Rogelio Nuñez Castellano, Doctor en Historia de Iberoamérica
Roberto Micheletti es uno de los hombres más odiados y amados de Honduras, y de América latina. Para unos es "goriletti", sinónimo de gobernante autoritario y antidemocrático. Para otros, es un salvador de la patria que libró a Honduras de caer en las garras del chavismo: "homenaje a quien nunca se rindió" era uno de los lemas de sus partidarios en el homenaje que le rindieron el 17 de enero pasado.
Más allá de las pasiones partidista coyunturales, si algo ha quedado demostrado en estos meses es que Micheletti era el único de los jugadores del tablero hondureño que sabía lo que quería, cuándo lo quería y cómo conseguirlo. Desde el golpe de 28 de junio que derribó a Manuel Zelaya, Micheletti tuvo claras varias cosas. Primero, que el expresidente Zelaya no debía volver nunca a la presidencia: "el compromiso de él (Zelaya) con Chávez no era una cosa de pláticas, era de hechos. Él (Zelaya) tenía que entregar al país a ese dictador para que él (Chávez) pudiera poner sus botas encima de este país".
Segundo, que Honduras tenía que resistir las presiones internacionales pues si bien es muy dependiente de la ayuda internacional, eran sólo seis meses los que restaban para el traspaso de poder. Según Micheletti "retirarme del cargo significaba prácticamente ceder a presiones internacionales y aceptar que habíamos cometido un error".
Y tercero, en esa táctica lo más importante era celebrar elecciones presidenciales en noviembre para que el nuevo presidente, totalmente legítimo, tomara posesión en enero. Micheletti sabía, como finalmente está ocurriendo, que poco a poco los diferentes países que habían aislado a Honduras irían aceptando al nuevo gobierno. La clave de todo era que EEUU reconociera, como ya lo ha hecho, el proceso electoral: Honduras ha sido un aliado histórico del vecino del norte así como su principal inversionista y socio comercial.
Hasta ahora, solo Perú, Colombia, Panamá, Costa Rica y EEUU han reconocido el resultado de las elecciones. En la acera de enfrente se encuentran los países miembros de la ALBA (Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba), así como Brasil y Argentina. Entre ambos lados un conjunto de países que aún no se han definido, como España que en palabras de su canciller Miguel Ángel Moratinos, "ni reconoce ni ignora las elecciones en Honduras".
El plan de Micheletti se ha cumplido paso a paso. Vetó el regreso de Zelaya a la presidencia. Aguantó la presión internacional y, a través de largas y tediosas negociaciones, dilató la solución a la crisis. De esa forma, se llegó a las elecciones presidenciales que ganó Porfirio Lobo, que son la puerta hacia la solución: la próxima administración tendrá todo la legitimidad democrática y eso va a ir descongelado la precaria situación internacional hondureña, sobre todo, porque cuenta con el respaldo del aliado fundamental, EE.UU.



















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