
Podemos sacarnos la ropa cuando está sucia, podemos sacarnos las dudas cuando hacemos preguntas, podemos sacarnos el hambre si comemos. Pero no podemos sacarnos la ciudad. Vivimos en ella y la llevamos a todas partes con nosotras. Es una manera piadosa de decir que es la ciudad la que nos lleva, nos trae, nos contiene, nos aprieta, nos tizna, nos abruma.
Quizás sea una coraza de ciudad la que intentamos sacarnos, cuando salimos un rato al balcón. Allí tenemos los maceteros, pequeños relicarios de la naturaleza. Brotes ingobernables que estallan o se niegan a estallar. Hojas nuevas, hojas secas, capullos inesperados, brotes que nos iluminan esa media hora en la que todo se reduce a hacerle compañía a la vida que vibra en el balcón.
Los milagros se suceden subterráneos, incontables. Las plantas y las flores saben historias que no fueron escritas. El ciclo de nacimientos y de muertes se repiten acelerados, desdramatizado y dócil, es esa fertilidad que implica millones de acontecimientos que jamás descubriremos.
Salimos al balcón a ser candorosamente pequeñas, distraídamente libres.
(Perdonen nuestos Pecados)















Un balcón
Es como el intento se seguir pegados a la tierra, de sentirnos unidos a la naturaleza por medio de su mini ambiente campestre, con hojas, con aromas, con sombras.
Recuerdo uno que fue importante para mi, en calle Carlos Antúnez. Era a comienzo de la primavera como ahora, y ahi recibí el calor del sol, luego de una enfermedad muy grave. No pensé volver a sentir el calor del día en mi piel ni volver a respirar a pleno pulmón, recibiendo cariño y atenciones.
Y ese balcón fue mi primer nexo con la vida en su estado natural y tus palabras han activado en mi memoria, cosas que casi olvidaba.
Gracias Malú, es bueno de pronto recordar nuestra fragilidad.