Annita

En relación al "Concurso Literario de Atina Chile"

 

Book1.JPGDada la incomodidad que he tenido para leer los cuentos y las poesías ganadoras, me tomé una licencia, y decidí publicarlos, en un post, para cada uno de ellos y así facilitar su lectura. De las poesías se encargará mi amiga Carolina, una linda poeta Iquiqueña, no la dejen de visitar http://caingove.blogspot.com/

Pues pienso que si ellos escriben y obtienen un premio aunque sea de manera virtual, les gustará siempre recibir un comentario, una crítica, un elogio, un aplauso ... ser leidos.

Viendo la iniciativa del Sr. Carlos Smith, quién publicó su cuento, "La Asesina Triste", escrito bajo el seudónimo de Ian André, ganador del tercer lugar y que aprovecho de felicitar ... acá les dejo por ahora el que obtuvo la 6ª Mención Especial, escrito bajo el seudónimo de Mirna Omalley, Sra. Norma Yamille Cuellar, de la ciudad de Monterrey, Mexico ...

"EL MAS FELIZ VIAJE"

Sin ánimo de sonar presuntuoso, siempre había tenido un excelente sexto sentido. Sueños premonitorios,
corazonadas... éstas últimas nunca me fallaban: acostado boca abajo, antes de quedar dormido, me preguntaba
algo como “¿Me aceptarán el proyecto en la empresa?”, y si mi corazón latía apresuradamente significaba un sí
incuestionable; si se quedaba normal era un no rotundo. También mi estómago me avisaba si tendría o no un
mal día, pero me lo hacía saber a través de nauseabundas diarreas, exactamente antes de salir de mi
departamento, hacia el trabajo. Y conste, lo de mal día era por causas ajenas a mí, no era sugestión. Yo tenía 40
años, era infeliz en mi matrimonio y estaba atrapado en un trabajo de mierda. También soltero sería infeliz, la
verdad es que era infeliz a secas y con dos intentos de suicidio tras de mí. No tenía ahorros: si se me “antojaba”
algo costoso me lo conseguía al momento, porque los suicidas no sabemos si al día siguiente tendremos el
momentáneo apuro de acabar con todo.
Un día, un 10 de octubre para ser exactos, compré un boleto de avión para Quintana Roo, por cosas del trabajo
–yo era consultor de finanzas. Mi esposa Erika me creía feliz porque me anunció su embarazo. Si ella tan sólo
hubiera sabido… si ella quedara viuda, la dejaría con tantas deudas que en caso de que ella fuera puta, ni
acostándose con 5 hombres diarios durante 10 años podría pagar todo –sí, hice las cuentas.
Total, ya me había dado por vencido en eso de matarme. Me acosté después de discutir con ella, pues ella
insistía en “hacer el amor”, pues así el niño o niña sentiría mi presencia o algo así. A mí la idea sólo me dio
asco. Acostado boca abajo antes de conciliar el sueño me pregunté si sería un buen viaje. Mi corazón parecía
querer salirse del pecho. Y me dormí. Algo agradable he de haber soñado y muy real, dijo mi mujer que me
estremecí varias veces con los ojos demasiado cerrados, como cuando yo tenía un orgasmo, según ella.
El avión partiría a las nueve de la mañana del día siguiente. Me levanté a las seis, para hacer mis pendientes
mañaneros sin prisa. Desperté contento, algo raro en mí, hasta desayuné cantando. Erika me despidió con un
apasionado beso. Cuando salí de la puerta del depa mi estómago estaba normal: “va a ser un excelente día,
Gabriel”, me dije.
Llegué al aeropuerto con tiempo suficiente para almorzar como rey, en uno de los restaurantes de por ahí.
Luego gasté bastante dinero en revistas, libros, todo para el viaje. Pagué 300 pesos por unos chocolates de Turquía, 600 por una loción europea, 500 por unos habanos de lujo. A las 9 de la mañana tomé el avión, en
primera clase, por supuesto.
El vuelo duraría tres horas, yo estuve de lo más tranquilo de 9 a 10:30, escuchando en mi iPod canciones de
