Si Ud. pregunta en Ramaditas,Valparaís, a la altura del “Club Subiabre”, por Gilberto Espinoza, lo más probable es que nadie le pueda contestar al respecto. Pero si pregunta por “Mascareño”, la respuesta vendrá de inmediato. La verdad es que de alguna manera, y con el cómplice paso del tiempo, “Mascareño”, se transformó en el nombre artístico de Gilberto Espinoza, vecino y cantor popular del Cerro Ramaditas que a sus 82 años de vida, aún le saca chispas a la vihuela y lleva en su memoria más de 150 valses, cuecas y tonadas.

El “Negro Mascareño”, nació en San Roque, un 27 de Enero de 1924. De adolescente, le llamó la atención la actividad de su padre, también cantor popular que alegraba las almas de ese entonces, “mi papá tocaba la guitarra y yo salía a cantar con él, le sabía todas las canciones que él cantaba”, afirma don Gilberto. Junto con la inquietud musical familiar, don Gilberto estudió en la escuela de su cerro. Recuerda que estuvo hasta 6º humanidades “por que en ese tiempo el que no tenía plata no iba a la universidad”. Junto con ser bueno para las matemáticas, también lo era para el deporte, “me gustaba el fútbol…jugaba por el Deportivo Las Zorras, también jugé en el Club Solari”.
A los 15 años, don Gilberto comenzó sus primeros pasos en el arte de la vihuela. Las Quintas de Recreo del cerro San Roque, comenzaran a conocer su incipiente talento. Como lo cuenta el “Negro Mascareño”, “en ese tiempo estaban todas las quintas en San Roque con música toda la semana”, comenta. De esos lugares solo quedan los recuerdos.
Fue así como conoció y rasgueo las cuerdas de su guitarra en las quintas de recreo “Ugarte”, “Cofré”, “Gutiérrez”, la “Alba Rosa”, la “Urtubia” y la “ Justina”, la “Santa Laura” y la “O’Higgins”, “La Aguilera”“El Danubio” y la “Murillo”. “Ahí en las quintas estuve 3 años aprendiendo”, comenta con gran lucidez a sus 82 años de vida. Recuerda también que con ayuda de un papel en que tenía anotados los acordes y canciones, junto a los consejos de su padre, logró finalmente “peinarse” con la guitarra.
Su primer trabajo o salida “fue en un rodeo en “El Salto”, en Viña, donde había una cancha con una media luna. Ahí fue la primera vez que salí a cantar a una ramada. Después principie a salir a Limache, Calera, Olmué, Quebrada Alvarado, La Dormida, Las Palmas, hasta el Rodeo de los Andes y Llay Llay”, lugares en que se perfilaba como un cantor de cuecas y tonadas. No en vano comenta don Gilberto que “yo soy folclorista más que nada”.
Después de eso, El “Negro Mascareño” fue personaje conocido en Valparaíso. Animó y alegró las fiestas de los años 50’ y 60’ en diversos locales nocturnos del Puerto, cuando el puerto era puerto y cuando la guitarra era doña guitarra. En la conversación nombra clubes deportivos, quintas de recreo, bares y restaurantes: “Las Quinchas”, “El Perico” en Ramaditas junto con el famoso clandestino de Juan Salas, a quien se acusaba de arreglar el vino con agua en avenida Washington aun resuenan los nombres de el desaparecido “Gallito” , “El Porteño”, que luego de un incendio sobrevive y resiste junto a su dueño, el gordo González, amigo incansable y paletea’o de Mascareño. De esta larga lista no se escapa el “Coquimbo-Atacama” en la calle Victoria.
En la conversación salen a relucir sus amistades y compañeros de canto. Con especial cariño nombra a sus amigos de Ramaditas que lo acompañaban en sus salidas: “el Negro Carmona”, el “Chico Herrera”, Lucero, Mario Cabas, el “Loco Marín”, el “Cuadra’o” Elías Zamora en la bateria, el “Chico Nola”, el “Chico Juan”, Noguera, “Panchito Arriola” el acordeonista. Don Gilberto, con fresca memoria no se cansa de evocar a sus compañeros de música y sigue,“en Polanco estaba el “Guatón Lino”, “Lechuza” y el “Lora”.
“Antes se pasaba bien. Ahora no se oye a ninguna persona que canté. Ni en los bares.”, se lamenta Mascareño, afirmando su guitarra española tasada en trescientos milpesos, punteando de vez en cuando y tarareando una tonada.
Sorprendemente su memoria le funciona bien, “tengo como 100 valses escritos en una libreta, están solo los nombres de las canciones, pero me acuerdo de todos… tengo tonadas, valses, cuecas, tengo más de 50 cuecas, 51 tonadas.”, comenta orgulloso mirando a su señora y su hijo que lo miran a su lado.
Don Gilberto, nunca ha grabado en forma profesional, salvo las grabaciones que sus hijos han registrado en fiestas familiares,”…tenemos más de 10 cassetes con canciones, sin repetir”.
Desde hace cuatro años, “Mascareño” toca en un grupo de veteranos folcoristas, se llama “La Isla de la Fantasía”, y han editado con el apoyo de un proyecto del Fondart, un disco que grabaron en forma artesanal en casa de uno de sus integrantes.
Pero Mascareño, no siempre trabajó como músico, “…trabajaba en la música y después me puse a arreglar zapatos, “…aprendí mirando a mi papá ya que era zapatero, pero tiempo después principió que me empezó a fallarme la vista. Toda la vida he trabajado en la música”.
Don Gilberto, como hombre y padre ha vivido alegrías propias de su trabajo y por supuesto satisfacciones familiares, como el compartir su vida con hijos, hijas, nietos y bisnietos. Sin embargo, las penas han hecho lo suyo: ha perdido cinco hijos de los doce que tuvo. Una de sus últimas penas fue la pérdida de Felipe, su hijo menor en tierras extranjeras, pena difícil de sobrellevar, pero que con la solidaridad familiar, algo se atenúa.
En la tranquilidad de su casa en Ramaditas, “Mascareño” rasguea las cuerdas de su guitarra española y comienza una vez más a cantar una de las cientos de tonadas que su memoria logra retener, como claro signo de resistencia ante la tecnología digital y el tiempo implacable. “Mascareño”, es un testigo vivo de una época que forma parte de la historia social y local de los cantores de antaño, cantores de una tradición con orígenes en las chinganas y ramadas de cada ciudad y pueblo. Los cantores populares ofrecieron entretención y olvido ante las injusticias propias de una cultura latifundista de opresión y promotora de pobreza. “Mascareño” como tantos cantores de época, siguen de pie dignos, cantando de verdad a gente de verdad, como claro signo de resistencia ante la música electrónica y el tiempo implacable, por lo demás una constante en el canto popular chileno.
Lo invito a leer http://memoriabarrioohiggins.blogspot.com

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