Para nadie es desconocida la tremenda vergüenza que el equipo chileno de tenis sufrió en Israel ante un débil rival, que por sus posiciones actuales en el ranking mundial de este deporte eran pan comido, pero que en la cancha se mostraron como la reencarnación de Björn Borg o el mismísimo John McEnroe. Como no confiar en el jugador número seis del mundo y el ganador de la medalla de oro en tenis de los últimos juegos olímpicos, como no soñar con pelear la ponchera, trofeo de
Sin muchas promesas a la vista, el tenis nacional ve su caída con una extraña amargura. A veces se espera más de nuestros tenistas, Massú y Gonzáles ya han dado mucho. Y digo mucho porque tal parece que no se les puede pedir más. Perder de esa forma con un Israel que en jerga futbolera era un equipito pichanguero que lanzaban tiros, dejando mucho que desear a veces, no es gracioso. Es, como diría “Julito” Martínez, ver gon zo so. Pero parece que los chilenos somos débiles de mente. Me sorprendió mucho ver a un Nicolás Massú que alguna vez dio vuelta con pura garra mental y física el resultado en la final de las olimpiadas, como salía de sus casillas por la presión del público, que no se diferencia mucho de la que ejercen las miles de personas que asisten a ver a Chile de local en
O morir con honor o vivir con gloria. Ninguna de las dos, Chile perdió su nivel mundial, no tenemos tenistas de recambio y acabamos perteneciendo a la tercera división del tenis. Como siempre.






















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