Carlos

Vanidad, todo es vanidad...

                Pura vanidad; todo lo que hago es vanidad. Mis breves textos sólo son sofisticadas maneras que tiene el yo-mental para relucir ante sí mismo y ante otros, la grandeza de que se siente poseedor (aún el hecho de aplicarle el adjetivo “sofisticado” hace que se engrandezca un poco más mi autoimagen, y se ahonde un poco más el enfermizo amor narcisista). Tal vez porque la estima que tengo de mí mismo es tan alta, alta es también la percepción e interpretación de los sufrimientos que he vivido. Tan grande me creo, y tanto más importante soy yo para mí mismo de lo que el resto de las cosas y personas son, que mis cuestionamientos y mis sinfines desvaríos mentales se viven como tan originales, como tan nuevos, como tan únicos –además de tan valiosos, que parecieran ser el sustento energético de mi vida.

                Y eso parece que es precisamente el drama pues; una energía que alimenta la existencia con comida de mala calidad, carente de nutrientes esenciales, carente de espíritu, que cuesta digerir y que quizá nunca se metabolice completamente, dejando permanentes residuos tóxicos en las paredes del espíritu. Por una parte, el drama se lo puede generar uno mismo para con el resto; alaraqueando por todas las cosas de la vida, literalmente pataleando, levantando polvo, gritando, alegando, etc., por los distintos eventos de los que nos creemos víctimas.

                Por otra parte, y como creo es mi caso, el drama puede generarse en el interior y afectar principalmente al mundo interno, paralizándose la persona hacia el mundo exterior, adoptando un mutismo prácticamente involuntario (porque pareciera ser que simplemente no nace decir nada en voz alta; cada cosa que se pueda decir es objetada por un estricto juez interno que no quiere perder el control), y viviendo, siendo los pensamientos que descontrolados circulan por la cabeza. Estos pensamientos no son ordenados ni definitorios; no dan respuestas pues sólo plantean preguntas vacías, preguntas a las que, poniéndoles atención, no se les puede hallar fundamento o sentido alguno para su existencia. Se alimentan a sí mismos mientras más “atención” se les presta; esta atención es semiconsciente, pues la consciencia en ese momento es esos mismos pensamientos –habita en su misma frecuencia. Realmente observar esos pensamientos, escucharlos desde un punto separado de ese donde se originan, parece ser el comienzo de un consciencia cuya residencia no está en los circuitos cerrados de pensamientos obsesivos, sino en el fondo y real sustento de la vida humana, en el alma y espíritu humanos, en Dios, en el Ser.

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Carlos Mulsow
dijo :

Y, sin embargo, el escribir estas líneas no fue una demostración de tu amor propio sino que nació de la necesidad de ordenar las cosas en tu cabeza, lo que hace al texto más valioso y demuestra que es posible escribir sin ser vanidoso.  Cuando publicamos algo tan personal, cuando nos sinceramos en una hoja de papel o frente a la pantalla de un PC y decidimos mostrar lo que salió, estamos dando muestras de que más que ser amados, queremos ser aceptados.  Vanidosos o no; tal como somos.  No hay que ser sicólogo para entenderlo.  El que nadie te haya comentado hasta ahora te debe haber tenido la cabeza revuelta, pero al aparecer ya 1 comentario, todo parece más real: hay alguien que te entiende.  Y si te dijera que me registré en este sitio tan sólo para responderte, pues muy probablemente te animarías a seguir escribiendo textos como éste: hay alguien que cree que vale la pena leerte, y responderte.  Pues adelante.  Escribe para ti, sin pensar en quien te leerá.  Escribe desde ti, sin querer agradar.  Diste en un clavo: el comienzo de esa conciencia cuya residencia no está en el circuito cerrado de los pensamientos obsesivos está en observarlos desde un punto de vista ubicado fuera de su origen, está en la comunicación, en la extensión de nuestra conciencia individual y en la germinación de una conciencia colectiva.  En lo que ocurrió en mí al leerte y en lo que ocurre en ti al leerme a mí.  Llámale Dios, llámale esencia, llámale ser.  El nombre no importa, lo que importa es la conexión que se crea, y para que esa conexión sea real debemos ser completamente honestos.

Carlos, coincidentemente

13/09/2010 a las 2:37
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