Carlos

Que me haga bien...

Como dice la canción:
“Mi neurona ha llamado, ha dado el encargo,
de hacer una nueva canción que me haga bien”

Parece que habemos hartos humanos que recurrimos a la expresión espiritual para sentirnos bien enviándonos mensajes positivos, recordándonos verdades y seguridades esenciales, acompañándonos a través de las palabras o cualquiera que sea la forma escogida para expresarse.

Quiero recordarme algo muy importante: en esta vida no estoy arrojado solo a un destino azaroso. Existe compañía energética en cada paso; en cada segundo de este tiempo lineal en que nos desenvolvemos hay un séquito omnipresente, que ni siquiera se rige por las mismas reglas espacio-temporales, que está alrededor, al interior, en todas partes, favoreciendo sincronías y eventos que sazonen la vida. La intención es de prima importancia; mi fe y confianza en lo apropiado de todo también lo es. Si hay cosas desagradables, quiero tener fe de que todo encaja en un propósito superior, y que la superioridad de ese propósito no es ajena a la cotidianidad de mi vida. No vinimos a esta tierra a sufrir o a expiar penas.

Al final, toda oscuridad es reflejo de mi propio temor, de mi propio miedo…. Yo soy el responsable, yo he creado lo que soy; ayúdenme a destruirlo todo, para reconstruir con nueva base, con nuevos fundamentos, con una nueva intención basada en el amor; en el amor puro, en el amor verdadero, el amor que no espera ni lucha ni se angustia ni domina ni restringe ni teme. El amor que rodea todo y une; que alquímicamente transforma los metales sencillos de la existencia, esas cosas que tanto nos aprobleman a ratos, en puro oro.

Como me dijo Kryon un día, no hay nada, ningún problema en ninguna esfera de la vida, que no pueda ser solucionado triunfalmente con el poder propio. Conectarse con uno mismo, con el centro de la persona, con el alma, con el ángel que somos… Sólo quiero ayuda, y quiero saber lo que tenga que saber…

Creo que la existencia terrenal tiene que ser mucho más que levantarse en la mañana, ir a la universidad, carretear en ocasiones, estudiar en otras; deprimirse a ratos, tener chispazos de alegría; disfrutar epifanías que de repente se disipan ante el mínimo tropiezo o situación que percibamos adversa. Creo que la existencia terrenal tiene  que tener un sustento espiritual, una esfera de cosas quizá invisibles a los ojos (quizá no), pero que estén ahí como una columna sólida, inamovible, perceptible espiritualmente y manifiesta en la interpretación de lo material; es decir, no es sólo un consuelo, un refugio al que uno recurre alejándose de la vida mundana, sino que es energía viva que permite la creación de la propia realidad, el deambular en las frecuencias más apropiadas, el habitar en paz; anclado en la certeza de esta sólida columna de vida espiritual, real y tangible quizá no con los cinco sentidos, pero sí con aquellos sexto, séptimo, y octavo; anclado en uno mismo, en aquella parte que ve todos los potenciales, en aquella parte que habita con Dios, y en aquella parte que intencionalmente quiero ver “descender” a realidad material.

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