Roberto Ruiz T.

BLUES DE CHILLAN

 

E L T R O M P O .

(Chillán, Septbre. 2007)
Era el otro día de nuestra fiesta nacional. Eso significaba que en el pueblo, la mayoría de sus habitantes llevara a cabo alguna de esas cosas desacostumbradas, como dormir hasta más tarde, reponiéndose tal vez de una pesada juerga. Jugar junto a sus hijos, organizar una excursión por los alrededores y comer. Comer harto, sobre todo aquellos platos suculentos y ensoñadores, que más tarde por cierto, traerían más de alguna complicación digestiva. También el degustar, sin mucha medida, los exquisitos caldos de la zona central del país.

 

 

El ajetreo en las calles por tanto, era mínimo. Uno que otro transeúnte trasnochado se divisaba transcurrir lentos sobre la vereda, en contraste con otros inquietos inquilinos del lugar: - Los perros. Muchos perros. Perros de todos los colores y linajes. Dueños del aire y el espacio, en ese tranquilo acaecer provinciano.

 

 

De pronto lo vi, ... Y fue como despertar de nuevo a la alucinación.

 

 

Serían tal vez las brisas de este septiembre, porque mi espíritu estaba como predispuesto a recibir todo lo que significara nueva vida, o tal vez un existir anterior de recuerdos valiosos, atesorados en el tiempo. Y esto, lo era... La grácil silueta de un trompo, dormido sobre la estera del feriante, se fijó en mis retinas e hizo saltar, inclemente, los cuadros olvidados desde niño.

 

 

Desgraciadamente sé, que a medida que pasan los años muchas de estas veneradas imágenes se desdibujan, cambian muchos de nuestros valores más preciados y convincentes, mientras el dorado de sus recuerdos se diluye, hasta casi desaparecer.

 

 

En este caso, comprobé que conmigo, no sucedía eso.

 

 

Era más bien un jubiloso hallazgo. El de descubrir como algo nuevo, aquello que nos hizo tan feliz en la infancia. Era eso y nada más. Pero era algo como un todo, algo muy importante, una pequeña grandeza, como una de aquellas pocas tardes en que, fija la mirada en el horizonte (lo que no ocurre desgraciadamente todos los días), el paulatino ocaso del sol no termina de sorprendernos.

 

 

En esos ensoñadores instantes, se siente que no se necesita más. Que nuestros íntimos deseos se encuentran más que satisfechos y de verdad no trae otro devenir más importante.

 

 

Por lo tanto, el momento es mágico.

 

 

¡Ahora, el trompo multicolor me hablaba sólo a mí! - Y yo absorbía cada una de sus palabras, donde comentaba de su añoso y arbóreo pasado y el ansia de liberarse en una danza universal, que arrastrara a todos en una vorágine de simples melodías, suspiros y cadencias. No era sólo un objeto de madera en ese instante, sino que tuvo además la paciencia de escuchar desde lo más íntimo de mi ser infantil, gota a gota, cada una de mis añoranzas, de mis recuerdos. Y supe entonces que descodificaba perfectamente su idioma, su murmullo, de su cabeceo, el ronronear, el golpe de la púa sobre el suelo y la brusca sorpresa de la perilla encadenada a su destino.

 

 

Me contagié con la serenidad de sus colores tan vívidamente impresos, en su redondo vientre y su lanza belicosa, que buscaba en su repicar contra el suelo, su único afán y mi naciente delirio.

 

 

Imaginé su girar como una risa desbocada y cada uno de sus golpes sobre la tierra, como un beso dulce, ansioso y empapado. ........... Y, fue así como esta tarde, el trompo y yo decidimos quedarnos, el uno al otro, algo como una comunión perfecta entre los dos. Él: madera, hierro, danza, cuerda y colores. Yo: fuerza, destreza, ilusión y ensueño. Una unión tierna, eterna e inolvidable.

 

 

Muchas veces llega la calma a nuestros corazones y su hastío. Entonces no hay gritos, ni risas, ni ardiente sol, ni nubarrones.

 

 

Pero él, hacía tiempo que estaba allí y yo no era más que una visita embelesada, que surgía desde los abismos de la espera. Pero ante esa presencia intuí que en cada movimiento que hiciera, en cada roce de su aplastada esfera y en cada uno de esos motivos entregados por su dueño-artesano-padre, poseía la grata cualidad de borrar el ingrato ayer, el desapego y las incertidumbres del desamor.

 

 

Entonces me incliné cual un sutil amante, humilde y resignado. Recibí de respuesta una cruel tormenta de imaginarios celos, ante la cual antepuse mis rezongos de hombría aleonada y llegué a amenazar su amarre, con la lienza de mis bravíos desvelos.

 

 

Dicen que mirar la luna en creciente es mala señal y hace aparecer verrugas en las manos. Supe que no era fecha de augurios. Sólo puedo decir que todo transcurría plácido y calmo, hasta el momento en que lo vi sobre el mesón del artesano. Su reflejo calzó justo en mi espejo antiguo, surgió un reguero de sangre desde el olvido y entonces, sólo entonces, revivió bruscamente el adiós, desde el ayer.

 

 

La distancia se hizo infinitamente corta y supe además, que decir un adiós era adiós para siempre. Nunca más escucharía su voz y lo peor, no escucharía nunca mi propia voz, como algo verdadero.

 

 

Ahora y desde entonces, ensayo nuevamente su coreografía. Sé que la entienden aquellos que como yo, corrieron o siguen corriendo tras una ilusión, que es tan frágil como la espuma, pero es mejor que las estériles arenas del desierto que absorben toda el alma y nuestras vidas...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Malú
dijo :



Muy lindo relato, me hace retroceder en el tiempo...creo que aún conservo uno de ellos.

saludos fraternos

Malú 

20/09/2007 a las 15:42
pachi vargas
dijo :  me encantó tu historia. Me quedo con esta frase sobre el baile del trompo: "...comentaba de su añoso y arbóreo pasado y el ansia de liberarse en una danza universal.  Me hizo pensar en los planetas, en las constelaciones enteras que giran en una danza universal parecida al movimiento simple y pequeño del trompo.
20/09/2007 a las 19:35
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