Y es que el amor es algo maravilloso
Y
es que el amor es algo maravilloso, que merece ser vivido una y mil
veces. Se puede vivir con pocos alimentos, se puede vivir con pocos
amigos, se puede vivir con enfermedades crónicas, se puede vivir
contemplando los horrores de la guerra…Mas nunca jamás sin amor (hasta
los pobres “perros callejeros” necesitan unas migajas de amor).
Si
perdiera a mi esposa en el tiempo terrenal concedido, mis ojos
quedarían oscuros y la brújula casera nunca marcaría el norte. Recuerdo
sus desvelos y trabajos -inquietudes– para conmigo y los míos y,
viéndola, sé que las demás mujeres tienen un lugar privilegiado en el
corazón de sus maridos. La siento, la escucho, y duermo a su lado cuando
ya han transcurrido más de cuarenta “instantes” inenarrables de amor:
pasional, espiritual, con sus luces y sus sombras–no hay sobre la tierra
la felicidad completa–, con sus besos interminables y llenos de
ternura...Fuimos y somos, el uno para el otro, fruta prohibida para los
demás.
¿Y
sus manos?:, ¡Qué hablan de amor cuando cogen!, de besos son todo
halagos. Me dicen de sinsabores– ¡Oh Jesús, divinas manos!–, me atrapan
cuando me oprimen..., se apoyan en mis costados. Que cuando besan sus
labios...yo digo: ¡fueron sus manos! ¡Qué yo quiero verla pronto!,
caminito de Santiago. ¡Qué llevo mis sueños verdes!, y quiero besar sus
manos. Y pienso, sin equivocarme, que si Dios–ese “Dios de todas las
religiones”, que no solamente de la religión católica–, me la llevase,
quizá, mis ojos perderían la luz del día para buscar la noche oscura de
los tiempos.
Aquella
noche Jorge la había pasado mal, realmente mal. Rodeado de sueños
entrecortados, ensueños pasajeros, quizá alucinaciones... Y él me
contaba, con palabras entrecortadas, silenciosas, como si tuviera en su
cuerpo los mil demonios que todos llevamos dentro y tratamos de dominar.
Y así exclamó: “La vi sólo unos instantes, sola, sobre la quieta nieve
emanando dulzura, quietud, belleza, eternidad... Desnuda estaba decúbito
prono, pero enseñando nada en su desnudo cuerpo. Escuche voces, divinas
palabras... Su cuerpo emanaba olor puro rosas, no concupiscencia; allí
donde los ojos admiraban sin clavar dardos venenosos, allí donde
pensamientos se sumaban en el olvido, allí donde el hombre contemplaba
en ella a su Dios Creador”.
Le
dije a Jorge que no se preocupara porque soñar, lo que se dice soñar...
soñamos todos. Y escucho mis palabras como si viniesen del propio Dios.
Éramos amigos de los de siempre. Si, realmente, de esos amigos que se
cuentan con los dedos de una mano, y, a veces faltan dedos, como muestra
inequívoca de que la amistad –es poca la que se posee y
perecedera–cuando nuestras cabezas empiezan a peinarse con canas, que
son los testigos del tiempo que nos marcan nuestro paso por la vida
terrenal.
Pero
Jorge me seguía hablando y más hablando, y, desde luego era edificante y
provechoso, al mismo tiempo, el escucharle. Y me siguió diciendo:
“Escucha, escucha la continuación de mi sueño ‘Desnudo
femenino...belleza de mujer; posturas no escogidas que ojo quiso ver y
sólo vio belleza, desnudo de mujer; y sólo silueta...ciega niebla..., y
se fue. Quizá un sueño tuve, soñé..., ¡ya no lo sé! Desnudo
femenino...belleza de mujer’ y observa a qué son debidos estos
malestares que ocupan mis sueños diarios”.
Desde
luego, y a la vista de lo oído, uno se pregunta quién no ha soñado
alguna vez en la vida. Todos y cada uno de nosotros. Sueños libres,
sueños muertos, sueños tenebrosos, sueños..., si, simplemente sueños.
Porque vivir quiere decir soñar. Y mi buen amigo, Jorge–que no había
asistido de joven a una escuela para cultivar el amor dentro del
matrimonio, porque no existe ni existirá...esa escuela, dado que el amor
es y son vivencias, experiencias, sentimientos, imaginaciones, cierta
pequeña enfermedad de nuestro intelecto–, soñaba, porque vivía. Estaba
viviendo una mala experiencia: su esposa se le había marchado con un
íntimo amigo, todo había ocurrido sin mediar palabra alguna...Mas le
traté de consolar, diciéndole: “Mira, Jorge, tienes toda una vida por
delante y ya sabes que ‘enemigo que huye, puente de plata’. No es bueno
que el hombre/mujer esté solo, que estés solo. Tu sabías y todos sabemos
que el ‘Dios de todas las religiones’ –a mujeres y hombres– nos han
concedido los placeres y los dolores del amor. Sin embargo, el amor es
algo maravilloso...que hemos de cultivar a lo largo de nuestra vida
terrenal”.
Parece
mentira que, en los tiempos actuales, con tanta información que
observamos aparentemente entre los seres vivientes, sean necesarias las
agencias del corazón dedicadas a poner en contacto corazones–llenos de
humanidad–de mujeres. Esta última relación ha sido y es siempre personal
e intransferible. No obstante, interponemos muchas veces nuestros
propios individualismos, egoísmos...en función de lo que otros nos
puedan resolver.
Entristece
comprobar que las prisas, el estrés, el exceso de trabajo–para unos y
otros–, las comodidades...nos mediaticen de tal manera nuestros
corazones que nos hacen olvidar que poseemos “corazones vivos” para
amar, desear, que se convertirán en corazones muertos de nuestra propia
soledad, si no los usamos de forma racional, humana. Dice un proverbio
chino: “Sólo se consume el que no ama, pero quien ama da hasta los
huesos a los demás”.
La Coruña, 21 de agosto de 2010
Mariano Cabrero Bárcena es escritor
Copyright
Resumen.-
El autor
Mariano
Cabrero:¿Y sus manos? Qué hablan de amor cuando cogen, de besos son
todo halagos. Me dicen de sinsabores –¡Oh Jesús, divinas manos!–, me
atrapan cuando me oprimen, se apoyan en mis costados. Que cuando besan
sus labios... yo digo ¡fueron sus manos! ¡Qué yo quiero verla pronto!,
caminito de Santiago. ¡Qué llevo mis sueños verdes!, y quiero besar sus
manos.
Mi firma fidedigna






