De la Boda a la Prisión

Enviado por carlos delfante el 10/03/2010 a las 5:11
carlos delfante

Descubriéndome estar grisáceo de preocupación mientras aguardaba que el relajamiento muscular consiguiese apaciguar la hosquedad de mis pensamientos, fue cuando, dicho y hecho, fui interrumpido por imponderables especulaciones como si me encontrase en el fondo de los océanos al igual que Neptuno, sintiéndome ponderoso, pero más bien sereno, suave, tranquilo como es que deben sentirse esas divinidades. Algo imprescindible para las volutas de la creatividad.

Con todo, hubo una época en la cual Harpócrates, el abstinente dios del silencio, ordenó que las criaturas del universo fuesen módicas y prudentes al expresarse sonoramente, dictaminándoles que ellas mostrasen sabiduría y más harmonía en el relacionamiento interpersonal, para con quienes sólo buscaban la honestidad de la mímica pura, o el gesto meramente sutil de la onomatopeya.

¡Impresionante! Fue sólo cerrar las bocas al unísono, que pronto se concibió sosiego en el mundo todo, y entonces, cada cual pudo dar oídos su propia conciencia y pasó a emitir señales internacionales de buena conducta.

Sin embargo, hoy, ya pasados algunos milenios de esa mitológica e ilustrada ponderación greco-divina, tiro los tapones de mis oídos… ¿y qué es lo que escucho? ¡Nada! Si, nada que va más allá de las puerilidades habituales y el ruido ensordecedor de esos onomatopéyicos hablantes, discursando sus disipaciones para una multitud de enfermos auditivos que permanecen allí, híspidos, pétreos en esa quietud turulata de quien no piensa, o más bien de quien, sus propios pensamientos no alcanzarían para llenar de aire, ni mismo a un preservativo vacio… ¡Lamentable!  

Y al ponderamos sobre lo que resta del Refinamiento, es ahí que la cosa se agrava, porque oímos y vemos de todo, excepto lo necesario; lo que me lleva a recordar a Otto Rino Seronth, el austero pedagogo alemán que tuvo el simultaneo mérito de haber tutorado “Al Capone” comiendo alcaparras y, mismo estando de boca llena, alcanzar a decir que: “el ruido, es simplemente un mal olor para los oídos”… ¿No es genial?

¡Pues bien!, probablemente por causa de esa imponderable costumbre que tienen los seres mortales de querer estropear su propia vida, es posible que se puedan comprender ciertas actitudes; sino, como explicar la injustificable reacción de esta mujer que intentó arrollar a una ex novia del esposo… ¿He?

 De acuerdo con lo que informa el diario “Cape Cod Times”, de Hyannis, Massachusetts, la señora “Marissa Ann Putignano-Keene”, lanzó el vehículo que estaba dirigiendo, contra la otra mujer y el hijo de ésta, cuando ellos se encontraban en un estacionamiento, según lo comunicó la autoridad policial que fue citada por el diario.

No en tanto, lo inusitado del caso, según las autoridades, es que esta pareja recién había acabado de contraer matrimonio en la alcaldía de Barnstable. Pero por causa de ese incongruente comportamiento, los dos recién casados tuvieron que pasar su noche de bodas en celdas separadas. No en tanto, cuentan que los policiales no fueron tan descorteses con los dos incivilizados, porque antes de encarcelarlos en la prisión del condado, primeramente les permitieron que destaparan la botella grande de champaña… ¡Deslumbrador!

En lo inaudito de la hazaña, la víctima (la ex) de la intentona, declaró a la policía que hacía tiempo que ella había tenido relaciones íntimas con el recién casado, -“pero nada más”- terminó explicando.

Por otro lado, la flamante esposa fue acusada de ataque y agresión con un arma peligrosa, y su esposo, Timothy Keene, de 37 años (pelotudo de nacimiento), que en el momento viajaba en el vehículo con ella, fue acusado de conducta escandalosa.

Habituado que he quedado ante tantas escatologías sociales, reafirmo que el ser humano ha abierto de vez las compuertas de su mente para la imaginación, convirtiendo el aburrimiento del vivir cotidiano, un poco más suave que la severidad y el rancio victoriano de otrora, una actitud que hace aridecer con lirismo las imágenes inconscientes y el deletéreo sueño de los surrealistas, como bien lo probó Arthur Cravan, escritor, poeta y pugilista suizo, que abandonó las amenidades queseras de Lausanne, para ahogarse de vez en las deprimentes playas de un México zapatista… ¿No es una actitud laureada?

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