Hace once años se inició la Reforma Educacional en Chile, buscando generar un nuevo modelo educativo. Un modelo donde no solo algunos contenidos cambiaran sino que, fundamentalmente, se esperaba que cambiara también la relación entre profesor y alumno, pasándose desde una en la cual el docente ostentaba la iniciativa y protagonizaba la acción pedagógica, hasta otra en la que se espera que sea el estudiante el que asuma su propio aprendizaje en una relación donde se pone más énfasis en el aprendizaje que en la enseñanza.
Así las cosas y entendiendo el nuevo trato en el cual se esperaba que los profesores fueran capaces de sacar lo mejor de sus estudiantes, no fueron pocos los que esperaron que la escuela repitiera los procesos de liderazgo empresarial como si el docente fuera un gerente que tuviera que obtener el máximo de productividad de sus funcionarios. Quienes extrapolaron literalmente el ejemplo, bien pronto comprendieron que no podía replicarse y que el método termina en un fracaso profundo. Peor aún, estos fracasos entregan cada día más argumentos, a manera de casuística, a quienes vieron en la reforma una amenaza y en el objetivo de cambiar de la autoridad al liderazgo docente, una insensatez.
Pero, en lo personal, soy un profundo convencido de que el docente debe ser un líder en su aula, pues tiene la obligación moral de buscar las actividades significativas que desencadenen aprendizajes y reconocer y encontrar las formas de aprender de cada uno de sus alumnos. Debe también, por lo demás, como en todas las actividades profesionales, hacerse responsable de los resultados académicos que obtiene. Es verdad que hay otros factores que tal vez como profesores no podemos controlar, como lo es la familia, por una parte, y la disposición que tengan los estudiantes en el aprendizaje, pero seguramente en un fracaso escolar los análisis no deben detenerse ahí. ¿Asumen los profesores su responsabilidad ante el hecho de que alguno de sus alumnos no aprenda? No, casi nunca. No se asume en lo personal y, a menudo, las instituciones tampoco lo piden. Es una de las pocas profesiones en que el fracaso en la labor encomendada es responsabilidad de otros.
¿Está esto bien? Ciertamente que no, pero la Responsabilidad en Educación es un tema que espero abordar pronto. Por ahora, pretendo referirme al liderazgo que todo docente debe tener en el aula, para ello hay que primero señalar que deben reconocerse por separado dos conceptos que, lamentablemente, en muchas evaluaciones educacionales a profesores suelen confundirse: Gestión y Liderazgo. Ambos necesarios, importantes y complementarios, pero distintos.
Lo primero que debe tener un docente líder para sus alumnos es una alta expectativa en ellos, en sus talentos y aptitudes, en creer verdaderamente que ellos pueden alcanzar grandes logros. Un docente líder es aquel que se compromete a fondo profesionalmente y busca y utiliza todos los mecanismos que le permitan alcanzar la meta colectiva e individual de los alumnos a su cargo.
Un interesante estudio (1) de Waters, Marzano y Mc Nulty (2003 ) reconoce 21 responsabilidades asociadas al liderazgo docente, vale la pena conocerlas:
- Cultura
- Orden.
- Disciplina.
- Recursos.
- Currículo, Enseñanza, Evaluación.
- Enfoque.
- Conocimiento del Currículo y Enseñanza y Evaluación.
- Visibilidad.
- Estímulo cotidiano.
- Comunicación.
- Relaciones con el entorno.
- Incorpora / Participa.
- Afirmación.
- Relaciones.
- Agente de cambio.
- Optimizador.
- Ideales / Creencias.
- Monitores / Evaluadores
- Flexibilidad
- Conciencia de la situación.
- Estimulación intelectual.
No alcanzo ahora a referirme por separado a cada uno de estos aspectos, pero los abordaré en un artículo próximo, sin embargo, me parece, la mayoría de estos conceptos nos hablan por sí solos y nos hacen plantearnos hasta qué punto estamos siendo verdaderamente líderes en nuestras aulas. Un liderazgo docente, eficiente y oportuno, no solo provocará sustanciales cambios en el aprendizaje de nuestros estudiantes, sino que, además, posibilitará positivos cambios al interior de las unidades educativas, cambios que rescaten lo mejor de la cultura de una institución y las proyecten en el tiempo y el desarrollo con los cambios necesarios para potenciar esas fortalezas y dejar atrás las debilidades.
Si queremos una verdadera Educación para el Emprendimiento necesitamos líderes en cada sala de clases. Líderes capaces de generar preguntas significativas, motivadoras y desencadenantes. Solo así estaremos dando soluciones reales y concretas a los problemas de calidad de la educación, pertinencia de la enseñanza, significación de los contenidos, desarrollo de habilidades útiles para el siglo XXI y todo el conjunto de temas que marcan la diferencia entre una educación formal útil para el futuro de nuestros niños y jóvenes y una anquilosada en el pasado, incapaz de ser un aporte a la sociedad de la que forma parte
Notas:
(1) Estudio realizado en 2003 que requirió la revisión de estudios de casi 1.100.000 estudiantes, 14.000 docentes y casi 3.000 colegios.
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En la búsqueda de un liderazgo significativo.
prof. Benedicto González Vargas



















Líderes
Estimado Benedicto, pienso como tú, pero veo tan lejos esas condiciones, en muchos nuevos maestros, que espero, se invierta en ellos, para completar su formación.
En estos días de recambio de generación de nuevos profesores, veo con mucha preocupación la ausencia de esta capacidad, necesaria y urgente, ¡urgente!
Un buen guía, o lider como tu llamas debe primero, ganar el respeto de sus alumnos y eso no se da con autoritarismo. va mucho más allá.
Espero pronto el siguiente tratamiento a los puntos que enumeraste.
Abrazos
la única forma.
Gracias Shyvy por comentar.
En verdad que las condiciones no son las mejores ni hay demasiado espeacio. Por otra parte, como bien apuntas, las entidades formadoras de profesores no están haciendo su labor adecuadamente.
Pero el cambio empieza por nosotros, por nuestra labor en el aula.
¡Es la única forma!
prof. Benedicto González Vargas