Wilfredo Castro.

Crónicas urbanas.

¡A propósito del diablo y su escalera!

 

En los últimos 15 ó 20 años, han sido asesinadas dos personas en la Escalera del Diablo. Este tristemente célebre lugar une la población Stecher -en la parte alta- con la avenida Miraflores, casi al  frente del Hospital de Ovalle. Es un lugar conocido por mí, pues  paso por allí a diario, dos veces al día. A veces, a plena luz del sol; otras, de noche.  Testimonio de tan horrendos sucesos son las “animitas” que familiares han levantado en el lugar. Los sitios donde ocurrieron estos crímenes están a una cincuentena de pasos uno del otro...Y tal vez no sea otra cosa que imaginación desbordada la mía, pero vez que camino por el lado de los pequeños y rudos altares, siento una vibración inquietante. No es que me dé miedo: no; nada de eso. Sólo que se me cruzan  sórdidas imágenes en los que siento o imagino cómo ocurrieron esos sucesos. Las víctimas fueron dos varones. Uno de ellos muy joven, casi un adolescente; el otro, un hombre ya maduro. Asesinado el más joven tras ser perseguido una horripilante madrugada por un desconocido individuo o un pequeño grupo que se ensañó con él, golpeándolo hasta darle muerte.  El más maduro, asesinado también a golpes de pies y manos más una piedra, por una pareja de jóvenes. Ella, una mujer con duros problemas de adicción al alcohol; el muchacho, del cual ignoro mayores antecedentes, tengo entendido que continúa tras las rejas carcelarias: ella también está en la cárcel local. Del asesino o asesinos del joven, las autoridades no fueron capaces de dar con los autores.  A la muchacha, encontrada culpable de la muerte del hombre, la conocía de vista. Solía verla en muy precarias condiciones en la calle. Después la conocí personalmente en el COF. ovallino. Conversé con ella varias veces, por supuesto que no del tema. Hablábamos de sus ideas, sus sentimientos, de sus sueños y alguna alegría. Entonces reía con una risa potente y semisalvaje. La charla con ella y otras internas me dejaba una sensación de dulzura y tristeza en el alma. Yo (perdón por el yoismo) no las juzgo. ¿Quién soy para eso?... La sociedad a través de sus organismos pertinentes, los tribunales de justicia, ya lo ha hecho. Yo, por una gestión de taller de lectura y creación literaria trataba - y siento que muchas veces lo lograba-  que ella y las otras internas vieran más al fondo de su alma. Intentaba mediante la lectura y la poesía llevarlas a su lado más femenino y cálido. Siento que lo conseguía. Me lo decían los ojos grandes e inquietos de unas, las suavidades y ternuras de otras. La gentileza con que atendían mis fantasías. Sus vidas y gestos rudos se suavizaban en esos momentos de buena comunicación. De eso hace más de dos años. Debo confesar que a veces me suelo sentir culpable de haber “abandonado” a las internas del Centro de Orientación Femenina de Ovalle. Habíamos iniciado un trabajo que consideraba valioso. Al término del ciclo del taller, incluso publicamos un libro con las creaciones de hombres y mujeres que participaban conmigo en esa actividad. Luego la vida, los vaivenes del trabajo, las limitantes de tiempo, me alejaron del lugar. Pero pese al “abandono”, creo que mi paso por el penal de calle Tocopilla no fue inútil. De vez en cuando me encuentro con algún varón o mujer que ya pagó su deuda carcelaria, y nos saludamos con aprecio. Acaso los que aún permanecen encarcelados se acuerden del tipo que les hablaba de Neruda, de Mistral, de tantos otros poetas y cuentistas, alguna anécdota entretenida, de poesía,  y los instaba a buscar en libros la luz de sus  almas que  tenían  demasiado guardada (¡Claro!...¡¡era la cárcel!!). Las instaba a sacar su alma al papel, y todas terminaron escribiendo y leyendo. Aún aquellas más aprensivas al inicio. Una de ellas me comunicó el primer día, de manera tajante, que no participaría conmigo. Recuerdo que esa primera jornada inicié una conversación con cada una de ellas o con los pequeños grupos que conformaban. Charlamos e incluso compartí un mate con ellas, incluida la más negativa,  que de manera ruda me había dicho no!.. Ya más relajada me contó sus razones: Le daba vergüenza su mala letra y sus faltas de ortografía. Le dije que eso no importaba, que para eso también estaba yo allí. Yo me llevaría sus trabajos y  el  próximo sábado les entregaría sus textos corregidos e impresos en papel oficio.   Luego vino el trabajo con las palabras, una metodología intuitiva que desarrollé sobre la marcha, las jornadas para que buscaran en su emocionalidad más profunda. Esa emocionalidad estaba a flor de piel en el recuerdo de sus hijos, de sus madres, sus novios, sus esposos o parejas. Al sábado siguiente y así sucesivamente, la mujer ruda me tenía hojas y más hojas de cuadernos escritas sobre sus sentimientos con su letra tan personal y sus faltas de ortografía que me emocionaron enormemente. Debo confesar que me resultó uno de los momentos más hermosos su aporte, su intensa entrega literaria. Ahora la encuentro de vez en cuando por la calle y nos saludamos con cariño.

