Una escuela anti-emocional (Segunda parte).

Enviado por Jaime Sepulveda el 23/08/2010 a las 11:50
Jaime Sepulveda

 

Un aporte de la srta. Katalina González.

"Sin restar importancia al pensamiento, he contemplado esos furtivos recuerdos como estudiante, desde la generación de Jornada Escolar Completa (JEC), de aquella que quiso paralizar la educación esperando verla renacer como una nota musical desde una partitura aún no descubierta. “La revolución de los pingüinos” (2006), así llamada por los medios de comunicación. ¿Qué es lo que faltaba en esas ocho horas que estábamos en el establecimiento? ¿Equidad? ¿Igualdad? ¿O es que existían muchas palabras que no dejaron entrar el sonido de nuestras almas al aprendizaje?

 

Desde el Renacimiento Europeo cuando el hombre intentó ser quien tomara las riendas de su actuar en la sociedad, separó al mundo y estableció una dualidad, se desconectó de lo divino, o sea Dios sería lo otro. Mientras el “pienso y luego existo” de Descartes adquiere fuerza, el pensamiento y la razón tendrían la consistencia suficiente para crear sociedades. El ser racional o sea quien deja de lado sus impulsos naturales y las emociones sería el encargado de construir la máquina del poder (instituciones, sistema económico, guerras, etc). Lo que se intentó fue desprenderse de la Iglesia , pero también fue un desprendimiento de la unidad e integralidad, que hasta en pleno siglo XXI el ser humano sigue buscando. Incluso ese podría ser el sinsentido y crisis de la llamada postmodernidad. El encuentro consigo mismo entre la multitud que permanece escurridizo.

 

La escuela es creada en base al ser racional, donde los estudiantes serán quienes seguirán reproduciendo los mecanismos de poder hasta en los mínimos detalles. Foucault dice que “en esta gran tradición de la eminencia del detalle vendrán a alojarse, sin dificultad, todas las meticulosidades de la educación cristiana, de la pedagogía escolar o militar, de todas formas finalmente de encauzamiento de la conducta.” (Foucault, 1988: 143) Justamente se intenta amoldar a niños y jóvenes a un determinado patrón de comportamiento. Para ello se utiliza la disciplina, el castigo, las pruebas, calificaciones, posturas corporales establecidas en sus bancos, entre muchos otros, además de discriminación de género como que las niñas usen falda y los hombres pantalón o que las niñas pueden llorar y los niños no. Es que no sólo se generan patrones culturales de control hacia la conducta, sino que se coarta a los estudiantes en toda su forma de ser, de sus necesidades innatas, ya sean corporales,

afectivas, creativas, etc. En Chile, se mantienen aún una serie de estos patrones al interior de las escuelas y las aulas.

 

“La escuela es, desde sus orígenes, anti –emocional. Lo mismo ocurre con los sistemas educativos (…) Todo lo emocional y corporal era constituyente del ser animal –las inclinaciones animales-, en oposición a esa facultad superior que era su capacidad de razonar. La escuela era para la educación del ser racional, y no para la educación del ser emocional (…) La escuela anti –emocional es fundamentalmente controladora. En la mentalidad del siglo XIX se pensaba que para que los alumnos lograran aprendizajes cognitivos, había que controlar todo el espacio circundante de los alumnos para así evitar toda distracción (…) Como estudiantes transcurrimos nuestros días escuchando eso está “bien/mal”, “correcto/incorrecto”, “bueno/malo”, “normal/anormal”. Este lenguaje pone a profesores y directivos en un rol y una posición de ser las personas que “saben” y a los alumnos en un rol y una posición que no “saben”.” (Casassus, 2006: 232) En éstas circunstancias de distancia entre el profesor el estudiante, generaría un clima en el aula donde las necesidades de cada uno, serían subyugadas por la dominación. Entonces, la clase más que una interacción e intercambio de ideas, afectos, creatividad, se torna un ambiente de pugna, de juicios de valor, estigmatización, donde el docente más que un facilitador del aprendizaje se convierte en un diciplinador del aprendizaje. Pero ni docentes ni niños y jóvenes tienen la culpa porque el sistema educativo y también económico es el que ha construido discursos como el del progreso, el éxito y la felicidad".

 


 

Etiquetas: | Regiones

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