Imagino que no serán pocas personas a las que se les ha pasado por la mente alguna vez salir de su casa una mañana, tomar un medio de transporte e irse exactamente allí donde esas presencias que se mueven contradictoriamente entre el amor y el odio, llamadas seres queridos, no puedan bajo ningún concepto darles alcance.
Estos extraños y a veces inconfesables deseos generadores de ensueños culposos pueden obedecer a varias razones, a saber, galopante espíritu aventurero; hastío de la rutina; ausencia de sentido en medio del tráfago post modernista; depresión latente; desorden mental grave o un hecho traumático que impulse al potencial tránsfuga hacia un viaje del que ni siquiera sabe si retornara.
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