Estuve concentrada y encantada releyendo, conociendo de nuevo expresiones de nuestro Pablo Neruda.
Me fuí por mil caminos de su vida, en un sábado gris de primavera escondida.
Pasé por su infancia y muchas estaciones de su vida adulta y he encontrado este obsequio, que escribió emocionado para su gente de Temuco.
Al leerlo me trasladé junto a él a la sala de homenajes que describe y creo poder sentir una emoción similar.
La prosa de Neruda, igual que la de Gabriela, perece avasallada por su poesía , pero aquí en " Para nacer he nacido", encontramos piezas inolvidables y que deben ser rescatadas.
Aquí está el obsequio para la gente del sur.
UNA VEZ MÁS EN TEMUCOHe llegado una vez más a Temuco. La ciudad ha cambiado de tal manera que es como si la otra se hubiera ido. Las casas de madera color de invierno se han transformado en grandes casas de tristísimo cemento. Anda más gente por las calles, menos caballos y menos carretas se detienen a la puerta de las ferreterías. Ésta era la única de las ciudades de Chile con araucanos en las calles. Me complace que siga siéndolo. Las indias con sus mantos morados. Los indios con sus ponchos negros en que una extraña greca blanca se repite como un relámpago. Antes vinieron sólo a comprar y a vender sus pequeñas mercaderías: tejidos, huevos, gallinas. Ahora hay algo de nuevo. Contaré mi sorpresa.
Vino todo el pueblo al estadio a escuchar mi poesía. Era una mañana de domingo y la gran sala colmada se sentía vibrar con gritos y risas de niños. Los niños son los grandes interruptores y no hay poesía que resista al grito de un niño que recuerda a esa hora su desayuno. Yo subí al tablado mientras el público me saludaba y sentí esa vaga inclinación a Herodes, que puede atacar al ser más paternal. Entonces escuché que se hacía el silencio y dentro de este silencio oí elevarse la más extraña, la más primordial, la más antigua, la más áspera música del planeta. Surgió de un grupo, en el fondo del local.
Eran los araucanos que tocaban sus instrumentos y cantaban para mí sus dolorosas melodías. Nunca en la historia se había presenciado tal cosa, que mis huraños compatriotas participaran con su arte ritual en una ceremonia poética y política. Nunca creí que me tocaría presenciarlo, y que esta acción comunicativa me fuera dirigida. Me conmovía más aún. Los ojos se me empañaron, mientras sus viejos tambores de cuero y sus flautas gigantescas sonaban en una escala anterior a toda música. Sorda y aguda a la vez; monótona y desgarradora. Era como la voz de la lluvia, combatida por el viento o el gemido de un animal antiguo, martirizado debajo de la tierra.
Esto para contar como la Araucanía, o lo que queda de ella, se conmueve, parece salir de su sueño inmemorial y quiere participar en el mundo, que hasta ahora le fue negado






