Roberto Ruiz T.

Aunque no es la época.

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UNA TARDE DE LLUVIA.

 

No sé cuando empecé a conocerla, porque ya la había visto tantas veces. Aquí y allá, dondequiera que fuese, al parque o al río, siempre la encontraba. Y todo me parecía real y normal, por cuanto entonces apreciaba la belleza en todo.

Pero una tarde dentro del café, también estaba ella. Y eso era solamente casual. Y ese momento lo sentí al igual que la lluvia violenta y rasposa contra los cristales. Afuera y en todas partes llovía con delirios de otoño y ese lugar era el mejor resguardo.

-¡Pero mira cómo llueve hoy! ¡Y estás ya empapada!  -Sácate el impermeable y charlemos. ¿Te parece?   -Y no dejes de mirar así, como a lo lejos. Y ten quietos tus dedos… ¡Son nenúfares naciendo o serafines aprendiendo a volar! ¿Quieres un té?  -Un chocolate tal vez ¿Con menta?

Y miro sus dedos. Y a ella no le importó mucho. Pero quizás se interesaba más en mi carpeta azul llena de versos simples.

Durante muchas tardes lluviosas a ella siempre le importó. Hasta que más tarde dejó de hacerlo, poco a poco.

Tal vez nos quisimos. Cuatro o cinco días a la semana, menos los jueves en que yo asistía al taller de literatura con el Grupo Cámara. Eso tampoco le importaba. Pero ella se enamoró primero de los versos, ilusos, irreales, metafóricos. Se adentraba una y mil veces en esas palabras escritas sin pausas y sin prisas, en su ritmo, en su rima, en su acento de melancólica lejanía. Hice cada vez menos versos, pero éstos más nuevos, más veloces, más duros, más intrínsecos.  Entonces ella se enamoró de mis pensamientos y de ahí extraía versos y versos interminables, aún sin escribirlos.

La ignoré entonces, traté de no reflejarla en rimas. Pero fue algo imposible.

Al comienzo ella no se daba mucha cuenta y encontró mi indiferencia como algún trato especial, ya que comenzó a descifrar de mi mente toda su vena oculta y esotérica, donde veía tal vez más claramente a su propio ser.

Hasta que un día cambié. También yo me estaba enamorando de ella, perdidamente.

Estaba solo en el café. Y compuse sin quererlo, un largo poema a su nombre. Los versos salían a borbotones y el calor de la sangre que bullía en mis venas se tradujo en ardientes consonantes, preludios, perífrasis y metáforas que, como nunca, saltaron de mi temblorosa pluma.

Ella leyó esos versos y en ellos encontró su imagen y una expresión suya que ya había olvidado. Entrelazó los dedos sobre la página.

Con un suave portazo y un adiós, ella se fue.

También era una lejana tarde de lluvia, con algo de frío y tal vez de incomprensión…

Pero tardé mucho tiempo en darme cuenta, ya que estuve muy ocupado componiendo rimas de gotas de lluvia, para una nueva y naciente poesía.

 

Roberto.

De: “PISCIS II”, inédito

 

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