La opinión pública ya no es el espacio del reconocimiento, de la diferencia, de la diversidad. Es el espacio monolítico de la sociedad, del arkhé despotiqué, de la esclavitud, de la sujeción, de la mismedad. Es un cuerpo sin sustancia que fundamenta sus lógicas en el sentido común. Usualmente no elabora, no se detiene un segundo en reflexionar sobre tal o cual acontecimiento, no analiza ni se pregunta nada.En lo contemporáneo le llamamos público a lo que clásicamente llamábamos oikos, privado. Se ha anulado el principio de la diferencia, de la pluralidad y se ha construido un esteretipo que va de la mano con la ausencia y privación de pensamiento, cuyo discurso proviene de mapas e imágenes que han sido instalados fragmentariamente por las industrias culturales o bien por los medios de comunicación y las propias experiencias cotidianas de los individuos. Se constituye como el discurso de moda: tan inconsistente como su propia duración.
Cuando digo sentido común me refiero a esta idea como un sentido general, sentimiento o juicio de humanidad; con mayor precisión, como un conjunto de creencias que la mayoría de la gente siente que son verdaderas, pero en oposición al pensamiento teórico, por tanto, sin fundamentos técnicos ni filosóficos sobre ninguna materia. En este contexto, sin embargo, el sentido común adquiere un enorme poder cuando se instala en el imaginario colectivo la sensación de injusticia, por ejemplo, o algún tema donde salen a la luz las categorías valóricas que las personas le adosan a ciertos actos cotidianos.
La racionalidad del discurso público contemporáneo no tiene en vista el bien público, sino el bien de los poderosos. El discurso público tiene un carácter fundamental: ser norma, levantar un principìo único y universal, expulsando la disidencia en una comunidad. Es un principio totalitario que se apropia de la sociedad contemporánea. Este principio no sería otro que el del orden.
En la mediatización de lo político se dispone una aparente diversidad que no trae sino una metafísica de la mismedad.






















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Julio, inquietante visión
la tuya sobre la opinión pública, sobre todo si te leo como periodista.
Quiero creer que la opinión pública es en sí misma un poder y además educable y estimulable desde la divergencia.
También me parece que los medios de comunicación de masas no contribuyen mucho, toda vez que se evade el compromiso con las ideas.
No sé si estaré en lo cierto, pero me parece que lo que llamas sentido común es equivalente a los prejuicios. Al respecto me gustaría saber cuál es la idea que transmiten a los periodistas en las universidades sobre la opinión pública, que al parecer no es opinión, sino una majadera repetición del discurso políticamente correcto, en circunstancias que podría volver a ser un espacio para destrozar el mundo y volver a armarlo creativamente.
Saludos,