Botellas al mar - José Ramón Huidobro
Columna de José Ramón Huidobro para revista digital aRTe KilTrO (Nº1 - febrero 2010)
Alguien querido me ha dicho que es bastante escéptico con los blogs, que es como tirar botellas al mar. Luego ha añadido que la puedo regañar por meterse donde no la llaman. Me lo ha apuntado porque últimamente me empeño en hacer varios y no les ve el sentido. Después de recibir el recado certero me he echado a caminar por la calle recién derretida de la nevada de anoche. Con el frío en los huesos, ese que acabo de descubrir que me llena de vida cuando estoy bajo de moral. El eco de esa frase me ha seguido y he imaginado ese océano repleto de mensajes a la deriva, entre los que se encuentran los míos; los que he lanzado todo este tiempo en el que la poesía me ha zarandeado. En diez años he escrito tanto que alguna ola será mía en altamar. Al principio en la nocturnidad y sin opción de un brazo ejecutorio para arrojarlo a ningún charco y, poco a poco, con la imperiosa necesidad de entender lo que estaba haciendo en los ojos de los que me rodeaban, auténticos bañistas veraniegos, pendientes de tomar el sol y nada más. Después, gracias a la aparición de este medio virtual surgieron otros náufragos a uno y otro lado del planeta que escondían sus escritos en otro cristal que se estrellaba con rotundidad en la pantalla. Así, por la sorpresa de la rapidez de transmisión, la fiebre empezó. Las redes se llenaban rápidas y los pescadores se frotaban las manos contando su historia de balleneros en su exageración natural. Con el tiempo los contenidos fueron importando menos y más la facilidad de encontrar sirenas y cánticos que llevaban a la ilusión temporal. El fondo submarino se iba llenando de desechos y de vocaciones perdidas, hasta descubrir que las bibliotecas estaban en tierra y que por allí deambulaban, perdidos, los lobos marinos, borrachos de las tabernas aclamándose por sus dones sin descubrir. Conocí a tantos que llegué a odiar lo que hacía y prefería pensar que yo era diferente dándole un sentido peyorativo a esta actitud de perdedor. Lo mejor sería morirse y dejar a un heredero los papeles que nunca iría a publicar. Visitaba las bibliotecas y me reía por los millones de ejemplares apolillados, pendientes de un lector que nunca se interesaría porque esos libros no se leían en las playas entre vuelta y vuelta con crema de protección. Por el marketing y la fama, esa que todos desprecian y a la que venderían su alma a cambio de un yate con musas en cubierta y el mejor champán. Así se hacía necesaria la indiferencia con los que ya se habían hundido y tratar de encontrar chalecos salvavidas para resistir mareas y vómitos al salir de la bocana del puerto, rumbo a la indiferencia que da no publicar. Todos tratamos de ser humildes pero nos puede la inmensidad. Por eso un día lanzamos una bengala y nos ven en un acantilado, desde la que nos lanzan una réplica y creemos que nos vienen a salvar. Un poemario por aquí, otro por allá, y ninguna reseña en el cultural. A veces, muy de tiempo en tiempo, alguien dirige el vidrio hacia las corrientes perfectas y éstas llevan el mensaje a una mujer que contempla el horizonte y se molesta en sacar el papel para secarlo antes de leerlo con atención en la intimidad de una alcoba. Entonces todo cobra sentido, las horas, los años y las vidas, hasta la extinción de la pesca y el deshielo de los polos en la avenida por la que camino. Ella es mi amiga, la que dice que escribir blogs le provoca desconfianza y no sirve de mucho. Yo no la regaño. Demuestra sabiduría, pero es que yo tampoco sé nadar.
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Publicado en Bligoo por
Nat Gaete Directora y editora de la revista bajo autorizaciòn del columnista de la revista.