jazz de Gino Vanelli, tomando champaña.
De repente me llegó la sensación de algo de lo que necesitaba acordarme para vivir plenamente ese momento...
¡Claro!
Ahí recordé: Había soñado un avión que después de una turbulencia se estrellaba contra mucha agua, y todos
los tripulantes se desintegraban por la potencia del choque, al mediodía. Una súbita alegría invadió mi cuerpo,
como la de un adicto tan sólo de pensar en su próximo jeringazo. Todo concordaba: el sueño premonitorio, las
corazonadas la noche anterior, el estómago sin cólicos ni diarrea.
Entré al baño para orinar: un agua amarilla y caliente, tan bonita… Me peiné y me lavé la cara. La comida que
me sirvieron después me pareció exquisita, saboreé cada bocado como sólo Hannibal Lecter lo podría haber
hecho. En cuestión de segundos todos mis acompañantes me parecieron personas adorables, casi divinas. Con
ojos llorosos me levanté de mi lugar y saludé a todos y cada uno: a la niña que antes me había parecido
demasiado orejona, al señor que tosía sin parar y del que sospechaba que tenía tuberculosis, a los recién
casados que se la pasaban besándose, que me habían parecido exageradamente felices. Una azafata estaba muy
conmovida por mi comportamiento, me guió de la mano hasta el baño y me besó, con una lágrima rodando por
su hermoso rostro. Volví a mi asiento y la odiosa señora parlanchina sentada a mi lado se había transformado en
una viejita simpática, con una voz de terciopelo con la que me acariciaba. Luego les regalé a los niños dinero,
compact discs, corbatas finas, gemelos de plata, plumas Mont Blanc, lociones. Yo me sentía un Mesías, un ser
iluminado con ganas irrefrenables de repartir cariño. Hasta me dejaron poner canciones alegres en las bocinas
del avión, como El Noa Noa, de Juan Gabriel. Eran las 11:40 de la mañana. Tomé un dizque micrófono y me
puse a cantar delante de todos los viajeros Freedom, de George Michael. Precisamente canté Freedom porque
me sentía deliciosamente libre… De repente el avión se empezó a mover raro y me pidieron ocupar mi asiento
y que todos nos pusiéramos el cinturón de seguridad y varias medidas más. Las azafatas ya no me quisieron
servir champaña, nomás querían secretear y lucir mortificadas. Varias señoras se me quedaban viendo, sus
ojitos como preguntándome qué hacer. Yo estaba demasiado feliz y eso como que las reconfortaba. A las
11:56, con el avión sacudiéndose, y las sobrecargos al borde del llanto, empecé a gritar:
–¡Esos pilotos borrachos! ¡Esos pilotos borrachos! ¡Cómo los quiero!
–¿¡Pero qué está diciendo, señor!? –me dijo la azafata besadora.
–Pos nada, que nuestros pilotos están batallando allá con una turbulencia, y aparte de eso, están bien pedos...
–¡No, no mam...! –gritó, y al momento se fue al compartimiento donde ellos estaban. Todos se me quedaron
viendo.
–¡Esos pilotos borrachos! ¡Cómo los quiero! –seguí exclamando: yo mismo había ido con ellos para
saludarlos… y embriagarlos con tequila. No iba a permitir que unos pilotos hábiles y en sus cinco sentidos me arruinaran la muerte, no señor. Antes del regreso de la besadora, exactamente al mediodía, ya estábamos
estrellándonos contra el mar.

Este documento se encuentra bajo una Licencia Creative Commons

Cabe destacar, que todos los elogios deben ser única y exclusivamente para los autores ... yo solo soy un medio facilitador de su lectura, como dijo alguién por ahí soy solo apoyo logístico .......... gracias y saludos a todos, @nnita

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Rosa Contreras Díaz
dijo :

¡Me gusto mucho el cuento!!

¡FELICITACIONES!!

¿CÓMO ACCEDO A LOS OTROS CUENTOS Y POESÍAS??

04/11/2007 a las 19:19
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