, seres humanos. Quizás no todavía personas, dado que una persona es el resultado de la esencia innata y de las experiencias adquiridas tras el nacimiento, pero seguramente un ser humano. El embrión que florece en un óvulo de un piojo es un piojo. El embrión que florece en el óvulo de un perro es un perro (el ejemplo del perro lo pone incluso monseñor Sgreccia). El embrión que florece en el óvulo de un elefante es un elefante. El embrión que florece en el óvulo de un ser humano es un ser humano. Y no me importa en absoluto que, esta vez, mi opinión coincida con la de la Iglesia católica. Con la del Papa Wojtyla y con la del Papa Ratzinger, con la del cardenal Ruini y con la de los obispos, arzobispos y sacerdotes que se opusieron al divorcio y al aborto. (También yo detesto el aborto y para dar mi voto favorable al aborto, me vi presa de profundos dilemas. Pero considero el divorcio como una conquista de la civilización y, por él, me batí con uñas y dientes).

[...]

Quienes de buena fe favorecen el Mundo Feliz se protegen siempre bajo el paraguas de las palabras Ciencia y Progreso. Quizás las palabras de las que más se abusa tras las de Amor y Paz. Pero sobre la interpretación de la palabra Progreso e, incluso, sobre el concepto del llamado Progreso, las opiniones no concuerdan.

[...]

Pero la Ciencia es como el fuego. Puede hacer un gran bien o un gran mal. Como el fuego, puede calentarte, desinfectarte, salvarte o bien incinerarte. Destruirte. Como el fuego, a menudo hace más mal que bien. Y la razón es precisamente que, como el fuego, no se plantea problemas morales. Para ella, todo lo que es posible es lícito. No se deja atrapar por la retórica. La Ciencia nunca tuvo escrúpulos ni remordimientos. Siempre se arrogó el derecho de hacer todo lo que quería hacer y que quiere hacer porque puede. Y, al hacerlo, nunca se preguntó si era justo. Más aún, como una puta que vende su cuerpo, siempre se vendió al mejor postor. Siempre buscó los Premios Nobel, su vanidad, su delirio de omnipotencia, su deseo de sustituir a la Naturaleza (Ratzinger dice «sustituir a Dios»). Y nunca tuvo en cuenta a sus víctimas. Ni siquiera las tenía en cuenta el sublime Leonardo da Vinci que, como pintor, pintaba exquisitas Madonnas y exquisitas Monnas Lisas y exquisitísimos Señores con el Armiño, pero, como científico, ofrecía sus servicios a Ludovico Sforza y proyectaba máquinas de guerra entonces inimaginables. Súpercañones, súpertanques, súperhelicópteros para bombardear a la gente.

[...]

Y paciencia, si saben perfectamente que la decisión es un incentivo al aborto, perdón, a la interrupción voluntaria del embarazo. (Así se dice en el lenguaje Politically Correct). Paciencia. Si saben igual de bien que, para muchas mujeres y para muchas parejas, el comercio de los hijos abortivos es un negocio bastante rentable.

[...]

Y es que garantizan hijos de concursos de belleza, ¿entiende? Hijos a medida, elegidos en el menú de la eugenesia y de la biotecnología. A este respecto, Godin cuenta haber encontrado en un sitio de Internet este anuncio: «Se busca óvulo bello e inteligente procedente de una estudiante muy deportista y alumna de un colegio muy famoso». Y ahora díganme si estas investigaciones, para las que los promotores del referéndum invocan la libertad iluminada, no se pueden asociar a los campos de Dachau, de Birkenau, de Auschwitz y de Mauthausen. Díganme si estas investigaciones, aparentemente hechas para curar enfermedades, en realidad no apuntan a algo que se asemeja mucho al hitleriano sueño de una sociedad compuesta sólo por rubios con ojos azules. Díganme si, con el pretexto de la terapéutica, la Ciencia y el Progreso no contemplan un mundo de superhombres

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Coca
dijo : -----------------

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usa el amor como arma en tus batallas

 

en la ciencia estos seudo-diosillos, están jugando con lo único valioso que nos va quedando, la dignidad humana.

La ciencia está al servicio del hombre y su necesidad , Y no para servirse del hombre, científicos poco éticos, con una inmoralidad igual o peór que los que los auspician, los políticos.

Aberración inclemente

En que minuto dejaremos de ser tan mortalmente inferiores a nada.

saludos

desde mi colina negra

coca

06/09/2007 a las 13:59
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