Concurso Literario de Atina Chile Primer Premio

Enviado por Annita el 06/11/2007 a las 21:57
Annita

libros.jpgEscrito por Nicolás Cruz Valdivieso, bajo el seudónimo de Juan Fiebre, de la ciudad de Santiago, Región Metropolitana, Chile.

 

¿No Cree, Usted, Señor?

 

 

 

No señor, se equivoca, el copete no tuvo la culpa o al menos no toda. Lo que pasa es que en un tiempo yo tuve
plata, los caballos, las timbas, hasta en el kino me iba bien, señor. Ponía el ojo y ponía la bala, como los
pistoleros, señor. Pero cuando se acabó la plata las cosas empezaron a ir mal. La verdad es que nunca fui buen
amante, con o sin plata, pero cuando había a ella no parecía importarle. Se acabó la plata y ¡Pum¡ comenzó a
enojarse. Que no sabía tocarla, que no se acordaba de su último orgasmo, señor. Fíjese que hasta se puso un
sobrenombre: La Cometa Halley, señor, porque algo le pasaba cada 84 años. No se ría señor, no es chistoso. El
asunto es que empecé a deprimirme. Cada vez que terminaba y ella me sacaba de encima suyo a los empujones
me hundía un poco más. Fíjese que le dió por contar chistes cuando nos juntábamos a tomar unos traguitos con
los compañeros de oficina. Iba al baño y cuando volvía ella estaba en el medio. “Un chistecito”, decía, y los
cabros me miraban de reojo riéndose. “Hoy día hubo una marcha de eyaculadores precoces en el centro”, decía
sonriéndome, “Duró cinco segundos” y los cabros se estrujaban de la risa. “Y saben porqué no fue el cabo
Matamala, famoso por disparar antes de tiempo”, atacaba de nuevo, “Porque lo ascendieron a Cabo Primero”
decía y me daba un beso en la frente, el mismito de Judas a Jesús antes de traicionarlo, señor. En la semana los
cabros me decían “Puta que es buena onda su señora, compadre”, “Y cuando invita de nuevo para su casa,
compadre”, pero yo sabía que estaban afilando los colmillos, peleándose el lugar para hacer las tareas que yo
dejaba incompletas. Una noche, mientras mi mujer hacía reír a mi costa a los cabros, yo decidí curarme,
tomarme hasta el agua del florero y que pasara lo que tuviera que pasar. Usted creerá que toqué fondo, señor,
que le entregué a mi mujer en bandeja a los lobos, pero se equivoca. Fíjese que de tanta piscolita no me di
cuenta cuando estaba solo con mi esposa y, perdone la indiscreción, señor, pero ahí mismito, arriba de la mesa
de la cocina pasó el cometa Halley. Y no pasó una vez ¡No señor¡ Pasó dos veces seguidas. Imagínese como
desperté al otro día, con flor de hachazo, pero puta que estaba contento, señor, con el pecho inflado, era como el Schumacher, el Zamorano de la cuadra, señor. Así encontré la cura para mi enfermedad, señor. Fíjese la suertecita. Salía de la oficina y me tomaba unos pencazos con los cabros, después un tinturri en la micro y al
llegar a la casa estaba listeylor. Ponía el ojo y ponía la bala, señor, pero ya no era el más rápido del Oeste. Si
hubiera visto a mi mujer, señor. “Te sirvo otro traguito”, decía, riéndose sola. Yo también me reía y le decía
“Golosa”, señor, “Potra”, señor, y ella seguía riéndose, segura que esa noche iba a pasar el cometa Halley. El
problema es que empecé a sentirme mal, señor. Los cabros me decían “Que pasa compadre, no cree que se le
está pasando la mano”, “No podemos cubrirlo cada vez que necesita vomitar” y yo “Gracias compadre, va a ver
como mañana llego más sano que un yogurt.”, señor. Pero por dentro sabía que si quería seguir siendo el
Schumacher, el Iván Luis de la cuadra, tenía que meterme religiosamente esos pencazos. ¿Cómo iba a curarme
si no tomaba la medicina, señor? Así que seguí llegando enfermo y mientras vomitaba veía dibujarse la cara de
mi mujer en el agua del water y me animaba diciéndome. “Métete los pencazos y la cara sonriente que ves en el
agua no va a volver a ser la cara amargada de La Cometa Halley”. Tuve que empezar a tomarme los copetes
solito, señor, porque los cabros me dijeron que no iban a sentarse a ver como me destruía. ¿No le parece una
exageración, señor? Todo para no cubrirme las dos o tres veces que vomitaba durante la mañana. Porque
después de la primera cerveza estaba como nuevo. Incluso, un día después de fichar me pidieron que
habláramos, señor. Me dijeron que eran mis amigos, que dejara de tomar o me iban a echar del trabajo. Se da
cuenta, señor, en la misma fuente de soda a la que antes íbamos, sin ningún respeto por los momentos vividos,
ni los vasos vaciados. Usted dirá que eran buenos amigos, pero no se equivoque, señor, yo sabía lo que querían
esas hienas, que volviera a ser el mismo para hacerle la corte a mi mujer, para terminar las tareas que yo dejaba
a medias. El problema señor, es que mientras entre las sábanas era Iván “El terrible”, el rey del metro cuadrado,
en la calle comenzaba a fallar. Empecé a perderme en la micro, señor, o me la tomaba para el otro lado o
confundía los números y un par de veces me asaltaron mientras volvía a mi casa desde una población. También
comencé a ver cosas, señor. Después de unos pencazos veía enemigos en todos lados, como en esa película en
que el viejito que anda a caballo confunde los molinos de viento con gigantes. Lo mismito me pasaba a mi,
señor. Despertaba con la nariz rota, señor y recordaba la increíble pelea en la que me había metido. Al otro día
despertaba con la ceja abierta y lo mismo. Hasta que un día uno de los cabros me preguntó como estaba de la
caída de la micro y yo le pregunté de qué estaba hablando, si la ceja me la habían abierto por defender a una
niña a la que estaban asaltando. En ese momento me di cuenta, señor. Me estaba pasando lo mismo que al
viejito de la barba y el caballo, mis enemigos eran los paraderos de micro y las paredes, que después de unos
pencazos cobraban vida y me atacaban. ¿Se da cuenta, señor? Estaba viendo gigantes donde había molinos de
viento. Una de esas noches tuve la visión. Iba caminando y a cada paso que daba un diablito me empujaba al
suelo. Después venía un ángel y me levantaba, alcanzaba a dar dos pasos y el diablito volvía a empujarme,
señor. Así llegué hasta la casa y vi que ella dormía, señor. La vi con su carita satisfecha y supe que era cosa de
tiempo que La Cometa Halley volviera a aparecer. En ese momento me di cuenta, señor, ella tenía la culpa de
que ya no tuviera amigos y de que me hubieran echado de la oficina, ella era la culpable de que estuviera viendo gigantes donde había molinos de viento. Mientras la veía dormir lo supe, señor: ella era la enfermedad

¿No le parece lógico lo que hice, señor? ¿Se puede culpar a alguien por querer estar sano, señor Juez?

 

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Aun?????

Enviado por el 28/11/2007 a las 03:18 PM
Carolina González Velásquez

Yo pense que habias terminado de subir los rabajos.... valorrrrrrrrrrrrr!!!!!

ASumo que te veré mañana en el Palacio astoreca a las 8

 

Besotes 

 

 

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Poemas desde el norte grande de Chile Mira!





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