Gino Schiappacasse

callejeros

 

Siempre ansiamos volver al hogar, después de vagabundear, ya sea alrededor del mundo o de la esquina barrial. El terruño siempre tira. La lugaridad que aporta anidamiento e intimidad, es parte de la vida cotidiana. Aunque viajemos al lugar más remoto, siempre hay necesidad de algún rincón propio. Sea para alojar el cuerpo cansado o reconstituir la propia integridad, dispersa en mil trajines, buscamos reducir el mundo a un ámbito mínimo, para volver a ser. Un refugio existencial.

Curiosamente, sin importar, donde sea, los verdaderos vagabundos adoptan la ciudad como el cosmos de su lugaridad. Para el “hombre del saco”, ese espacio tan reducido que constituye el ámbito del yo mínimo, pasa a ser de capacidad ilimitada: Toda la ciudad es su propio espacio doméstico. Al no tener nada, lo tiene todo.

Por apropiación de lo público, los recodos, calles y plazas citadinas se constituyen espontaneamente en su comedor, en baño, en dormitorio o sala de estar. Es la recurrencia de un marco existencial que cobija su vida precaria.

Al establecer ciertos ritos de formalidad fija y reiterativa en lo público, la extensión del espacio íntimo suprime la vergüenza del pudor, el sentido de propiedad, el muro protector que guarda intimidad y decoro, porque la ciudad entera es su casa.

Que liviana se siente el alma al vagabundear, ya sea, yendo de un lugar a otro, para despejarse de tanto arraigo y estructuras sistematicas, o bien, sentirse de la calle. Y sin embargo, el errante esta preso en su libertad, porque no tiene otro marco diferenciador. La calle es su interior, la ciudad constituye sus “cuatro paredes”, pues ha traspuesto una barrera sicológica, invirtiendo el sentido conductual del arraigo. El escritor Patricio Heim lo dice “Por una curiosa inversión, el marginal, el idiota del pueblo, aparece instalado en la vía pública como en su territorio propio”. En esa conducta sufriente e irracional, hay algo liberador, al asumir 100 % la gratuidad de la vida, en una época que concibe todo privativo. Hay costos, todo es ocasión de lucro. Para un vagabundo, la ciudad es gratis.

Si lo último, es ser un “perro de la calle”, como desafección de marginalidad -lo peor de lo peor- siempre la palabra callejear encierra una mala acepción, trayendo una carga semántica de mal vivir. Y es, sin embargo, la instancia que nos conecta con el mundo exterior. Establece que la esfera de lo público, es algo vital para la sociabilidad urbana, y tejer instancias de buen comportamiento colectivo. En cierta forma la ciudad entera es un ámbito propio, cuando se siente así.

En la relación ciudad - comportamiento público, la gratuidad puede obrar como un articulador social masivo, porque es incluyente e integradora.

Nadie puede predecir, la conducta social en el uso y apropiación del espacio publico. Cada vez, es más difícil establecer las fronteras de una invasividad marginal con comportamientos antisociales y patologías conductuales. Sin embargo, necesitamos de la calle, tanto como del refugio. A estas alturas, no se cual, es lo primero. Si, que lo público liga con lo gratuito. Y necesario, ser callejero para sentir la ciudad, mas nuestra. Al igual como la siente un vagabundo.

Gsch

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