Es curioso, pero todas estas pequeñas seudo reflexiones y recuerdos surgen a partir de la Escalera infame. Acaso lugares como esos sirvan para tratar de ponernos en el lugar del otro. Para conocer la dura realidad de los desamparados y parias de la sociedad. Para ponerse en el lugar de las víctimas y también de los victimarios. Acaso esté pecando de ingenuo y mi mirada sea bobalicona o cándida, pero transitar por ese sangriento lugar, porque la sangre permanece aunque se la haya lavado muchas veces, pueda servir para hacernos un poco más humanos. Eso siempre y cuando no lo asalten cuando pase por allí. Ja.

 Muchas personas evitan transitar por ahí, obviamente. Me refiero a la Escalera del diablo. A ello se suman los infernales escalones hechos sin ton ni son, donde es fácil tropezar y caer. A ello súmele la frecuente presencia en el lugar de jóvenes – a veces damas y varones  de rudo aspecto- y otros no tan jóvenes individuos (verdaderos excluidos de la sociedad) que se juntan a charlar o a beber. Y eso en cualquier horario. También se sabe de personas que han sido asaltadas mientras vienen o van por los Belcébucos escalones. No cabe duda que es un lugar de lo más inquietante. Muchas veces suelo detenerme a observar los detalles del terreno: la basura se acumula por meses. La presencia de botellas y envases de diversas bebidas alcohólicas abunda. Los restos de orina, detritus de perro o  humanos hacen mal oliente el lugar. El nombre de Escalera del Diablo le viene preciso. En ese perturbador lugar, en cada una de las hornacinas de recuerdo y petición a las víctimas, hay un retrato de la persona asesinada. Piadosas manos suelen poner velas que permanecen encendidas la noche entera. También suele haber un vaso plástico que contiene vino tinto como para calmar la sed del asesinado. ¿Será la sed  de justicia que agobia su espíritu?... Es uno de esos espacios urbanos que lucen enquistados su fisonomía y cargan una muy triste  y para algunos aterradora fama. Pero aún considerando esos tenebrosos antecedentes, se nota que alguien cuida el lugar, pues  a veces suele estar limpio, a pesar del entorno de basura y miseria que los rodea. Incluso los rudos ocupantes del lugar, aquellos que se juntan a beber, charlar o consumir alguna droga, manifiestan un respeto reverencial por las pequeñas grutas. Yo mismo, a veces suelo tocar el techo de las grutas para saludar el recuerdo o la presencia de la víctima. Son lugares donde ha escurrido la sangre y donde la vida ha sido truncada de manera feroz. Son lugares que me suelen llevar a la reflexión mientras desciendo raudo al centro de la ciudad. Insisto en que se me cruzan imágenes y vibraciones extrañas. Insisto también en que debe ser por mi desbordada imaginación, pero no deja de ser triste y emocionante pasar por ese lugar donde tanta angustia y  violencia, terror y furia se hicieron presentes. Quién sabe, puede ser un lugar para encontrar nuestros propios ángeles o demonios. Creo que por esa dualidad se inicia el más difícil de los aprendizajes: ¡Conocernos a nosotros mismos!

Wilfredo Castro.

Escritor y Comunicador Social.

 

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